¿Qué tienen en común un ventilador de techo y una tonelada de aceite de soja? Aparentemente nada. Pero en Argentina, bastante más. En 2010 China aplicó nuevos estándares de calidad al aceite de soja, y los envíos argentinos cayeron en US$ 1.146 millones. Los argentinos, por su parte, aplicaron derechos antidumping de 163% a los ventiladores chinos, un artículo fundamental durante los tórridos meses del verano.

Guerrillas como ésta se han multiplicado a escala global después de la crisis de 2008, pero no son nada en comparación al proteccionismo rampante que destruyó el comercio mundial durante la Gran Depresión.

Osvaldo Rosales, director de la División de Comercio Internacional e Integración de Cepal, señala que todos los países del G20 incumplieron el compromiso firmado de no incurrir en prácticas proteccionistas. “Sin embargo, la magnitud del pecado fue menor”, dice. “Siempre hay un rezago, pues los lobbies son muy intensos en esta materia. Pero en el balance de la OMC, el resabio proteccionista post crisis ha sido bastante reducido. Ésa es una buena noticia, pues esta dinámica del comercio es lo que ha permitido que la recuperación sea mucho más rápida de lo que se esperaba”.

Para Razeen Sally, académico del London School of Economics y director del Centro Europeo de Economía Política Internacional (ECIPE, por sus siglas en inglés), el estado actual del comercio es comparable al de la década de los 70, cuando una serie de shocks pusieron fin a un largo período de boom y gatillaron intervenciones estatales, regulaciones laborales y de capital, subsidios a sectores vulnerables y paquetes de estímulo fiscal. Una mezcla de Keynes hacia adentro y Smith hacia afuera, que el académico británico ve con escepticismo.

Según cifras de la OMC, las medidas proteccionistas afectan a sectores que han sido siempre objeto de ello, como textiles, vestuario, calzado, acero y agricultura, y hoy afectan a menos del 1,2% de las importaciones mundiales. Pero hay un detalle que Razeen destaca: las barreras actuales no son arancelarias, sino normas técnicas, ambientales y de calidad, entre otras. China lo hizo con el aceite de soja argentino.

Mi vecino sí me entiende. A nivel latinoamericano la tensión es menor, si se exceptúan los entreveros entre Brasil y Argentina y el colapso del comercio entre Venezuela y Colombia por razones políticas. Sin embargo, un rasgo llama la atención. Salvo la notable excepción de Bolivia (exportador neto de gas) y de unos pocos países, la mayoría tiene déficit comercial con Brasil. En total el superávit brasileño con sus vecinos superó en 2010 los US$ 10.809 millones, de los cuales casi dos tercios corresponden a Argentina y Venezuela.

Al proteccionismo de baja intensidad se contrapone un entusiasmo francamente menor por el libre comercio a nivel multilateral.

Para José Augusto de Castro, presidente en ejercicio de la Asociación Brasileña de Exportadores (AEB), esto se explica por la red de acuerdos comerciales que han suscrito los países de la región. Para Rosales, de la Cepal, “lo que hay es una diferencia de competitividad, que también surge de las propias escalas de producción”.
La buena noticia para todos es que el comercio intrarregional es bastante más diversificado que con otras zonas geográficas. Chile, por ejemplo, exporta a América Latina 3.131 productos, pero a China sólo 315. Colombia exporta 3.321 a la región y 161, a China. “Es un comercio más amigable con el valor agregado y con las Pymes”, dice Rosales.

Si bien la idea de cadenas de valor regionales ha ido tomando fuerza en los últimos años, los datos oficiales de Brasil muestran que los commodities siguen dominando en la matriz comercial brasileña: carne para Venezuela, aceite de petróleo para Chile; cobre importado de Chile y Perú. Sólo con Argentina y México pesa la industria automotriz y de autopartes.

Al proteccionismo de baja intensidad se contrapone un entusiasmo francamente menor por iniciativas de libre comercio multilaterales. Razeen Sally lo atribuye al menor liderazgo de EE.UU., que a lo sumo ha impulsado TLC con Corea, Perú y Panamá y dejado de liderar en la ronda de Doha. Los avances se circunscriben ahora a lo bilateral o subregional, y aparte de Perú y Panameña, el otro país latinoamericano que está apostando fuerte a ello es Colombia.

“La mayor actividad se ha dado desde el segundo cuatrienio del presidente Uribe, es decir, después de la negociación del TLC con EE.UU.”, dice en Bogotá Mauricio Reina, investigador de la Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo. Para Reina esto confirma el atraso de Colombia en su proceso de internacionalización. “Hemos sacrificado oportunidades de crecimiento por estar cerrados de esa manera”.

Por ejemplo, Colombia no es un país competitivo en arroz, y el arroz generalmente está cerrado al comercio internacional. Colombia sí es un país competitivo en mangos, y los mangos se pudren”.

Sin embargo, más allá de las ventajas comparativas vinculadas a la tierra y al clima, algunos países siguen apostando a la industria y al mercado doméstico. El caso más contundente es Argentina. Según datos del Ministerio de Industria argentino, entre 2006 y 2010 la producción local de computadoras portátiles pasó de 6.000 a casi 300.000 unidades, aproximadamente el 10% del mercado interno. Todo ello bajo el Régimen de Promoción Industrial de la isla de Tierra del Fuego, en el remoto sur austral del país.

Un esfuerzo quizá más sensato que apostar a los ventiladores. Más aún cuando las acciones antidumping contra China tienen fecha de expiración. “El escenario se complicará a partir de 2016, cuando China entre a la OMC con el estatus de economía plena de mercado”, dice el brasileño De Castro, de AEB. Para entonces los exportadores chinos serán evaluados según sus propios costos para determinar si han incurrido o no en dumping.

“Nosotros estamos convencidos de que China representa una oportunidad, y que para mejor aprovecharla es fundamental que tengamos concentración de fuerzas para ir en conjunto hacia encuentros técnicos y después encuentros políticos de más alto nivel”, dice Rosales, de Cepal. “En este plano la escala importa. Buscar aproximaciones individuales no parece ser lo más sensato”.

* Con Jenny C. González en Bogotá