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Jobs, el indomable. Parte 2
Miércoles, Mayo 4, 2011 - 16:35

Revivimos una entrevista reproducida en la edición de julio de 1989 de AméricaEconomía, al recientemente retirado CEO de Apple en 1989. Aún con las distancias se aprecia cómo el ejecutivo prefiguraba con lucidez en lo que se convertiría la industria de la computación personal.

*Entrevista realizada en 1989 por INC luego de elegir a Steve Jobs el Empresario de la Década, cuando aún no regresaba a Apple y dirigía una empresa de computadores llamada NeXT.

 
¿Así fue como usted creó el NeXT?
Sí. En otoño de 1985 tuvimos la idea de crear una máquina para uso en la educación superior, pero nuestro concepto original era aproximadamente tres veces inferior al computador que creamos finalmente. Los perfeccionamientos surgieron de una gran interacción entre los especialistas en educación superior y nosotros en NeXT.
 
¿Puede darnos un ejemplo?
Tengo un amigo en Stanford, un Premio Nobel en biología molecular. El me estaba mostrando lo que algunos de sus alumnos estaban haciendo para entender cómo se enlazan las proteínas. Me preguntó si yo podía hacer un modelo computacional de aquello con un equipo más poderoso que un PC. Y en realidad el asunto me quedó dando vueltas. ¿Por qué no crear algo tan fácil de usar como un Mac, o incluso más fácil, y que tuviera la potencia de un terminal de alta capacidad? ¿Por qué no usar esa máquina en la educación superior? Mientras más lo pensaba, más me entusiasmaba con la idea.
 
Pero ya existen muchos supercomputadores personales y computadores muchísimo más poderosos que cualquier PC. ¿Por qué tanta fascinación por un super-super microcomputador?
Esto nos lleva a algo que dije antes. Yo pienso que los seres humanos somos constructores de herramientas, y el computador es la herramienta más notable que hemos creado. La gran visión que muchos de nosotros tuvimos en la década de los 70' decía relación con la importancia de poner esa herramienta en las manos de los individuos. Digamos que por el mismo dinero que significa construir el computador más potente de mundo, se podían fabricar 1.000 computadores con una milésima parte de esa potencia, y ponerlos en manos de 1.000 personas creativas. Con esto se logra mucho más que lo que se obtiene con una persona frente al computador más poderoso del mundo. Porque el ser humano es inherentemente creativo. Las personas usan las herramientas en formas que sus fabricantes jamás creyeron posible. Y una vez que una persona describe cómo hacer algo con esa herramienta, puede compartirlo con las otras 999.
 
Volvamos al proceso de creación de estas herramientas. ¿Qué tan diferentes son las cosas comparadas con los años setenta, cuando usted y Steve Wozniak crearon el Apple I y el Apple II?
Era básicamente lo mismo, aunque nosotros éramos mucho menos sofisticados. Los clientes para el Apple I éramos Wozniak, yo y numerosos amigos del Homebrew Computer Club. El Apple I en realidad fue el primer computador que hizo frente a las necesidades del aficionado que quería jugar con software, pero que no podía construir su propio hardware. Venía con un tablero de circuitos adicional, pero uno tenía que conseguir su propio teclado, fuente de poder y monitor de televisión. Si uno era técnico, el Apple I parecía satisfacer el 90% de las necesidades. Obviamente, si uno no era técnico sólo satisfacía el 10%. Vendimos casi 200 Apple I. Creo que ahora son todos objetos de colección. 
 
De eso no cabe duda.
El Apple I nos permitió eludir un gran obstáculo en el camino, pero muchas personas que querían usar el producto no fueron capaces de hacerlo. Comenzamos a recibir comentarios de una muestra bastante pequeña, unas 40 o 50 personas. También recibíamos comentarios de los distribuidores. Ellos decían: “Creo que se podría vender una cantidad 10 veces mayor si tan sólo le agregan una caja y un teclado”. De allí surgió gran parte de la orientación para el Apple II. El primer producto resolvió algunos de los problemas y planteó los restantes en forma mucho más clara. Pero actuábamos guiados por el sentido común. No pensábamos en términos de la información de parte de los clientes. Incluso ni siquiera usamos la palabra cliente.
 
¿Qué pensaban entonces?
Que teníamos que fabricar un computador que simplemente pudiera sacarse de la caja y comenzar a usarlo. Había muchos más aficionados al software que al hardware, y podríamos dejar satisfecha a mucha gente si ésta no tenía que saber de hardware para usarlo.
 
Y esa observación los llevó a Apple II.
Sí. Y algo fundamental tambień sucedió en 1979, cuando vi un Alto (que había sido creado) en el PARC (Palo Alto Reserch Center) de Xerox. Fue como si, de pronto me hubieran descubierto el velo de los ojos. Tenía el mouse  y los distintos tipos de letra para el texto en la pantalla, y comprendí al instante que eso le agradaría a muchísima más gente que el Apple II. Estoy hablando de la gente que no quería aprender a usar un computador, sino sencillamente usar uno. 
 
Entonces la contibución del Apple II...
El Apple II eliminó la etapa de hardware. Para usar un computador no había que saber de hardware. El paso siguiente fue la transición del Apple II al Macintosh, que eliminó la etapa de los conocimientos de computación, por así decirlo. En otras palabras, no había que ser experto ni científico en computación para usar uno de estos equipos.
 

“La forma de realizar cualquier cosa significativa es hacerlo en equipo”.

 
Hablemos ahora sobre otros aspectos de estos productos. Hemos leído historias de lo minucioso que era usted con el Apple II, de cómo usted insistía en que cada línea de soldadura al tablero de circuitos debía ser perfectamente derecha, por ejemplo, y que el interior de la máquina debía ser impecable y atractivo.
Sí, es cierto.
 
El tablero de circuitos del NeXT tambień es una belleza. También el computador. De hecho, tal vez podría exhibirse en alguna colección del Museo de Arte Moderno.
Ya me han llamado.
 
¿Por qué tiene tanta importancia para usted el aspecto de un tablero de circuitos? ¿Es sólo un capricho personal?
No, no es algo arbitrario. ¿Usted me pregunta de dónde viene el criterio estético? Con muchas cosas -por ejemplo, con los automóviles de alto rendimiento- el aspecto estético surge directamente de la función, y yo supongo que con la electrónica sucede lo mismo. Pero también he descubierto que las mejores empresas prestan atención a la estética. Se dan tiempo extra para disponer las rejillas y para darles la proporción adecuada a todas las cosas. Y esto parece tener compensaciones para ellas. Es decir, más allá de los beneficios funcionales, la estética comunica algo de cómo estas empresas piensan de sí mismas, de su sentido de la disciplina en la ingeniería, de cómo llevan su empresa, cosas por el estilo.
 
¿Pero a quién le importa? La mayoría de las personas jamás mirará el interior.
A Wozniak y a mí nos importó desde el principio. Y nosotros creíamos que a los dueños de los Apple II también les importaría. Esos equipos costaban unos US$1.600, creo, que en 1977 era bastante dinero, y estas personas  por lo general no tenían US$1.600. Conozco personas que gastaron los ahorros de toda una vida para comprarse uno. Claro que les importaba qué aspecto tenía el interior.
 
¿Esto era algo simplemente intuitivo para usted?
Sí, lo era. Pensamos: ¿por qué no darnos algunos días o semanas más y hacerlo bien? Nuestra creencia  fundamental era que hacer las cosas bien la primera vez sería más fácil que volver a retroceder y arreglar las cosas. Y en realidad, todo lo que diga es poco, porque las repercusiones de esa actitud han sido asombrosas. Las he vuelto a comprobar una y otra vez durante toda mi vida de trabajo. Son sencillamente asombrosas.
 
¿Cuán asombrosas?
Según mi experiencia, a la gente le entusiasma mucho más hacer algo lo mejor posible que hacerlo en forma adecuada. Si las personas trabajan en un medio en que se espera excelencia, harán un trabajo de excelencia, sin que necesite nada más que la propia motivación. Hablo de un ambiente en que la excelencia se advierte y respeta y forma parte de la cultura. Si se tiene todo esto, no es necesario decirle a la gente que haga un trabajo de excelencia.
 
 

Autores

George Gendrom & Bo Burlingham