Considerémoslo una señal de los tiempos que corren. Un pequeño artículo publicado a principios del mes de septiembre en un periódico de tirada nacional informaba sobre la incipiente clausura de una fábrica de bombillas en Virginia, lamentando no sólo la pérdida de más puestos de trabajo (en este caso 200) sino también la desaparición de las manufacturas estadounidenses, víctimas de competidores extranjeros de coste inferior y de las inesperadas consecuencias de la política gubernamental.

Para algunos responsables de política económica es el tipo de noticia que ofrece un motivo más para declarar la guerra a los detractores de la Administración Obama, acusada de no hacer lo suficiente para proteger la economía nacional de una competencia extranjera desleal. Los grandes socios comerciales de Estados Unidos también están siendo objeto de duras críticas; algunos les acusan de ser responsables de la creación de grandes desequilibrios comerciales a nivel internacional y de desbaratar todos los esfuerzos nacionales para salir de esta gran recesión exportando más y reduciendo las importaciones.

En opinión de algunos observadores, el tono cada vez más elevado de los murmullos políticos es consecuencia de políticos que intentan satisfacer al electorado populista antes de las elecciones de noviembre.

Pero incluso las relativamente positivas noticias económicas –como es el caso del incremento del 1% del output industrial estadounidense este verano-, no han conseguido calmar al Capitolio mientras Estados Unidos sale con problemas de la recesión. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y otras organizaciones predicen una ralentización del crecimiento del PIB para el último trimestre, que pasará del 2% en el trimestre previo al 1,2%; la tasa nacional de desempleo aún se sitúa alrededor del 10% y en el país se sigue consumiendo demasiado y ahorrando demasiado poco mientras el déficit comercial en bienes y servicios se dispara. En los primeros siete meses de este año el déficit se ha situado en US$290.000 millones; el año previo, en este mismo periodo la cifra era US$202.000 millones.

Para mejorar la economía, en julio el Presidente Obama prometía duplicar las exportaciones estadounidenses a lo largo de los próximos cinco años. “¿Pero cómo?”, pregunta Bernard Hoekman, director del Departamento de Comercio del Banco Mundial. “Eso no va a ser muy fácil si no pones en marcha una estrategia de política comercial agresiva para conseguir un mejor acceso a otros mercados”. Mientras, la agenda de los detractores de Obama en Washington es completamente diferente; su objetivo es aprobar políticas que dificulten la entrada de importaciones en el país.

 

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 Suficiente para que empiecen a sonar las señales de alarma."El déficit comercial combinado con elevados niveles de desempleo e inseguridad laboral podrían desencadenar otra ronda de proteccionismo", advierte Stephen J. Kobrin, profesor de Gestión Multinacional en Wharton. "Pero en la reacción de los políticos ante el déficit, al menos para mí, no está muy claro qué parte es ruido y qué parte es preocupación verdadera".

Sea como sea, en los círculos que defienden el libre comercio cada vez se debate más sobre la posibilidad de una guerra comercial global y si otros países tomarían represalias erigiendo sus propias barreras comerciales. Este es un escenario que los observadores de la Organización Mundial del Comercio (OMC) no creen probable dados los mecanismos existentes para los países supuestamente perjudicados. En una entrevista con la revista Forbes, el presidente de la OMC Pascal Lamy sostenía “No estamos en un planeta donde puedan volver a producirse guerras comerciales”, en todo caso “fricciones comerciales”.

Incluso detractores menos optimistas no esperan que la situación de los años 30 se repita, cuando en todas partes del mundo empezaron a surgir disputas al estilo “ojo por ojo, diente por diente” después de que Estados Unidos subiese sus aranceles a las importaciones. Pero aún queda mucho trabajo por hacer para suavizar las “fricciones” no sólo en Estados Unidos sino también en los principales países con superávit comercial, como China y Alemania. Según los expertos, la clave es empezar a identificar las causas de los desequilibrios comerciales, un paso fundamental para asegurar una economía global fuerte y sostenible.

 En su opinión, se debe presionar tanto a los países con superávit como a los países con déficit, y cada país deber considerar diferentes formas de ajustes y agendas para realizar reformas políticas.

Compartiendo la carga. “El déficit comercial es un problema mutuo; tal vez los países con superávit estén ahorrando demasiado, pero claramente los países con déficit están ahorrando demasiado poco”, sostiene Richard J. Herring, profesor de Finanzas de Wharton.

“Los ajustes serán menos dolorosos si tanto los países con superávit como los que tienen déficit comparten la carga. Pero en realidad la presión es asimétrica y los países deficitarios han de enfrentarse a restricciones mucho antes que los que tienen superávit”.

Una vez dicho esto, China –el mayor exportador del mundo-, ha soportado bastante presión, principalmente en forma de tortura política por parte de Washington. En 2008 el superávit chino en el comercio de bienes alcanzaba cifras récord (US$295.000 millones), y el pasado año fue US$196.000 millones.

Por otro lado, el déficit en Estados Unidos –su segundo socio comercial después de la Unión Europea-, fue de US$840.000 y US$517.000 millones en 2008 y 2009 respectivamente.

Según el American Commerce Department, en los primeros cinco meses de este año el superávit comercial de China con Estados Unidos (US$93.000 millones) ha aumentado un 10% en relación con el año previo.

Sin lugar a dudas, un motivo importante del crecimiento de las exportaciones chinas –las cuales suponen el 40% de su PIB- es el control férreo que el gobierno de Wen Jiabao mantiene sobre el tipo de cambio. Este es un ejemplo de cómo los chinos desempeñan un papel “casi mercantilista”, afirma Gerald McDermott, profesor adjunto en Wharton y profesor de Negocios Internacionales en Moore School of Business, de la Universidad de Carolina del Sur. “Están intentando forzar el máximo acceso posible a los mercados exteriores”.

 

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 Manteniendo el valor del renminbi (RMB) artificialmente bajo frente al dólar, el gobierno chino ha avivado la demanda de sus bienes de bajo coste por todo el mundo. “China ha manipulado su tipo de cambio para absorber su exceso de subempleo, principalmente en el interior del país. Detrás se esconden tanto motivos de estabilidad política como de crecimiento económico”, observa Herring. “Pero como China se ha vuelto tan grande, hay límites severos a su crecimiento basado en las exportaciones, a no ser que esté dispuesto a seguir acumulando cantidades enormes de divisas extranjeras, las cuales posiblemente acaben depreciándose frente al RMB”.

A principios del verano China parecía estar rindiéndose a las presiones de Estados Unidos cuando declaraba que permitiría más flexibilidad en el tipo de cambio del RMB. Pero los cambios desde entonces han sido mínimos: de 6,83 RMB por dólar en junio a 6,77 RMB por dólar a principios de septiembre. Algunos políticos estadounidenses no se han dejado impresionar. Tim Ryan, Demócrata del Estado de Ohio, y Tim Murphy, Republicano del Estado de Pensilvania, están apoyando una norma para que las empresas puedan pedir mayores aranceles sobre las importaciones chinas para compensar el efecto de un RMB débil.

Se supone que si China redujese sus exportaciones, querría compensar las pérdidas de ingresos fomentando el consumo doméstico. Es mucho suponer. “El problema de China, y son muy conscientes de ello, es que aunque es un país muy grande, la población es en general muy pobre”, señala McDermott.

Según investigaciones recientes del National Economic Research Institute, una organización no gubernamental de investigación en China, en 2008 la renta media mensual de un hogar en entorno urbano era menos de US$5.000.

Es más, a diferencia de Estados Unidos, China es una nación de ahorradores, no de consumidores. En 2009 el ahorro doméstico bruto equivale al 50% del PIB de China; en Estados Unidos apenas llega al 10%. Fomentar el consumo entre los chinos –y consumir más bienes nacionales y extranjeros-, en lugar del ahorro al final acaba afectando a otros muchos factores, como por ejemplo que el gobierno empieza a ofrecer redes de seguridad en el tema de las pensiones o los servicios sanitarios.

China también quiere mejorar su reputación como “fabricante de bajo coste” del mundo. McDermott dice que investigaciones muestran que los márgenes en muchos de los bienes de alta tecnología que fabrica no tienen más de un dígito; una situación muy diferente a lo que ocurre en países como Taiwan y Corea, con márgenes del 50%. “China sabe que la competitividad comercial no se determina exclusivamente por los costes”, añade McDermott. “Han invertido una cantidad increíble en ingenieros y alta tecnología, con resultados muy diversos”.

La economía alemana. Otro país que está en el centro de los debates sobre los desequilibrios comerciales globales es Alemania, que el pasado año usurpaba a China el primer puesto en el ranking de exportadores del mundo. Ha registrado un superávit comercial internacional de US$189,7 millones en 2009; en 2008 el superávit era de US$266 millones.

Según cifras publicadas a principios del mes de septiembre por Destatis, la oficina de estadística alemana, las exportaciones de la primera mitad del año seguían creciendo a mayor velocidad que las importaciones (un superávit de US$95 millones). Entre enero y julio las exportaciones de Estados Unidos a Alemania fueron US$27.000 millones, mientras las importaciones alcanzaron los US$46.000 millones.

En muchos sentidos Alemania se considera un modelo de crecimiento basado en las exportaciones. Siendo parte de la zona euro no se le puede acusar de manipulaciones cambiarias como en el caso de China, y tal y como Herring señala, el país “adoptó medidas económicas de reestructuración duras y dolorosas hace algunos años; muchos países aún han de adoptarlas”.

Tras registrar tasas de crecimiento del 2,2% de abril a junio –su mejor trimestre desde la reunificación en 1990-, Alemania se resiste a cambiar su curso ante la consternación de algunos de sus socios comerciales cercanos. Esto incluye a la ministra de finanzas francesa, Christine Lagarde, que en junio declaraba que el motor exportador alemán estaba amenazando la competitividad de otros países de la zona euro. Lagarde incluso llegó a sugerir que la canciller alemana Angela Merkel recortó impuestos para fomentar que la gente consumiese más y ahorrase menos en un país cuya tasa de ahorro nacional bruta como porcentaje del PIB es del 21,8%.

Mientras Merkel resista utilizando políticas para incrementar las exportaciones y reducir las importaciones, ¿qué se puede hacer? Sería complicado acudir a las medidas establecidas por la OMC, ya que Alemania cumple al pie de la letra el “código del libre comercio”, dice el profesor de Derecho y Ética Empresarial Philip Nichols. “No podrían pedir a Alemania que distorsionase el comercio”, señala. “Iría contra los principios que defienden instituciones internacionales como la OMC”.

 

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 Cambiar el comportamiento de los países deficitarios tampoco es tarea fácil. En ningún lugar es tan significativo –y podría afirmarse que tan necesario-, como en Estados Unidos. En opinión de Herring, hasta el momento Estados Unidos “ha sorteado las presiones que el resto de países deficitarios soporta porque los países quieren tener deuda nominada en dólares a tipos de interés mínimos. Pero esto no puede continuar indefinidamente. Y cuando cambie la percepción sobre el mercado, los cambios se podrían producir rápidamente”.

El problema es que las soluciones no son ni rápidas ni fáciles. “En cierto sentido, lo que se necesita es un incremento coordinado de la demanda mundial”, sugiere Howard Pack, profesor de Empresa y Políticas Públicas en Wharton. Esta es una idea que la Administración Obama ha barajado, “pero el resto del mundo no aprueba”.

El otro camino que puede adoptar Estados Unidos es resolver los problemas estructurales profundos que provocan una alta tasa de desempleo, un exceso de consumo y una mala asignación del capital, esto es, las partes de la economía que acaban afectando al comercio. Hace poco tiempo se perdió una oportunidad de oro cuando la Administración Obama “no intervino suficientemente en las instituciones económicas”, sostiene McDermott. “En vez de inyectar simplemente dinero a los bancos, podrían haber forzado la reestructuración”.

En cuanto a los estímulos generales, “necesitamos fomentar  la demanda, pero también saber dónde llevar el dinero”. En lugar de centrarse en grandes programas de infraestructura, McDermott sugiere dedicar algo de dinero también a las pequeñas y medianas empresas (pymes), que son el motor de las exportaciones en mucho países, incluido Alemania.

Al igual que muchos observadores, McDermott también cita la necesidad de políticas que reconduzcan las manufacturas del país. El output manufacturero de Estados Unidos ha crecido significativamente en los últimos años, pero lo ha hecho mucho más despacio que, por ejemplo, el sector servicios. En 1980 las manufacturas suponían el 21% del PIB estadounidenses, pero desde entonces su participación se ha desplomado hasta el 13% en 2008. En China dicho porcentaje se sitúa en el 32%. “El mantenimiento y la creación de manufacturas no tiene nada que ver con la protección comercial”, añade McDermott. “Se trata de gestión económica estratégica”.

Nichols también aconseja a los fabricantes de manufacturas estadounidenses ignorar la aversión política y “populista” que existe hoy en día en relación con los desequilibrios comerciales, los cuales al fin y al cabo son cifras que son una “fotografía imprecisa” de los resultados en esta era de la globalización. “Las fronteras políticas no reflejan la realidad comercial”, señala. En la actualidad las economías están tan interconectadas que “una guerra comercial es realmente una guerra contra nosotros mismos”.

El genio en la lámpara. Las reacciones recientes ante la recaída son un buen indicador de que cualquier tipo de guerra comercial puede evitarse, explica Herring. “Aunque se han tomado algunas medidas proteccionistas en esta prolongada recesión, la mayoría iban encaminadas a asegurar que las subvenciones nacionales no acababan revertiendo en el resto de países. E incluso en ese caso, los resultados obtenidos son confusos. La mayor parte del dinero del gobierno dedicado a sacar a flote a AIG al final fue a parar a los bancos extranjeros. Dadas las circunstancias macroeconómicas, consideraría esto todo un triunfo de la diplomacia comercial”.

En cuanto a qué nos espera en un futuro, McDermott parece optimista. “No creo que las cosas estén tan mal, pero creo que si grandes países como Estados Unidos no trabajan para reestructurar sus instituciones del ámbito financiero y las manufacturas, entonces dentro de cinco a diez años estaremos entrando en una situación de elevado desempleo estructural en Estados Unidos, y eso no sería un buen paso político sobre el que poder avanzar”.

Lo que preocupa a Heribert Dieter, miembro del think tank alemán Stiftung Wissenchaft und Politik (SWP), es que el lento ritmo de las reformas pueda dejar a los políticos estadounidenses contra la pared, animándoles a recurrir a las lucrativas barreras comerciales.

“Los responsables de las políticas económicas soportan una presión enorme para proponer algo que al menos les haga parecer gestores eficientes de la economía”, señala. “A favor de Obama, diré que no ha hecho lo que la gente creía que iba a hacer en 2008. Hasta el momento la política comercial no se ha vuelto más proteccionista.” El problema es que el proteccionismo de corto plazo a menudo acaba convirtiéndose en proteccionismo de largo plazo, el cual es difícil de detener. “Es difícil meter al genio de nuevo en la lámpara”, sostiene Dieter.

En su opinión, los países con superávit deben tomar medidas “en lugar de esperar por una reacción inesperada de los países deficitarios –básicamente Estados Unidos-, los cuales podrían llegar a la conclusión de que detener las importaciones es su única opción”. Pero, ¿qué zanahorias y palos podría emplearse? “En estos momentos no hay ninguno”, dice Dieter. “Hay presiones políticas, pero no instrumentos”.

Dieter, junto con Richard Higgott de la Universidad de Warwick en el Reino Unido, ofrecía dos sugerencias en un reciente libro de ensayos publicado por el Centre for Economic Policy Research titulado Rebalancing the Global Economy: A Primer for Policymaking (Reequilibrando la economía global: manual para los responsables de las políticas). Una de las ideas propuestas es aumentar los impuestos sobre los flujos de capital inter-fronterizos. “No significa acabar con los flujos inter-fronterizos o erigir restricciones perjudiciales; en nuestro punto de vista sería útil reducirlos y también prolongar su horizonte temporal”, explica Dieter. La otra idea es que los países con superávits persistentes depositen un porcentaje del mismo en un fondo, el cual sería gestionado por un ente internacional.

Dieter sabe que ninguna de las ideas será aprobada con consenso, pero al menos es el comienzo. “Las hemos puesto sobre la mesa. En Alemania han contribuido a que el debate se centrase en la utilidad del modelo exportador”, señala. “Las exportaciones no son un objetivo en sí mismas. A veces alemanes y chinos tienden a olvidarlo”.