Análisis & Opinión

¿Por qué a la economía europea le fue mucho peor que a la de EE.UU.?

Mark Weisbrot

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es coautor, junto con Dean Baker, del libro Social Security: The Phony Crisis (University of Chicago Press, 2000), y ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica. Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.

  • Jue, 02/06/2014 - 11:38

Si se compara la recuperación económica de los Estados Unidos desde la Gran Recesión con la de Europa -o más específicamente con los países de la euro zona- las diferencias son notables y aleccionadoras. La recesión estadounidense técnicamente duró alrededor de un año y medio, desde diciembre de 2007 hasta junio de 2009, aunque por supuesto para los 20,3 millones de desempleados o subempleados de Estados Unidos la recesión aún no terminó. La euro zona tuvo una recesión de plazo similar, desde enero de 2008 hasta abril de 2009, pero luego cayó en una más larga recesión en el tercer trimestre de 2011 que duró cerca de otros dos años, y de la cual recién podría estar saliendo en la actualidad.

Esto conlleva una gran diferencia en la vida de las personas. En la euro zona, el desempleo está cerca de niveles record de 12,1%; mientras que en Estados Unidos actualmente es de 6,7%. A pesar de no ser una medición exhaustiva, estos números son comparables. Por supuesto, en España y Grecia el desempleo es 26,7% y 27,8%, respectivamente, con un desempleo joven intolerable de 57,4% y 59,2%.

Luego de que más de 20 gobiernos europeos hayan caído durante esta crisis prolongada, el ritmo de este ajuste presupuestario destructivo está finalmente reduciéndose: desde cerca del 1,5% del Producto Interno Bruto en 2012 al 1,1% en 2013 al 0,35% en 2014. Pero quién sabe cuántos más años le llevará alcanzar niveles normales de empleo. Así es como la democracia luce en la euro zona en términos económicos, operando a duras penas en dolorosa cámara lenta.

¿Cómo se explican esas diferencias? Estados Unidos fue el epicentro de la crisis financiera mundial y la recesión en 2008. Pero los hacedores de política de este país respondieron a la recesión con políticas diferentes de las de Europa. La más importante fue la política monetaria. La Reserva Federal bajó las tasas de interés de corto plazo a alrededor de cero en 2008 y las ha mantenido allí desde entonces. La Fed también mostró su intención de mantener estas tasas de interés por un largo tiempo y, aventurándose en territorios sin explorar, se involucró en tres rounds de “relajamiento monetario” (quantitative easing) de más de 2 billones de emisión de dinero. Esto le posibilitó al organismo estimular la recuperación a través de una baja en la tasa de interés de largo plazo, incluyendo la crucial tasa de hipotecas, la cual ayudó a la recuperación del mercado inmobiliario.

Luego de algunos estímulos en ambas áreas, los gobiernos de la Eurozona se involucraron en un ajuste presupuestario más temprano y mayor que el de los Estados Unidos, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha mostrado una clara relación entre el ajuste fiscal y el reducido crecimiento del Producto Bruto Interno.

Ahora la pregunta es por qué nuestras hermanas y hermanos europeos han sido tan desafortunados de estar sometidos a unas políticas económicas mucho más brutales que las que experimentó Estados Unidos. Hay algunas razones simples, pero fundamentales. Lo más importante es la responsabilidad o, mejor dicho, la falta de responsabilidad de las instituciones que toman las decisiones.

En Europa está la llamada “troika”, integrada por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y -reclutado más recientemente- el FMI. Estas instituciones no responden tan directamente a los ciudadanos de la euro zona, especialmente a los de aquellos países más victimizados (España, Grecia, Portugal, Irlanda e Italia), como lo hacen la Reserva Federal, el Congreso y el Poder Ejecutivo ante los ciudadanos estadounidenses. Mucho de esto les debe sonar familiar a los argentinos que atravesaron la recesión de 1998-2002 y donde el gobierno tuvo que amenazar con defoltear al FMI para poder retornar a políticas económicas tendientes al crecimiento.

Aun peor, las autoridades europeas han impulsado una agenda política que involucra aprovechar la crisis para promover ciertas “reformas” que los ciudadanos de los países afectados nunca votarían. Esta no es una teoría conspirativa: en el paper “Consejo de Política Macroeconómica y consultas del artículo IV: El caso de la Unión Europea”, una revisión de 67 reportes del FMI sobre 27 países de la Unión Europea desde 2008 a 2011, mostré un diseño consistente: reducir el tamaño del gobierno, reducir el poder de negociación de la fuerza laboral, cortar gastos de pensiones y salud e incrementar la oferta de mano de obra.

Por ejemplo, en los 27 países de la Unión Europea el FMI recomendó ajustes de presupuesto, con recortes en el gasto por sobre incrementos de impuestos. En 15 países hubo recomendaciones sobre el área de salud: 14 fueron para recortar gastos. En 22 de los 27 países hubo recomendaciones para recortar jubilaciones. En la mitad de los países el FMI también aconsejó sobre la legislación laboral: en todos ellos la recomendación fue reducir la protección al empleo, reduciendo las opciones de indemnización por discapacidad, recortar las compensaciones por desempleo, aumentar la edad de jubilación y descentralizar las convenciones colectivas de trabajo.

El FMI no es una entidad independiente y los directores europeos tienen influencia en materia de políticas europeas. Por lo tanto, estos papeles nos indican la agenda política de la “troika”, no sólo del FMI. Entonces no es sorprendente que se registren los cambios de política que hemos visto en los últimos años en los países más débiles de la euro zona, como Grecia, donde el gasto real en salud fue recortado en más del 40%; o Portugal, donde el número de trabajadores del sector privado con cobertura de contratos sindicalizados se redujo de 1,9 millón a 300 mil.

Pero quizá lo aún más notable: esta evidencia muestra por qué el Banco Central Europeo permitió estas crisis financieras tan severas y repetidas en la euro zona, que impactan sobre la propia euro zona y la economía mundial por casi tres años. En julio de 2012, el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, dijo estas famosas palabras: “Lo que sea necesario”. Las cuales fueron respaldadas unas semanas más tarde por el nuevo programa “Outright Monetary Transactions”, que puso fin a la amenaza de un colapso financiero.

Hasta entonces, las autoridades europeas vieron a la crisis como una oportunidad para implementar sus “reformas”. Como el FMI lo pone en el “Reporte 2009”, “la experiencia histórica indica que la consolidación fiscal exitosa fue generalmente lanzada en el medio de problemas económicos o en las primeras etapas de la recuperación”.

Todo esto no se toma como un ejemplo en la recuperación de Estados Unidos. Es desgraciado que en Estados Unidos haya menos gente empleada que hace seis años y una menor proporción de trabajadores empleados de la que había en cualquier momento de los 80 y es innecesario que el gobierno desacelere el crecimiento con recortes presupuestarios. Todo esto cuando la deuda federal tiene una carga de interés neto de menos del 1% del ingreso nacional, que es casi tan bajo como en la era post Segunda Guerra Mundial. No obstante, la experiencia de la euro zona muestra cuán peor puede ser cuando se pierde la mayoría del control sobre el diseño de las políticas económicas más importantes de gobierno.

Luego de que más de 20 gobiernos europeos hayan caído durante esta crisis prolongada, el ritmo de este ajuste presupuestario destructivo está finalmente reduciéndose: desde cerca del 1,5% del Producto Interno Bruto en 2012 al 1,1% en 2013 al 0,35% en 2014. Pero quién sabe cuántos más años le llevará alcanzar niveles normales de empleo. Así es como la democracia luce en la euro zona en términos económicos, operando a duras penas en dolorosa cámara lenta.

*Esta columna fue publicada con anterioridad en Center for Economic and Policy Research.

Mark Weisbrot

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