La violencia y el narcotráfico golpean dramáticamente a los niños de México

México

Si bien el gobierno mexicano no lleva una cuenta oficial de las muertes infantiles producto de la guerra contra el narcotráfico, el presidente de la organización civil Red Mexicana para los Derechos del Niño calcula que 1.120 menores murieron por la violencia desde que Felipe Calderón asumió el poder.

En Ciudad Juárez, con una población de 1,5 millones de habitantes que sufren 300 asesinatos por mes, muchos niños quedan sin custodia.

  • Vie, 10/08/2010 - 20:13

Ciudad Juárez. La figura triste de Bryan, de 5 años, aparece frente a la puerta de la oficina de Irma Casas en un refugio para mujeres de esta ciudad fronteriza acechada por el crimen. Vino hasta aquí para decirle, otra vez, que su madre está mal.

A los 23 años, la madre de Bryan se convirtió en viuda de la guerra del narcotráfico por segunda vez después de que su marido, un traficante de drogas, murió de un disparo en la cabeza. El incidente ocurrió mientras el hombre estacionaba su auto junto con Bryan, su bebita y su esposa.

Bryan habla descontroladamente, dice Casas, de lo que fue ver los sesos de su padrastro desparramados aquel día. Fue apenas una muerte más en una brutal guerra entre cárteles rivales y las fuerzas de seguridad mexicanas, que ha dejado cerca de 29,000 muertos en menos de cuatro años.

Según lo que tiene entendido, nadie está controlando si Bryan va al colegio o si está recibiendo asistencia terapéutica. Su futuro no luce nada bien.

"Ella está consciente de los riesgos para sus niños, pero siempre ha vivido en este mundo. No tiene ejemplos de otro tipo de vida", dijo Casas al narrar la historia de Marisol, una de las miles de viudas de la guerra en Ciudad Juárez, que superó ampliamente a lugares como Bagdad y Caracas para convertirse en la capital mundial del asesinato.

Marisol era una atractiva joven de 17 años cuando el padre de Bryan, un notorio jefe narco, la sedujo y se la llevó como su amante. La mantuvo encerrada en una de sus casas y la castigaba hasta que fue asesinado por una banda rival.

Luego se casó con un traficante de menor nivel y tuvieron una hija. Pero desde que él también fue asesinado, ella se sienta en su casa, deprimida e hinchada de tomar alcohol todo el día. Para hacer que su pequeña hija deje de llorar, le da un biberón con cerveza.

Hacinada en una casa de dos ambientes en un barrio pobre en la periferia de Ciudad Juárez junto a su hermana -también viuda- y sus sobrinos adolescentes, Marisol planea prostituirse con otros narcotraficantes, en lo que podría ser el golpe final para el futuro de sus dos hijos.

Ni el gobierno de México ni los varios grupos independientes que estudian el crimen organizado llevan la cuenta de los niños que han perdido a sus padres, y a veces a sus madres, por la guerra del narcotráfico.

Cuerpos decapitados, víctimas de homicidios colgando de los puentes y sangre derramada en la acera son imágenes que el mundo ha comenzado a asociar con la guerra de la droga en México. Pero, oculto e inquietante, se encuentra el drama de los llamados huérfanos narcos como Bryan, que podría augurar más caos en los años venideros.

Con niveles mediocres de educación y pocas perspectivas de carrera para los jóvenes, Casas y muchos otros temen el impacto que tendrá para la sociedad las decenas de miles de niños que crecen emocionalmente traumatizados y sin esperanzas de construir un futuro mejor.

"Hay un costo grandísimo porque estos niños no son niños como deben de ser. Son los futuros delincuentes. ¿Qué otra aspiración van a tener? ¿Qué futuro les espera?", reflexionó en un iluminado centro comercial de la ciudad, donde últimamente la gente evita las calles laterales y no camina de noche.

Ni el gobierno de México ni los varios grupos independientes que estudian el crimen organizado llevan la cuenta de los niños que han perdido a sus padres, y a veces a sus madres, por la guerra del narcotráfico.

El veterano abogado Gustavo de la Rosa, investigador de la comisión de derechos humanos del estado de Chihuahua, donde está ubicada Ciudad Juárez, analizó una muestra de 5.000 muertos por la guerra en la ciudad, que está separada de El Paso, Texas, en Estados Unidos sólo por un alambre de púa y la cuenca seca del Río Grande.

En base a datos que muestran que los hombres mexicanos de entre 18 y 35 años tienen un promedio de 1,7 hijos, de la Rosa estimó que su población había dejado alrededor de 8.500 huérfanos.

Extendiendo la cifra a nivel nacional, México, que considera que un niño es huérfano aunque tenga a su madre, podría tener un total de 50.000 chicos sin padre por la guerra de la droga.

"Es como una zona de guerra. No hay ningún programa, no hay interés de ninguna organización para cuidar la situación de los huérfanos (...) Para el gobierno es como si el problema no existe, lo dejan para las familias", dijo de la Rosa.

Una hemorragia para México. El presidente Felipe Calderón lanzó su guerra contra los cárteles días después de asumir el 1 diciembre de 2006, con el fin de poner freno a las bandas de la droga, cuyo poder creció sin cesar en los años previos.

El mandatario dice que su ofensiva ha debilitado las operaciones de los cárteles, pero ha tenido el efecto no deseado de crear graves niveles de violencia y desprestigiar a México, que antes era considerado un país con un desarrollo estable, seguro para las compañías extranjeras y los turistas.

Este año, narcotraficantes empezaron a utilizar nuevas tácticas detonando coches bomba, asesinando a alcaldes y amenazando, secuestrando y matando periodistas.

Calderón admitió que el riesgo para la seguridad ha alcanzado un nivel perturbador. Su fiscal general, Arturo Chávez, describe la violencia como una "hemorragia".

Si bien las autoridades enfatizan que la tasa general de homicidios en México es baja, los titulares sobre tiroteos al aire libre y cuerpos mutilados son comunes en todo el país, desde las playas de Acapulco hasta los refugios turísticos en las afueras de la Ciudad de México. Las noticias son alarmantes para los extranjeros y el gobierno estadounidense.

La grave situación de México es cada vez más parecida a la de Colombia, que aún no cerró las heridas de su lucha contra el narcoterrorismo en las décadas de 1980 y 1990.

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El portavoz de seguridad nacional, Alejandro Poiré, dijo a periodistas en septiembre que el objetivo del gobierno siempre fue hacer al país más seguro. "La batalla sin cuartel asumida por el gobierno federal contra las organizaciones criminales está causando su visible deterioro", aseguró.

La mayoría de las víctimas de la guerra son traficantes, sicarios y policías, algunos de los cuales debían dinero a las bandas rivales, por lo cual existe una tendencia entre funcionarios del gobierno a rechazar a los muertos como criminales que merecían morir.

Pero analistas y académicos creen que muchas víctimas eran policías o civiles inocentes que quedaron atrapados en fuego cruzado y que al menos 1.000 eran menores: hijos de traficantes, mercenarios o adolescentes absorbidos por los cárteles en busca de dinero en un país en el que un tercio de la fuerza laboral trabaja en la economía informal.

El creciente número de huérfanos por la guerra es una mancha para el tejido social mexicano. Al ser aún demasiado pequeños para perjudicar el futuro crecimiento económico del país, son fáciles de ignorar.

En Ciudad Juárez, una lúgubre mezcla de fábricas maquiladoras y casas humildes con una población de 1,5 millones de habitantes que sufren 300 asesinatos por mes, muchos niños quedan sin custodia, lo que los convierte en presa fácil de los reclutadores de las bandas criminales que operan en la zona, mientras sus madres cumplen largos turnos en las plantas.

Las bandas callejeras son campos de entrenamiento para los asesinos a sueldo, muy buscados por los cárteles de droga desde que decenas de sus hombres caen todos los días abatidos por las fuerzas de seguridad.

El autor estadounidense Charles Bowden, que estudió de cerca Ciudad Juárez, estima que la mitad de los adolescentes están desempleados y no pueden ir a la escuela.

"Hay un costo de oportunidad por estos cientos de miles de jóvenes en México que son huérfanos o forman parte de organizaciones criminales", dijo Edgardo Buscaglia, experto en el conflicto armado y en el tráfico de droga en México.

"Estos son individuos que están creciendo con altos niveles de privaciones, en familias disfuncionales, con abusos sexuales, y estos factores de riesgo deben ser abordados. No hay una política para lidiar con estos temas y estamos realmente preocupados de que en algún punto será demasiado tarde para frenar el malestar social que vendrá", opinó.

Tumbas y cruces blancas. México está en el puesto 53 entre 182 países en un Índice de Desarrollo Humano creado por Naciones Unidas en 2009, debajo de Cuba, pero también muy por encima de Brasil, quedando entre los países en desarrollo con los mejores puntajes.

La lista enmascara el hecho de que una pequeña elite en México concentra la riqueza y las oportunidades de negocios, mientras que casi la mitad del país vive en la pobreza.

La corrupción y el crimen organizado siempre han exacerbado los niveles de pobreza en el país, que fue gobernado por el mismo partido durante siete décadas hasta el 2000.

Ahora más omnipresentes que nunca, las organizaciones criminales acosan a las empresas familiares con extorsiones y secuestros. La sociedad sufre mientras el gobierno destina fondos a la lucha contra las bandas que podrían usarse en la educación.

Hasta el momento, la nación productora de petróleo ha gastado miles de millones de dólares en la guerra contra los cárteles de la droga liderada por el Ejército.

Entre los jóvenes que se encuentran en la escala más baja de la pirámide social, muchos están muriendo en ciudades acechadas por la droga antes de tener siquiera la oportunidad de iniciar una carrera. O al menos eso sugieren las filas de tumbas de adolescentes y jóvenes de apenas 20 años del cementerio San Rafael, en Ciudad Juárez.

Flores artificiales y cruces de madera pintadas de blanco adornan las tumbas de las víctimas de la guerra, incluyendo algunas de niños de 4 años. Las moscas zumban sobre los montículos de tierra fresca de la fosa comunal donde se entierran los cuerpos no identificados.

"Tenemos que revisar el modo en que los niños sufren por esta guerra de la droga. Hay impunidad. Los hechos no se están investigando", dijo Juan Martín Pérez, presidente de la organización civil Red Mexicana para los Derechos del Niño.

El Gobierno mexicano no lleva la cuenta de las muertes infantiles, pero los cálculos de Pérez en base a los medios locales y datos oficiales muestran que 1.120 niños murieron por esta violencia desde que Calderón asumió el poder.

"No hay una respuesta oficial para cómo prevenir la muerte de niños, que no sean usados por el crimen organizado (...) Se está perdiendo inversión y turismo, pero quizás lo más grave es que estamos perdiendo vidas de niños, no solamente los muertos sino también todos los afectados", agregó a Reuters.

Jóvenes sicarios. México, un importante socio comercial de Estados Unidos y proveedor de petróleo con una robusta industria manufacturera y turística, ha sido uno de los principales mercados emergentes durante años, incluso a pesar de la llamada "crisis del tequila" de 1994, cuando se derrumbó su moneda.

Aunque algunas compañías extranjeras en México dicen estar cada vez más preocupadas por la violencia del narcotráfico, las inversiones directas siguen firmes y el peso mexicano y los mercados de acciones aún no sufrieron por la inseguridad.

A diferencia de lo que ocurre en una zona de guerra convencional, donde todas las industrias quedan paradas, los miles de muertos no han logrado impactar de manera fuerte en una economía que no puede crear puestos de trabajo para su joven población, tal como lo demuestran los mexicanos que cada día intentan ingresar ilegalmente a Estados Unidos.

Sumar las horas perdidas de educación y productividad por las víctimas de la guerra de la droga, que en su mayoría muere entre los 18 y 35 años, es un ejercicio interesante, pero inútil frente al enorme ejército de desempleados.

En efecto, los US$40.000 millones de regalías por el tráfico de drogas que ingresan a México todos los años -tres veces más de lo que genera el turismo- mantienen a muchas comunidades rurales a flote en los bastiones de los cárteles de droga en el norte del país.

"Hay un montón de dinero dando vueltas por México como resultado de la guerra de la droga. Estimula las economías locales mientras brinda oportunidades a la violencia", destacó la analista en geopolítica latinoamericana Karen Hooper, de la compañía de inteligencia global Stratfor.

Jóvenes sin preparación pueden ganar hasta US$700 por mes trabajando como sicarios en Ciudad Juárez, tres veces más de lo que ganarían en una planta de montaje fabricando microondas o repuestos de autos para el mercado estadounidense.

Un veterano mercenario del narcotráfico entrevistado por Reuters este año describió que en el pasado recibía US$15.000 por "trabajo". Hoy en día "pagan migajas", dijo, y todos son asesinos: los adictos, los adolescentes y los policías de bajo rango.

Funcionarios dijeron que países como México, que enfrentan la amenaza de los cárteles, pueden sufrir un impacto de unos 1,2 puntos porcentuales en su Producto Interno Bruto (PIB).

Ese porcentaje sería muy necesario para un país que busca crecer un 5% este año luego de una caída del 6,5% en 2009 durante la crisis económica mundial.

A la par de que mercados emergentes rivales como China, India y Brasil superan a México en el interés de inversores, la calidad de sus industrias y la educación de sus trabajadores, el golpeado país ve afectada su posibilidad de salir adelante por la existencia de miles de niños huérfanos.

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Calderón reconoció que la guerra de la droga durará varios años más, lo que significa que la cifra de muertos y niños huérfanos va a seguir aumentando.

"Si sigue la misma tendencia vamos a terminar el sexenio con 74,000 ejecutados y están matando cada vez más jóvenes. Todo este entorno de violencia extrema trae problemas a largo plazo, no hay que minimizar el impacto", dijo el politólogo y experto en crimen organizado Eduardo Guerrero.

En el pasado, la violencia se concentraba a lo largo de la frontera que divide a México de Estados Unidos, el principal mercado de marihuana, cocaína, heroína y metanfetamina.

Pero ahora está tan extendida que un estudio del Trans-Border Institute de la University of San Diego halló que sólo uno de los 31 estados mexicanos no registró muertes relacionadas con el narcotráfico durante la primera mitad de 2010.

De los 31 estados del país, más el distrito federal que incluye a la capital, 13 sufrieron más de 100 muertes vinculadas al narcotráfico durante el período, y siete registraron más de 250 muertes, en un conflicto que abarca a toda la nación, desde Ciudad Juárez, en el extremo norte, hasta el estado costero de Guerrero, en el sur del país.

Por un largo tiempo, sondeos mostraron que los mexicanos consideraban a la violencia por el narcotráfico como un problema menor en comparación con la desaceleración económica.

Pero las encuestas ahora indican que los ciudadanos están cada vez más preocupados por el conflicto: más de la mitad cree que los cárteles están ganando la guerra y algunos sienten que la presencia del Ejército en todo el país está empeorando la situación, provocando más enfrentamientos.

“Aquí pasa todo”. Calderón llegó al poder luego de una reñida elección y en base a la promesa de campaña de crear empleos. También propuso mejorar la educación, siguiendo los pasos de su antecesor, Vicente Fox, que lanzó un elogiado esquema de subsidios para que las familias mandaran a sus hijos a la escuela.

El programa, llamado "Oportunidades", llega a 5,8 millones de familias en todo México y fue muy difundido en Ciudad Juárez, donde se logró expandir la cobertura de 12.000 a fines del 2009 a 26.000 beneficiarios.

Hoy, la nación latinoamericana gasta el 5,5% de su PIB en educación, apenas un poco menos que Gran Bretaña y Francia, de acuerdo a los datos más recientes de la CIA.

Aunque los mexicanos no son grandes lectores y prefieren la televisión, el país tiene 86% de alfabetismo y el mexicano promedio completa 13 años de estudio. Los parámetros cumplen con las metas que Naciones Unidas prescribe como receta para el progreso de los países en desarrollo.

Pero en ciudades distorsionadas por la guerra de la droga, como Ciudad Juárez, es más fácil dejar el colegio si los padres faltan, y los trabajadores sociales están preocupados por la cantidad de niños que son testigos de asesinatos diarios vinculados al narcotráfico.

"Es una mujer. Murió de sobredosis", dijo Oscar, de 11 años, a Reuters mientras expertos forenses retiraban una bolsa de plástico negra con un cuerpo en descomposición entre una pila de basura en la zona roja. "Aquí pasa todo", afirmó el niño moviendo su cabeza.

Esta, la ciudad más sangrienta de la guerra, con más de 6.700 muertos desde que comenzó la violencia en enero de 2008, se ha convertido en un símbolo de todo lo que está mal en México.

Infraestructura decadente, calles desoladas y casas que parecen cárceles, contrastan con brillantes centros comerciales de El Paso, visibles a través de la valla que separa la única frontera del mundo que divide a una nación rica de una pobre.

Muchos juarenses de clase media solían tener permisos para cruzar la frontera y trabajar en la ciudad estadounidense y bautizaban a sus hijos con nombres como Ashlemy, Aimeé o Dayana. Pero la violencia hizo que muchos se asentaran allí de forma permanente, abandonando sus casas.

En el pasado, turistas estadounidenses cruzaban la frontera para disfrutar del tequila barato, los bares nudistas y los burritos. Ahora, los residentes no salen de sus casas al caer la noche.

Antes famosa por sus vínculos comerciales con Estados Unidos y sus polos industriales, la ciudad se hizo tristemente célebre en la década de 1990 por una serie de asesinatos de mujeres.

Luego, en 2008, llegaron las muertes por el narcotráfico, cuando Joaquín "el Chapo" Guzmán, el principal narco prófugo y jefe del cártel de Sinaloa en el noroeste de México, mandó a sus sicarios a eliminar al cártel dominante en Juárez, controlado por su rival Vicente Carrillo.

Ahora, policías enmascarados recorren las calles apuntando con sus armas para llegar al lugar de los hechos, que diarios locales cubren con títulos como "Seis muertos en 20 minutos". Los asesinatos ocurren a plena luz del día, en plazas públicas y concurridas avenidas. Hasta los patios de los colegios tienen las huellas de las balas.

"A los sicarios no les importa si hay gente pasando por la calle, nada más hacen lo que tienen que hacer. Hay mucha gente inocente que se muere", dijo Ana, de 33 años, cuyo marido fue asesinado este año cuando hombres armados irrumpieron en un funeral y comenzaron a disparar a todo el mundo.

La política del caos. Controlada por un puñado de poderosas familias, Ciudad Juárez es un microcosmos de la corrupción institucionalizada, que ayudó al narcotráfico a florecer durante los 71 años de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los sondeos muestran que los mexicanos, desilusionados con el Gobierno de los conservadores, podrían volver a votar al PRI en las elecciones presidenciales de 2012.

Sea del partido que sea, es difícil imaginar cómo el sucesor de Calderón podrá combatir la guerra entre las bandas rivales. La corrupción policial es endémica y, en los últimos años, el ex jefe de Interpol y varios miembros de alto rango de la unidad antidroga de la fiscalía general fueron acusados de trabajar para los cárteles.

"Actualmente, México es como un rompecabezas donde diferentes grupos del crimen organizado han capturado distintas piezas del Estado y la mano izquierda del Gobierno no sabe qué está haciendo su mano derecha", dijo Buscaglia.

Calderón, un austero abogado que dice luchar para que los narcotraficantes no se apoderen de México, visitó Ciudad Juárez dos veces este año y prometió aumentar el gasto en escuelas, servicios sociales, enfermerías y canchas de fútbol, en una ciudad que casi no tiene espacios verdes y parques. El Gobierno dice que desde febrero entregó miles de becas, renovó 50 escuelas y abrió centros de rehabilitación.

Sin embargo, los trabajadores voluntarios que pasan las tardes jugando al fútbol y saltando a la soga con los niños pobres en patios polvorientos contaron a Reuters que no vieron evidencias de esos fondos.

En un orfanato estatal, las enfermeras alimentan a los bebés rescatados de los enfrentamientos e intentan dormirlos con canciones de cuna. Mientras, los médicos examinan a un pequeño niño que tiene moretones, el cráneo fracturado y un daño cerebral permanente por los golpes de su padrastro, un adicto a la cocaína.

Las autoridades del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en la ciudad consideran que es deprimente que apenas nueve huérfanos por la guerra de la droga estén bajo su cuidado, lo que significa que hay miles abandonados.

"Estos son los niños de los que me preocupo cuando estoy en mi cama en la noche", dijo María Teresa Martínez, directora del orfanato Granja Hogar.

Al pie de cada cuna hay pequeños pares de zapatos y las repisas de las salas de juegos están llenas de muñecas, autos de juguete y xilófonos para ayudar a que los niños se olviden del mundo exterior.

"No hay monstruos, no hay soldados, no hay espadas y no hay pistolas. Yo se los quité cuando empecé aquí. No quiero que manejemos ningún juguete de este tipo. Es todo que puedo hacer, es mi granito de arena", contó.

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Reuters

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