¿Dónde demonios estoy? Desorientado y herido, Brody observa la prisión-favela en la que los guionistas de la serie Homeland, de Fox, le han encerrado en el arranque de la tercera temporada. 

Se trata de la “Torre de David”. Con sus 190 metros de altura, es el octavo rascacielos más alto de América Latina. Inacabado desde hace dos décadas, el edificio se alza en medio de Caracas, para muchos como el símbolo del fracaso del país. Para otros es el fracaso inmobiliario más “exitoso” de la región. 

La habitan 1.200 familias de okupas, y se ha convertido en un centro de peregrinación para los arquitectos del mundo, atraídos por las singulares soluciones habitacionales desarrolladas por sus habitantes. 

Sin duda un destino muy distinto al soñado por su promotor, el banquero David Brillemburg, criador de caballos y dueño de un conglomerado de unas 20 empresas. Su plan era alojar el Centro Financiero Confianzas y la sede de su banco Metropolitano. Pero Brillemburg falleció a los 50 años, justo cuando comenzaba la crisis bancaria de 1994 que disparó la inflación y hundió la moneda local.

La Torre de David quedó como un símbolo del gigantismo económico y las injusticias sociales que pavimentaron el camino a Hugo Chávez.

Las entrañas de la torre. Hay cierta ironía en el pequeño afiche de Chávez, fallecido en marzo de 2013, que prevalece en el interior de una de las ventanas de la torre, en el piso 16. “Chávez vive, la lucha sigue”, se lee, aunque ni el presidente ni su sucesor, Nicolás Maduro, han dado una respuesta definitiva a quienes invadieron el lugar en 2007.

Pese a no tener títulos de propiedad, las familias que habitan la Torre de David siguen consolidando sus viviendas. Suben sacos de cemento y arena por unas escaleras sin pasamanos. Es una laboriosa colonización para levantar, cubrir o pintar paredes, llevar baldes de agua, subir muebles y alimentos. Sólo los pisos superiores a partir del 28, expuestos a vientos cruzados, se mantienen a salvo de la ocupación por recomendación de los bomberos. 

Pero subir parte de los 46 pisos de altura no es sólo para piernas de atleta: un servicio de mototaxis aligera la marcha hasta el piso 10. Cobran 20 bolívares (unos US$3,17). Recorren rampas tan anchas como avenidas en el estacionamiento de 1.500 puestos. Los pocos residentes con auto propio tienen derecho a un lugar. Los demás puestos son alquilados, lo que es una importante fuente de ingreso para esta comunidad.

Al subir se descubren agujeros de unos seis metros cuadrados. Allí iban a estar los elevadores del estacionamiento. Hay que tener cuidado. “Una vez se cayó un carro desde el piso nueve, con cuatro ocupantes”, recuerda Alfonso, mototaxista, guía y responsable del orden en uno de los pisos. Sin embargo, la Torre de David está lejos de ser el antro de perdición, narcotráfico y secuestros con que se ha construido la leyenda.

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Hay rígidas normas de convivencia que incluyen una caseta de seguridad, prohibición de que los niños jueguen sin supervisión y límites de horario para fiestas. La venta de licor y drogas también está prohibida. Incluso un servicio informal de vigilancia es pagado en cuotas mensuales. Pero ¿quiénes imponen estas reglas?

“La directiva”. Nada queda al azar en la Torre de David. “La directiva”, formada por los primeros invasores y los coordinadores de cada piso, se encarga de hacer cumplir la ley. Sobre todos ellos manda un enigmático personaje: Alexander Daza, “El niño”, pastor evangélico y ex presidiario reformado, a quien es muy difícil acceder por estos días.

En el lugar abundan los niños. Corren al borde de los abismos y escaleras, se asoman por las ventanas, juegan en los espacios abiertos del primer piso, en la cancha de básquet, en la pequeña biblioteca y en la guardería atendida por la esposa de Alfonso, al lado de la capilla donde Daza oficia su culto evangélico. Hay 1.480 niños según el último censo, hecho en diciembre pasado, cuando enviaron cartas a organismos públicos y empresas pidiendo, sin éxito, regalos de navidad.

“Nunca el gobierno nos ha dado nada”, afirma Alfonso, entre cuyas tareas está conectar la bomba de agua para llevar una larga manguera a los apartamentos de ladrillos rojos, donde una vez por semana cada familia llena sus recipientes. “Estas paredes las levantamos nosotros mismos”, dice al pasar su mano sobre una superficie lustrosa y bien pintada. 

Entre los 5.000 residentes hay muchos empleados de organismos públicos, policías, oficinistas, informales e inmigrantes. Algo interesante ocurre cuando alguien quiere vender. “La directiva” hace un avalúo de cuánto gastó en materiales de construcción y trabajo, y fija un precio a pagar por la familia autorizada para instalarse. “Algunos se mudan al poco tiempo porque no aguantan las escaleras”, señala Alfonso.

Todos tienen obligaciones en la torre. Cada una de las 27 familias del piso tiene un día marcado para limpiar pasillos, terrazas, escaleras y sótanos; fechas de reuniones para discutir los problemas; y números de cuentas por pagar. El que no cumple es sancionado con trabajo social y a veces la suspensión de los servicios básicos. 

Pero la fama actual de la torre no se debe sólo a sus inquilinos y su forma de vida. 

Desarrollo urbano. Urban Think Tank es un despacho de arquitectos afincado en Suiza y Caracas, que ganó el León de Oro de la bienal de Venecia con un libro y una exposición, pero sobre todo con una propuesta para convertir la Torre de David en un mejor lugar para quienes lo habitan mediante “una intervención práctica y sustentable”. El León en realidad no es de oro y debe estar en alguna parte del edificio. “Se lo donamos”, cuenta, desde Zurich, Alfredo Brillemburg, que junto a su socio, Hubert Klumpner, desgrana cómo la experiencia de la Torre de David podría inspirar otros proyectos.

Alfredo, primo lejano de David, señala que el premio desató una polémica ya superada y fue “como agarrar a un león por la cola”. Los críticos, remarca, “llaman a la torre un barrio vertical, y eso hay que desmentirlo. Es una torre de concreto en el medio de una metrópoli y no tiene las características de un barrio”, dice. “La torre no existe a causa del gobierno de Chávez, sino a pesar de él”, continúa Klumpner. 

Los críticos culpan a Brillemburg y Klumpner de profesar una visión eurocéntrica, de alabar el “exotismo” de la miseria latinoamericana. Entre quienes no ven progreso alguno en el estado actual de la torre está Carlos Lares, socio fundador de la empresa caraqueña Módulo Cinco, especialista en avalúos de proyectos inmobiliarios e industriales: “Desgraciadamente pasó de ser un concepto innovador, de primer mundo, a ser un símbolo de marginalidad, deterioro y mediocridad. Parecido a lo que ha pasado con el país”, afirma.

Lares estima que su valor rondaría hoy entre los US$600 a US$800 millones si el país estuviera por una senda diferente a la que se encuentra. Habría que invertir entre US$30 y US$40 millones sólo en trasladar a las familias a apartamentos nuevos. El resto de la inversión se estima en US$250 a US$300 millones. “Es un desprestigio para el país su estado actual, y que haya sido más conocido en el mundo a través del arquitecto Alfredo Brillemburg en Venecia”, afirma.

Brillemburg está en el otro polo: “en vez de verla como un tumor, nosotros la concebimos como un laboratorio de cuyo éxito podemos aprender. Ella aloja el potencial para innovar en el diseño y alcanzar logros arquitectónicos”. ¿Cuáles? Generación propia de electricidad, con turbinas eólicas en la fachada y un sistema hidráulico que aprovecha la gravedad en el descenso del agua. En vez de costosos elevadores, se postula instalar un sistema de línea de autobús que se mueva a horas determinadas, usando el contrapeso de las subidas y bajadas de pasajeros, y materiales de construcción. “Con un elevador tradicional no sería la misma comunidad”, se entusiasma Klumpner, para quien la torre podría ser un primer paso para crear un set completamente distinto de respuestas para la marginalidad urbana

“En el fondo el debate es cómo podemos reinventar la vivienda popular en la ciudad. No sólo en Venezuela, sino en América Latina”, concluye Brillemburg.