El Observador de Uruguay. Fue, como dicen los boxeadores, un golpe que no se vio venir. Cuando todo parecía inmejorable en cuanto a la política internacional y todavía resonaban los elogios que había dejado el vicepresidente estadounidense Mike Pence en su visita a Buenos Aires, el gobierno argentino recibió un baldazo de agua fría.

A pocas horas de que el enviado de Donald Trump hubiera terminado su gira, llegó la noticia de que las ventas de biodiésel al mercado de Estados Unidos habían sido borradas de un plumazo.

Con un volumen de US$1.200 millones anuales, esta exportación es, por lejos, la más importante que la Argentina hace la país del norte, y triplica en importancia a las aleaciones de aluminio y a los vinos, segundo y tercer rubros en la lista, respectivamente. 

El impacto de la noticia hizo parecer un detalle menor al ampliamente festejado permiso para volver a exportar limones, un negocio de US$50 millones. Y no sólo eso, sino que dejó políticamente mal parada a la diplomacia argentina, que en un gesto de distensión y acercamiento había reabierto la importación de carne de cerdo a pesar de las airadas protestas de los productores locales.

Pero el impacto de este cierre para el biodiésel no sólo es fuerte por su volumen, sino por lo que representa políticamente. Tiene todos los condimentos de una represalia diplomática, de esas que Estados Unidos se reserva para los países con los cuales tiene una relación conflictiva.

El biodiésel es un subproducto de la soja, y allí los productores locales estadounidenses encontraron un argumento para acusar a la Argentina de dumping: como el poroto de soja tiene todavía una retención a la exportación de 30% pero el biodiésel no paga derechos, consideran que es una forma de subsidio a la exportación. La acusación es que, violando normas de comercio internacional, se utiliza el sistema tributario para desestimular la venta del producto primario y así abaratar su industrialización.

Los productores locales venían protestando ante el acelerado crecimiento de las importaciones de biodiésel argentino, cuyo volumen se había multiplicado por seis en dos años. En consecuencia, el Departamento de Comercio estadounidense decidió la aplicación de un arancel promedio de 57% para ese producto argentino, un monto que los analistas no dudaron en calificar como una medida de "ensañamiento", ya que con un 15% habría alcanzado para frenar por completo los envíos del combustible.

Revisando la agenda. Nada de esto parecía imaginable hasta hace pocos días, cuando en el ámbito diplomático todos seguían pensando que la Argentina era el nuevo mejor amigo de Estados Unidos en la región y que Mauricio Macri era el referente político ineludible para la agenda latinoamericana.

"Estoy aquí para felicitarlo por sus audaces programas de cambio para transformar la economía del país y restaurar la reputación de Argentina en el mundo. Argentina es una inspiración en el continente y a nivel mundial. Estoy aquí para decirle en nombre del president Trump que Estados Unidos está con usted", había dicho Mike Pence en la conferencia conjunta celebrada el 15 de agosto en la residencia de Olivos.

Todavía con los ecos de las elecciones primarias en las cuales Macri recibió un respaldo a su gestión, todos los analistas creyeron leer entrelíneas que el gobierno estadounidense se congratulaba de que uno de sus principales aliados se fortaleciera, mientras otros presidentes –como el brasileño Michel Temer- no terminan de recuperar la estabilidad en sus cargos.

La pregunta, entonces surgió inevitable: ¿qué pasó? ¿Hubo un giro en la relación? ¿O simplemente lo que está ocurriendo es que, a diferencia de otras administraciones estadounidenses anteriores, la de Trump mantiene políticas paralelas en la diplomacia y el comercio, sin que una tenga injerencia en la otra?

Por ahora, todo es especulación, pero no faltaron quienes apuntaron a que tal vez el gobierno estadounidense se haya decepcionado ante la falta de un apoyo más explícito de Macri hacia una postura de "mano dura" respecto de Venezuela. Macri ha sido, desde el primer minuto, un crítico del régimen chavista y un propulsor de que el régimen de Nicolás Maduro fuera sancionado en el Mercosur.

Pero, al mismo tiempo, se opuso a cualquier intervención internacional que implicara una opción militar. Y la versión que está circulando en el ámbito político es que la gira de Pence tuvo el objetivo de sondear qué apoyo regional podría llegar a tener alguna medida drástica liderada por Estados Unidos para provocar la caída de Maduro.

Después de todo, esa diplomacia dura ha sido la marca registrada de Trump. Sin ir más lejos, en la reciente visita a Michele Bachelet, Pence presionó para que Chile, que está orientado a consolidar lazos con los países del Pacífico, cortara relaciones diplomáticas con Corea del Norte.

En todo caso, la medida comercial de Estados Unidos causó tal impacto en la diplomacia argentina que está obligando a revisar toda la agenda bilateral y la estrategia de acercamiento.

Por lo pronto, entró seriamente en duda que se pueda reabrir en los términos esperados la venta de carne vacuna al mercado estadounidense, que estuvo cerrado durante 16 años.

Y se da prácticamente por descartado que las empresas nacionales reingresen al Sistema Generalizado de Preferencias, un régimen que permite exportar un amplio listado de productos sin arancel y del cual la Argentina había sido excluida durante el kirchnerismo"

"Después de esta decisión, es muy difícil pensar que se avance con algún tipo de beneficio para la Argentina", apuntó Miguel Ponce, director del Centro de Estudios para el Comercio Exterior.

La ironía de un liberalismo a destiempo. Macri no ha hablado en público sobre este inesperado golpe diplomático. Conoce mucho a Trump, acaso más que ningún otro presidente en el mundo, porque lo conoce personalmente desde hace más de 30 años, cuando ambos eran jóvenes ejecutivos que negociaban sobre operaciones inmobiliarias.

Todavía no está claro si la forma de arreglar el problema será a través de una charla personal entre ambos o si el presidente argentino estará resignado a que así son las cosas con el sucesor de Obama.

Ironías del destino, le toca lidiar con Trump y su neoproteccionismo justo cuando había hecho el mayor esfuerzo por llevar al punto más cálido su relación con el partido Demócrata estadounidense.

Así, Macri se encuentra con una sensación de que aplica políticas a destiempo de la onda internacional: justo cuando él quiere volver a tomar crédito para hacer más soportable el ajuste, cambia el humor del mercado y se preanuncia una suba de tasas; justo cuando pretendía estabilizar el tipo de cambio tras la devaluación de su debut presidencial, todos los vecinos devalúan.

Y, sobre todo, cuando había empezado una tibia apertura de importaciones en rubros sensibles como textiles y electrodomésticos, Trump vuelve a poner de moda el discurso del cierre comercial.

Pero acaso la mayor paradoja es que las sanciones de Trump fortalecen las críticas desde el kirchnerismo, que había llevado la relación con Estados Unidos a su punto más tenso en varias décadas.

Todavía se recuerdan las palabras de Cristina Kirchner cuando, luego de la elección estadounidense, hizo una inesperada reivindicación del nuevo presidente.

"El que crea que ganó el Partido Republicano está equivocado, ganó alguien que representa la crisis de la representación política producto de la aplicación de políticas neoliberales del Consenso de Washington", agregó Cristina, para quien lo que busca la sociedad estadounidense es un líder "que rompa con un establishment económico que lo único que ha causado es pobreza, desalojo y pérdida de trabajo".

Lo cierto es que Macri tuvo en apenas una semana un curso acelerado sobre la nueva diplomacia de Trump: se puede pasar, con total naturalidad, de los elogios más encendidos a las sanciones económicas más duras.