Chris Hesketh vive en Nottingham, una ciudad universitaria y de servicios en el centro del Reino Unido, con cerca de 300.000 habitantes.

Como muchos ingleses de clase media, Chris consume productos con la marca Fairtrade. “Mi esposa siempre insiste en comprar bananas y té Fairtrade, a veces vino, ropa si es posible, y chocolates”, dice paseándose por un supermercado local. “La idea es que estos productos son producidos en una forma justa, con mejores estándares de trabajo y además la mayor parte del precio que pagas en los productos Fairtrade va a ir a la gente que los produce”.

Pese a la recesión y al hecho de que los productos Fairtrade son más caros, el entusiasmo de los consumidores como Chris no disminuye. Según la Fairtrade Labelling Organization (FLO, por sus siglas en inglés), organización con sede en Bonn que coordina la rotulación y certificación de estos productos, el consumo global en Europa alcanzó € 3.400 millones en 2010, un aumento del 15% con respecto al año anterior. Sólo en el Reino Unido las ventas aumentaron en un 40% en 2010, a € 1.346 millones. Un informe de IGD, una ONG británica especializada en alimentos y retail, afirma que en 2010 la predisposición de los consumidores europeos hacia este tipo de productos aumentó de 80% a 86% en países como Francia, Alemania, Gran Bretaña y España.

“En una recesión, donde nuestros costos de vida suben, la gente no ha abandonado estos valores”, dice Chris Davies, director de relaciones con los productores de Fairtrade Foundation, la gestora británica del sistema. Según ésta, un 74% de los consumidores dijo reconocer positivamente la marca Fairtrade, y un 86% considera su responsabilidad personal asegurar salarios y condiciones laborales justas para los trabajadores en países en desarrollo.

El movimiento Fairtrade se inició en los años 80, y se basa en un sistema de etiquetación de productos diseñado tanto para pequeños agricultores como para agricultores comerciales y otras empresas que no tienen acceso a los mercados internacionales. Para asociarse al sistema, éstos deben cumplir con ciertos estándares: sindicalización y buenos salarios para los trabajadores, uso restringido de agroquímicos y reinversión de las ganancias en la comunidad.

El cumplimiento de estos estándares es supervisado y certificado por Fairtrade International. Un punto clave que defienden los promotores del comercio justo es la fijación negociada de los precios, de manera de proteger a los productores de las fluctuaciones en el precio internacional de commodities como el té, el cacao o el café. Sin embargo, no se aplica a flores ni productos semiartesanales como balones deportivos.

América Latina es una de las regiones más activas en comercio justo. El movimiento nació con el café mexicano.

Más de 800 productores de 60 países participan en este mercado con unos 27.000 productos, incluyendo miel, oro, frutos secos, jugos, café, azúcar, algodón, cacao, quínoa, vino, té, arroz. Y América Latina es una de las regiones más activas. Según Davis, el 65% del total de productores inscritos en FLO y el 66% de las ventas globales de la marca Fairtrade provienen de la región. “Los mayores productos de América Latina son las bananas y el café, pero también flores, azúcar, miel y fruta fresca”, dice.

En parte se debe a que el movimiento Fairtrade nació, de hecho, con el café mexicano, cuando la fundación holandesa Max Havelaar comenzó a comercializarlo en 1988. “Alguien que estaba en Oaxaca se dio cuenta de que los granjeros estaban abandonando sus granjas para emigrar a EE.UU.”, dice Davies. “y pensó que debía haber gente dispuesta a pagar un precio justo que permitiera a los granjeros permanecer en sus granjas e incluso ganar ingresos extra para invertir en sus comunidades”.

Parte de las ganancias obtenidas en el comercio justo son invertidas en proyectos de desarrollo local. Es el denominado Fairtrade Premium, mecanismo que, según la memoria anual de la FLO, durante 2009 -2010 invirtió € 33,8 millones en América Latina en proyectos de desarrollo comunitario, educación, medio ambiente, salud, programas para mujeres trabajadoras y otros destinados a mejorar la producción local.

¿Justicia relativa?
Sin embargo, el comercio justo no está exento de críticas. Hace cinco años el Financial Times publicó un artículo señalando que en la producción de café peruano vendido bajo la marca Fairtrade, los trabajadores recibían una paga de 10 soles (US$ 3) por trabajar desde las 6 AM hasta las 4.30 PM. Si bien este precio era mayor que los 8 soles que algunos trabajadores recibían por similar trabajo, era menor que el mínimo legal establecido para la época. El artículo planteaba la necesidad de establecer un control externo para acreditar las buenas prácticas laborales de los productos Fairtrade. 

Fairtrade International respondió que un trabajador de una cooperativa que participaba en el sistema Fairtrade recibía 12 soles (US$3,70) por día, y fuera del sistema el mismo trabajador recibía sólo 10. Sin embargo, reconocieron haber detectado irregularidades en la cadena de producción del café peruano y tomado medidas para solucionarlas.

Por su parte, un informe del Institute of Economics Affairs (IEA), un think tank liberal británico, sostiene que el sistema no ayuda realmente a los productores más pobres, pues les impone un modelo de cooperativas en el cual no todos tienen cabida, además de una estructura de costos pensada más bien para los consumidores de los países desarrollados. Fiel a su línea pro-mercado, IEA critica además el sesgo ejercido por Fairtrade contra los productos genéticamente modificados, una tecnología que podría aplicarse a mejorar la productividad de cultivos clave para las economías locales como las bananas.

Llama la atención que a la crítica liberal también se sume la de sectores de izquierda, como la ONG WorldWrite. “El sistema Fairtrade niega activamente a los granjeros recursos para incrementar su producción como maquinaria industrial, camiones de refrigeración en caminos asfaltados o los últimos pesticidas químicos”, dice Viv Regan, co-directora de la organización.
Para Regan, el sistema no se basa en incrementar la productividad de granjeros pobres en países en vías de desarrollo, “sino que satisfacer prejuicios presentes entre consumidores occidentales respecto de que estos productos son orgánicos, libres de trabajo infantil, lo que les permite sentirse bien”.

Cita como ejemplo el lanzamiento reciente de la marca Fairtrade Oro, que busca asegurar a los compradores de joyas que los mineros del sector reciben un trato justo. ”Sin embargo, ese mejor trato no significa que los mineros podrán disfrutar, ahora o en el futuro, de una vida que les permita costear la compra de estas joyas para sus seres queridos”, dice Regan. Por el contrario, sostiene que los mineros deberán negociar por su cuenta mejor condiciones de trabajo, incluyendo una menor exposición a productos químicos.

“No creo que el consumo de productos como café y chocolates esté relacionado con el conocimiento de una región como América Latina, con que esos productos son los top of mind, han estado presentes en el mercado por un largo tiempo”, dice Sally Hibbert, profesora asociada en Marketing de la Escuela de Negocios de la Universidad de Nottingham.

Sin embargo, estas críticas no parecen molestar a consumidores como Chris: “No confío en un 100% en el sistema, pero estoy contento de pagar más por apoyar ciertos estándares de justicia”, dice.