En una de sus elocuentes observaciones, Mark Twain decía que “pocas veces fui capaz de ver una oportunidad hasta que ya había dejado de serlo”. La quiebra de Grecia invita a reflexionar sobre las oportunidades que tuvo este país, y que en buena medida desaprovechó, a lo largo de los 30 años en que ha sido parte de la hoy llamada Unión Europea (UE).

Los países pobres, o menos ricos, que se acercan a los que han logrado el desarrollo para acelerar su propio proceso económico, buscan la fortaleza de aquéllos pero, como ilustra el caso griego, al igual que México con el TLC, la asociación crea la oportunidad, pero ésta sólo se hace realidad cuando el país menos rico decide hacerla suya.

Existe una gran controversia sobre las diferencias y similitudes entre la UE y lo que en el mundo se conoce como Nafta. Aunque el objetivo de las naciones que se asocian es similar –todas buscan el desarrollo de sus economías-, el mecanismo europeo y el que caracteriza al TLC son muy distintos.

Para ser miembro de la UE, una nación tiene que modificar sustancialmente sus estructuras jurídicas y regulatorias, a fin de conformarse con las normativas del conjunto. A lo largo de las décadas, la UE ha ido perfeccionando el paquete de medidas que son necesarias para poder destrabar el desarrollo. Un país que se incorpora a la Unión y que lleva a cabo los cambios que le exige la burocracia de Bruselas, tiene una extraordinaria probabilidad de lograr el desarrollo y, como muestran España e Irlanda, irse acercando al nivel de ingreso del resto del continente. Sin embargo, la experiencia también demuestra que, aunque todos los países que se integran modifican sus estructuras y normativas (eso es a fuerzas), no todas son exitosas. El hecho de modificar la forma no resuelve el fondo.

Por su parte, el TLC norteamericano no entraña una unión política ni se propone modificar las estructuras internas más que en lo relativo a temas comerciales y de inversión, que son la esencia del tratado: las tres naciones que lo integran modificaron las leyes y regulaciones pertinentes para conformarse a lo establecido en el acuerdo y nada más. Muchas personas, sobre todo en Europa, llevan años argumentando que esta diferencia es la que ha hecho que México no haya logrado una transformación integral de su economía, ni sea hoy la gran estrella del desarrollo latinoamericano. Estos críticos, sobre todo en España, parten del supuesto de que la mera adopción de la normativa europea es lo que lleva a la transformación de un país.

El caso de Grecia nos da una perspectiva distinta: el desarrollo no es algo mágico; sucede cuando el país decide que va a transformarse y, a partir de ahí, reúne todas sus fuerzas y recursos para lograrlo. Es decir, el desarrollo no ocurre como resultado de la modificación de un conjunto de leyes o regulaciones (muchas en el caso europeo, unas cuantas en el nuestro), sino que es producto de la decisión de la sociedad en su conjunto de dejar de ser como ha sido siempre y que es lo que la mantiene en la pobreza y desigualdad.

Esto último parecería un exceso verbal pero no lo es: un país como Suiza, ya rico desde hace mucho tiempo, pudo optar por integrarse a la UE pero no lo hizo, porque no vio beneficios suficientemente grandes como para justificar cambios en su naturaleza. En cambio, Irlanda, España o Grecia, así como las naciones del este del continente, reconocieron que sus estructuras o modos de hacer las cosas no conducían al desarrollo y por eso se incorporaron a la asociación europea. México hizo lo propio con Nafta. Más allá del bache del momento, algunas de estas naciones han logrado su objetivo pero otras no.

En este sentido, el mecanismo -TLC o UE- es menos importante que la transformación interna: con toda la normatividad europea, Grecia sigue siendo muy similar a como era antes; sin toda la normatividad europea, México no ha logrado el desarrollo al que aspira. La lección de ambos casos es que el desarrollo tiene más que ver con la disposición interna a lograrlo que con cualquier condicionamiento externo.

En semanas recientes, la UE anunció un conjunto de medidas para ayudar a que Grecia salga de su crisis. El tiempo dirá si los griegos se acomodan o si pierden otra vez el tren. Pero nosotros, hijos de Lampedusa, hemos sido expertos en reformarlo todo para que todo siga igual.

La reforma en materia petrolera de hace un par de años es un buen ejemplo: la iniciativa era ya de por sí modesta y lo que acabó saliendo fue una maraña todavía menos funcional de lo que existía antes de comenzar. A Grecia la van a obligar a corregir sus cuentas fiscales y a adoptar mucho de la normativa europea que ha eludido. Aunque esta forma de “neocolonialismo”, como le han llamado muchos críticos, seguro corregirá los desequilibrios fiscales, no es obvio que consolidará una plataforma para el crecimiento de largo plazo.

En 1995, México pasó por un proceso similar y acabamos con más restricciones al desarrollo de las que existían antes y con pobres resultados.

Estos dos ejemplos confirman que el crecimiento económico no se logra por imposición. Los países tienen que querer transformarse y estar dispuestos a llevar a cabo los cambios que esa transformación exige. Por ejemplo, el crecimiento exige la eliminación de abusos y privilegios -esos de que gozan sindicatos y empresarios, burócratas y ciudadanos en general, o sea, todos-, en aras de lograr grandes beneficios más adelante. Aunque un gobierno puede modificar leyes y regulaciones, sólo el concurso popular y el apoyo a la transformación puede lograrla.

Luego de décadas de dictadura, en los 70 los españoles abrazaron la idea de sumarse a Europa porque la veían como la llave al desarrollo. La disposición de España a transformarse fue la clave de su éxito. Pero sus rezagos son también muestra de sus propias decisiones: en el último año, por ejemplo, su contracción económica no fue muy distinta a la de Alemania pero, por su política laboral, su desempleo se fue del 8% al 20%.

Los mexicanos llevamos años con las puertas abiertas a la economía más grande y rica del planeta, pero sólo una parte de la población ha sabido, o logrado, aprovecharlo. No ha existido una estrategia de desarrollo como la que existió en España o en Irlanda cuando se unieron a la UE, ni el liderazgo político capaz de llevarla a buen puerto.

En México, como en Grecia, lo que importa no es tanto lo que los otros países ricos con los que estamos asociados quieran que logremos, sino lo que nosotros estemos dispuestos a hacer para acabar con los obstáculos al desarrollo. Ese es el otro lado de la soberanía.