Consuegra, España. Los 1.500 metros cuadrados que la familia de Vicente tiene en pleno corazón de La Mancha se tiñen de violeta y rojo púrpura entre siete y 10 días al año, cuando florece la preciada rosa del azafrán en algunos campos del centro de España.

"En este terreno recogemos entre tres y cuatro kilos de azafrán durante los días que dura la recogida", dijo Vicente, un maestro de 31 años convertido en agricultor por una semana, mientras espera el momento oportuno para la práctica del día, cuando los rayos del sol calientan la planta que florece a diario al inicio del otoño boreal.

La especie popularmente conocida como "oro rojo" se cotiza actualmente en el mercado mayorista en máximos históricos de alrededor de 3.000 euros el kilo (US$4.200), con precios en tiendas que oscilan entre 5.000 y 10.000 euros (US$7.000 a US$14.000) el kilo.

Aunque no financia sus vidas, para Vicente y su familia la cosecha de la especie más cara del mundo es una fuente adicional de dinero desde hace más de dos décadas.

"Con el trabajo de una semana consigues dinero para los extras. Mis padres, que eran pobres, se hicieron su casa con lo que iban sacando cada año de la cosecha, dejaban sus trabajos durante una semana para dedicarse al azafrán", explicó Antonia, mientras recogía agachada la flor a una velocidad de vértigo.

"Aquí se dice que el azafrán es el oro de La Mancha y la hucha (alcancía) para los pobres", agregó.

Ingeniería agro financiera. Además, en un prodigio de ingeniería financiera, el propietario del minifundo estructuró el negocio de manera de protegerse de eventuales vaivenes en los precios mayoristas.

"Nosotros vendemos alrededor de la mitad del azafrán al mercado mayorista y la otra mitad la envasamos con denominación de origen para venderla a particulares, al mismo precio", declaró Vicente.

"Como el producto no se estropea, esto nos permite retener la mercancía que dejamos para nuestra propia distribución para venderla sin erosionar los márgenes o venderla manteniendo el precio, ya que la diferencia con el precio en el mercado nos da un gran margen", agregó.

Además, la gestión de los terrenos también tiene algo de derivado financiero. La planta, explican los lugareños, tiene una vida media de cuatro años. A partir de ese momento ha de cavarse, recoger los bulbos que se han reproducido y, vender una parte de la semilla (con ingreso extra de 6 euros el kilo de bulbos) y plantar el resto en otro terreno.

Aparte del jornal que se paga a los que recogen una por una la flor (en torno a 9 euros la hora), el dueño del terreno habitualmente reserva un tercio del azafrán para pagar a los "mondadores", aquellos que pacientemente separan uno a uno los estigmas de la flor que, una vez secados, se convierten en el azafrán que condimenta la tradicional paella española y otros guisos.

"Ellos pueden comercializarlo por su cuenta o nosotros mismos lo compramos al precio de la denominación de origen que es de alrededor de 2.800 euros (US$3.900) el kilo", señaló Vicente.

La fórmula "del tercio" es también utilizada para pagar al terrateniente que, en algunos casos, alquila a un tercero que se encarga de la explotación.

Vuelta a los orígenes. Los lugareños cuentan que hace 20 años más del 60% de la población local tenía azafranales y, considerando el precio del azafrán, cuesta entender que haya tantas hectáreas de terreno baldío en la zona.

Más aún en un momento en el que, con una tasa de desempleo cercana al 20% en España, las zonas rurales como ésta sufren con particular virulencia los efectos de la recesión económica, mientras la mano de obra se centra en el sector de la construcción.

De hecho, como en otras regiones de España, el "boom" de la construcción explica el fenómeno.

"La gente fue abandonando progresivamente el cultivo ante la expectativa de dinero más fácil. Muchos en la zona se dedicaron a la construcción, con salarios muy altos y sin que faltase trabajo hasta hace un par de años", afirmó Jesús, copropietario de la finca.

"Ahora que no hay trabajo en la construcción, mucha gente querría volver a tener el colchón del azafrán, pero apenas hay semillas y además se tarda unos años en preparar el terreno", aseveró.

Alto valor. La evocación quijotesca que despiertan los molinos y llanuras manchegas que decoran la zona de La Mancha tiene mucho que ver con el carácter de quienes todavía se empeñan en preservar una actividad con tintes románticos.

Teniendo en cuenta que cada flor posee sólo tres estigmas, es necesario extraer más de 400.000 estigmas para obtener alrededor de un kilogramo de azafrán.

En una pequeña estancia de la casa de los padres de Vicente, su padre, de 75 años, y tres amas de casa de la localidad de entre 40 y 70 años separan con una habilidad virtuosa los estigmas de la flor.

Cuando llenan un par de platos, la especia se coloca en un tamiz circular que, posado en una estufa, completa el proceso de secado del azafrán, listo para su comercialización una vez que el rojo púrpura muta a un encarnado sangre tras perder casi un 90% de su peso original.

"Hace unos años esta tradición se estaba perdiendo, la gente se dedicaba a otros negocios, los hijos a estudiar (...) pero con la crisis parece que vuelven los cultivos y mi hija de 11 años me pide venir a pelar", afirmó Demetria, una vecina del sector, mientras pela las flores a ritmo de casi una rosa por segundo.