No quedó muy bien parada América Latina en el Índice DHL de Integración Global, elaborado por los profesores  Pankaj Ghemawat y Steven A. Altman, ambos del IESE Business School.

Presentado en el marco de la Cumbre Empresarial APEC 2011, celebrada en Honolulu, Hawaii, y encargado a ambos académicos por la multinacional alemana DHL, el índice mide los intercambios comerciales, financieros, de información y personas de 125 países.

La conclusión fundamental es que la globalización es bastante menos profunda de lo que se ha sostenido en los últimos años: mientras países como Holanda, Hong Kong e Irlanda poseen vínculos profundos y diversificados con todo el mundo, otros países como Botswana y Nepal están encerrados geográficamente, intercambian muy poco o con tan solo un o dos países vecinos.

Sorpresivamente, el estudio reveló también que América Latina es una de las regiones menos vinculadas a los flujos globales, apenas por encima del África subsahariana. Esto, que puede parecer un golpe al orgullo regional, tiene una explicación: “pese al incremento de la integración regional en los últimos diez años, muchos países mantienen un nivel muy alto de dependencia del mercado estadounidense”, dice Ghemawat, desde una suite en el hotel Waikiki Sheraton, en la capital del archipiélago hawaiano.

Es el caso de México, Colombia y, por sobre todo, de Venezuela, uno de los países peor ubicados en el ránking a nivel mundial, dado su pobre ambiente de negocios y la excesiva dependencia de los suministros de petróleo y derivados hacia EE.UU.

Consultado por las consecuencias negativas de la globalización financiera, tal como la viven hoy varios países europeos, Ghemawat pone de un lado la inversión extranjera directa y, del otro, los préstamos bancarios. "Tal como existe el colesterol bueno y el malo”, dice, “la inversión directa puede aumentar o caer, pero la gente no desarma las fábricas tan fácil y se las lleva de vuelta. Pero el gran problema es el préstamo bancario. Estos flujos cambian rápidamente y no se puede llevar una economía en el largo plazo siguiendo el estado de ánimo de los banqueros".

Para el académico de origen indio un sector monetario sin regulación ni transparencia no funciona bien. “Dado que la codicia es una constante en los asuntos humanos, hay argumentos para evitar que la gente se deje llevar demasiado por ella”, advierte, y pone por ejemplo la experiencia chilena de los años 80, cuando se hicieron reformas estructurales de gran impacto en el largo plazo, pero acompañadas de una desregulación financiera que tuvo consecuencias desastrosas en 1982.

Cabe preguntarse si el contexto actual, con las principales economías del mundo estancadas y los pronósticos de una nueva recesión a un paso de cumplirse, es el más adecuado para promover una mayor apertura para los flujos de bienes, personas e información a nivel mundial. Ghemawat es enfático al decir que sí: “es cuando más necesitamos que se nos recuerdo lo bajos que son los niveles reales de integración y los beneficios que obtendríamos de aumentarla”.

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