Se ha vuelto sabiduría convencional, entre aquellos que reportan la economía, que el aumento de las importaciones y un creciente déficit comercial son malas señales para el crecimiento. Como los recientes titulares nos advierten: “La brecha comercial desacelera el crecimiento económico” (Washington Post) y “Una brecha comercial más amplia augura un crecimiento débil” (Wall Street Journal).

Los reportajes de este estilo se derivan inevitablemente de la lógica keynesiana. Si importáramos un millón de zapatos para satisfacer la demanda doméstica, ya no tendríamos que fabricar ese millón de zapatos. Cuando la demanda se “esparce” hacia el extranjero, el crecimiento se desacelera y crea menos trabajos.

Eso es lo que nos dicen.

Los periodistas y expertos que, quienes difunden esta teoría, deberían mirar más allá de ella y considerar que, en realidad, un aumento en las importaciones y una creciente brecha comercial, lejos de ser obstáculos al crecimiento, son una de las señales más certeras de que la economía se está expandiendo.

Si el presidente Obama quiere promover un crecimiento económico más sólido con el comercio, debería considerar complementar su Iniciativa de Exportaciones Nacionales con una Iniciativa de Importaciones Nacionales.

Un gran defecto del punto de vista keynesiano es que ignora el papel que juega el lado de la oferta de las importaciones. Más de la mitad de lo que importamos son bienes consumidos por productores -equipos de capital, materia prima, partes y otros insumos intermedios-. Estas importaciones nos permiten producir más, no menos. Por eso, a lo largo del último año, las importaciones de bienes manufacturados han estado aumentando junto con la producción doméstica de bienes manufacturados.

A largo plazo, las importaciones fomentan el crecimiento al obligar a los productores domésticos a ser más eficientes y productivos. La competencia generalmente funciona de tal manera que las importaciones hacen a un lado los productores domésticos menos eficientes, dejando el mercado a las empresas más competitivas. Esas empresas tienen mayor capacidad de hacer crecer su presencia en los mercados globales y de crear empleos sostenibles con salarios más altos.

La obsesión con el déficit comercial también ignora el hecho de que los dólares que gastamos en importaciones vuelven rápidamente a EE.UU. Si no son usados para comprar nuestros productos y servicios, son gastados en activos como bienes raíces, acciones y bonos de la Tesorería. Este influjo de capitales también ayuda a fomentar el crecimiento manteniendo las tasas de interés bajas y proveyendo capital para construir fábricas y expandir la producción.

Si las preocupaciones de los keynesianos acerca de las importaciones fuesen justificadas, deberíamos encontrar una correlación negativa a través del tiempo entre el crecimiento de las importaciones y el crecimiento del PIB. Las importaciones crecientes estarían asociadas con un crecimiento más débil y las importaciones que crecen más lento o caen estarían relacionadas con un crecimiento más fuerte.

En realidad, un aumento en las importaciones es uno de los indicadores más confiables de que una economía está teniendo un crecimiento más dinámico. Luego de examinar la información trimestral del Buró de Análisis Económico de EE.UU., que data desde 1980, encontré una sólida correlación positiva entre el cambio real en las importaciones que ingresaron a EE.UU. y el cambio en el producto interno bruto (PIB) real. Aunque no es una correlación perfectamente proporcional de 100%, la correlación entre las importaciones y el PIB es un sólido y positivo 62%.

Los políticos se enfocan de manera miope en las exportaciones, pero la correlación entre el crecimiento de las exportaciones y el aumento del PIB es, de hecho, más débil que la conexión entre las importaciones y el PIB, ubicándose en 45%. Si el presidente Obama quiere promover un crecimiento económico más sólido con el comercio, debería considerar complementar su Iniciativa de Exportaciones Nacionales con una Iniciativa de Importaciones Nacionales. Las únicas otras categorías importantes de actividad económica que se correlacionaron de manera más fuerte con el crecimiento del PIB que las importaciones fueron los gastos para el consumo personal (66%) y la inversión bruta doméstica (80%).

No necesita analizar una hoja de datos para identificar una relación positiva entre las importaciones y el crecimiento económico. Recuerde el periodo entre 1992 y 2000, cuando el crecimiento era fuerte, los trabajos abundantes y la inflación baja. En ese entonces también crecieron las importaciones y el déficit comercial. Nuevamente, durante la presidencia de George W. Bush, las importaciones volvieron a crecer y el déficit comercial creció durante cinco años consecutivos. Durante ese mismo periodo, 2002-2007, la economía se expandió y el desempleo cayó de 5,7 a 4,4%.

En contraste, las importaciones se desaceleran y el déficit comercial invariablemente se encoge durante periodos de recesión. Entre 2007 y 2009, durante la “gran recesión”, el déficit comercial se redujo en 50% conforme la demanda doméstica y las importaciones se redujeron, mientras que el desempleo aumentó. De hecho, 2009 fue solamente uno de los seis años durante los últimos 50 años en que el valor de las importaciones se redujo en relación al año anterior. Los otros fueron 1961, 1975, 1982, 1991 y 2001. De acuerdo a nuestros amigos keynesianos, esos años debieron ser buenos años para el crecimiento económico y la creación de empleos. No obstante, cada uno de esos años experimentó una recesión.

Los partidarios del keynesianismo podrían estar deseando un declive en las importaciones, pero para los millones de estadounidenses que están luchando en el sector real de la economía, tal declive sería una maldición.