A inicios de su presidencia, George W. Bush tuvo su primera cumbre con Vladimir Putin en Eslovenia, tras la cual calificó así al presidente ruso: “Miré al hombre a los ojos, y pude ver que era franco y confiable. Vislumbré su alma”.

Siete años después, como Secretaria de Estado, Hillary Clinton intentaba enmendar la deteriorada relación bilateral que Bush legaba a la administración Obama. Lo hacía presentando al canciller ruso, Serguéi Lavrov, una caja con un botón rojo con la palabra “Reiniciar”. Luego lo instó a presionar el botón, para devolver la relación bilateral a fojas cero.

Rusia y los Estados Unidos también tienen intereses en común (como el combate contra ISIS), y en ocasiones son actores internos los que sabotean su cooperación. Por ejemplo, el 9 de septiembre de 2016 Estados Unidos y Rusia llegaron a un acuerdo para garantizar un cese al fuego en Siria que, de prosperar, derivaría en un accionar conjunto contra Al Qaeda e ISIS...

Siete años después, Hillary Clinton, frustrada por el deterioro de la relación bilateral, respondía así al comentario de George W. Bush: “Putin fue un agente de la KGB, así que por definición no tiene alma”.

Donald Trump no fue el primer presidente que comenzó su mandato buscando enmendar la relación con Rusia, ni es tampoco el primero al que el tiro le sale por la culata. Ello se debe en parte a que existen genuinos conflictos de interés entre ambos países. Pongamos dos ejemplos de ello. De un lado, China tiene a los Estados Unidos como principal destino de sus exportaciones, sus reservas internacionales albergan 1,3 trillones en bonos del tesoro estadounidense, busca ser admitida como “economía de mercado” dentro de la OMC, y busca incrementar su aporte de capital (y su poder de decisión) en entidades como el FMI, el Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo. Es decir, China prioriza su crecimiento dentro de las normas del sistema internacional de posguerra, creado por los Estados Unidos y sus aliados. Un sistema en el que Rusia es un convidado de piedra, cuyas exportaciones dependen en lo esencial de hidrocarburos y armas, rubros en los que sus intereses suelen estar en conflicto con los de Estados Unidos. De otro lado, existen intereses en conflicto entre la OTAN y Rusia en temas como la relación que esos actores sostienen tanto con los antiguos aliados rusos del Pacto de Varsovia, como con las ex repúblicas soviéticas (con el caso de Ucrania como ejemplo más prominente). El que hablemos de Estados que o bien fueron aliados rusos o bien fueron junto con Rusia parte de un mismo país, revela el hecho de que, desde la perspectiva rusa, sus acciones tienen un propósito defensivo (proteger su antigua esfera de influencia).

Pero Rusia y los Estados Unidos también tienen intereses en común (como el combate contra ISIS), y en ocasiones son actores internos los que sabotean su cooperación. Por ejemplo, el 9 de septiembre de 2016 Estados Unidos y Rusia llegaron a un acuerdo para garantizar un cese al fuego en Siria que, de prosperar, derivaría en un accionar conjunto contra Al Qaeda e ISIS. La revista Foreign Policy decía entonces que el acuerdo era resistido por el Pentágono, dado que se oponía a cualquier cooperación militar con Rusia. Entonces dos infortunados accidentes acudieron en su ayuda. El 17 de Septiembre, por primera vez en seis años de guerra, un ataque aéreo estadounidense dio muerte de forma presuntamente involuntaria a un centenar de soldados sirios en el aeropuerto de Deir Es-Zor. Tan sólo dos días después, se produjo un presunto ataque accidental contra un convoy de ayuda humanitaria (del cual los Estados Unidos responsabilizaron a la aviación siria). Entonces lo que voló en pedazos fue el acuerdo.