Análisis & Opinión

El mundo sí se acabó

Alfonso Reece

Alfonso Reece es ecuatoriano, y se ha desempeñado como escritor y periodista. Posee estudios de Derecho y Sociología en la Universidad Católica del Ecuador. Como periodista se ha desempeñado en los canales de televisión Ecuavisa y Teleamazonas, mientras que en prensa escrita ha colaborado en las principales revistas de su país, como 15 Días, Vistazo, SoHo, Mango y Mundo Diners. Actualmente es columnista en el diario El Universo (Guayaquil, Ecuador).

  • Lun, 12/31/2012 - 13:03

Los posibles finales del Universo son sobrecogedores: todo convertido en una tenue nube de calor, cada vez más fría, expandiéndose indefinidamente; o el derrumbe completo en un solo punto, todo comprimido en un infinitésimo, o el más ininteligible Gran Desgarramiento (Big Rip), todo pulverizado por falta de gravedad. Estas hipótesis provocan un vértigo existencial, que nos lleva a preguntarnos sobre el sentido mismo de nuestra entidad en un cosmos destinado al fracaso.

Frente a estos cataclismos previstos por la ciencia, las esjatologías de las distintas religiones resultan ingenuas, a menos que se las remita al plano de lo simbólico, como sabiamente lo hace la Iglesia católica. Sin embargo, los científicos moderan el rigor de sus profecías, colocando a estas catástrofes en el futuro absoluto, billones de años después. Tal abismo de tiempo incluso es difícil de escribir, con certeza ojos humanos no contemplarán tales calamidades.

No sé muy bien cuáles son los parámetros con los que los esotéricos definen a una “era”. De lo que hablan se parece mucho más a un cambio cultural que a uno cosmológico. Si es así, lamento tener que darles razón.

Entonces, pedimos un final más modesto, que signifique “simplemente” la desaparición de la Tierra, del “mundo”, en sentido preciso. Eso también está decretado por la cosmología, cuando el sol agonizante se expanda hasta alcanzar la órbita de nuestro planeta, pero igualmente será en un porvenir demasiado remoto, miles de millones de años. Absurdo pensar que la especie humana sobrevivirá tal desmesura. 

Acerquémonos, pensemos en lo que quizá podamos ver: la desaparición del Homo sapiens, que será capaz de acabarse a sí mismo con una hecatombe atómica, un holocausto químico o un desastre biotecnológico. Sin embargo, nada de esto ocurrió, ni podía ocurrir, el 21-12-12. Los creyentes en las profecías mayas, ante la evidencia de que el mundo no se iba a acabar ni se acabó en tal fecha, hablaron de un “cambio de era”.

No sé muy bien cuáles son los parámetros con los que los esotéricos definen a una “era”. De lo que hablan se parece mucho más a un cambio cultural que a uno cosmológico. Si es así, lamento tener que darles razón. En efecto, aunque no me gusta, es evidente que las matrices generales del pensamiento están cambiando. Y la desproporcionada atención que se ha dado a la supuesta profecía maya del fin del mundo es, justamente, una muestra de un tipo de pensamiento “blando” que se está imponiendo en todos los ámbitos. Se trata de un ideario sin rigor, que admite cualquier eclecticismo o acomodo. 

La ciencia occidental se rechaza por rígida y “cerrada”. Todo esto tiene un correlato en los hechos, la realización de sociedades blandas, basadas en “derechos” inventados, que nunca llevan aparejada una responsabilidad. Comunidades que por evitar el riesgo y la consistencia, sacrifican la libertad. El socialismo nacionalista del siglo XXI es un ejemplo de estas ideologías blandas: una mezcolanza como doctrina y la promesa de una sociedad sin “peligros” (armas, toros, periódicos, juegos, imágenes, bancos, ahorro, cerveza, etcétera). Ninguna coincidencia: si alguien ha sido esoterista, lo fueron los jerarcas nazis. Si este es el nuevo mundo, prefiero que de una vez llegue el Big Rip.

*Esta columna fue publicada originalmente en El Universo.com.

Alfonso Reece

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