Y, cuándo empieza la recuperación de la economía?”. Esta frase, escuchada en ámbitos empresariales y oficiales durante las últimas semanas resume el estado de ánimo predominante en Argentina. Tras un año difícil, con momentos de recesión y la evidencia del agotamiento de las “cajas” con las que financiar un modelo de expansión, todos se habían ilusionado con las señales de que finalmente la recuperación llegaría.

El antecedente que daba sustento a este optimismo era el de 2009. En aquel momento, la crisis financiera internacional, sumada a un mal año de la cosecha agrícola, indujo a una recesión de 3% del PIB. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner logró entonces moderar las aspiraciones de suba salarial para contener la inflación, y al mismo tiempo devaluó la moneda 30%. Además, usó los fondos del recién reestatizado sistema jubilatorio para financiar proyectos privados con dificultades de crédito.

Así pudo capear el temporal, y al año siguiente, ya con mejores condiciones internacionales, logró un fuerte rebote de 9%, que permitió un boom consumista. Este año, que repitió algunas de esas características –enfriamiento de la economía global, sequía y caída del precio de la soja–, parecía que encontraría la misma forma de salida. Y el récord que tocó la soja hace unos meses, por encima de US$ 600 la tonelada, parecía apoyar esa idea. Sin embargo, ya a escasos días de que termine el año, nadie está tan seguro de afirmar que “lo peor ya pasó”.

Por el contrario, las estimaciones privadas muestran una desaceleración que ya lleva tres meses consecutivos. Y la industria, después de un semestre, recién mostró un tímido atisbo de recuperación en octubre, gracias a la reactivación de ventas de automóviles al mercado brasileño.

En cuanto al saldo de comercio exterior, los últimos números muestran una contracción de 50% respecto a los registros de hace un año. Las exportaciones arrojan una baja de 9%.
Y en lo que respecta al consumo, que ha sido una de las locomotoras del crecimiento económico en los últimos años, sigue moderado. En noviembre, las compras en comercios minoristas registraron una caída de 3% respecto al fin de 2011.
Todo apunta a que el año terminará, en el mejor de los casos, con una variación de 2% del PIB.

Adiós a las “tasas chinas”
Lo cierto es que el estado de ánimo dista de ser optimista, y todo el tiempo las consultoras ponen en revisión sus pronósticos para 2013. Así, lo que parecía un consenso respecto a que podría llegar a registrarse un crecimiento de al menos 5%, ha dejado ahora otro escenario, donde la mayoría de las estimaciones apuntan a un 2%. Es decir, nada que pueda merecer el rótulo de “recuperación”.

¿Por qué el cambio de ánimo? Para empezar, porque el campo no tendrá condiciones tan brillantes como las esperadas. Si antes el problema fue la sequía, ahora hay un exceso de lluvias. Además, el precio de la soja parece estabilizarse más cerca de US$ 500 que de US$ 600. Todos motivos que llevan a desactivar la euforia.

Pero, por sobre todo, lo que los economistas están viendo es que hay una etapa del “modelo K” que quedó definitivamente atrás. Los problemas estructurales ya son indisimulables y hacen muy difícil la aplicación de políticas expansivas para recuperaciones fuertes. En otras palabras, que ya no volverán los tiempos en que Argentina crecía a “tasas chinas”.
El factor que le trae dolores de cabeza a la presidenta es la pérdida de autoabastecimiento energético. Este año habrá que destinar US$6.000 millones a la compra de gas importado. El gobierno ha reaccionado con una suba en los precios –todavía muy por debajo del valor internacional– pero aun así, nada indica que la situación tenga un cambio importante en 2013.

Al mismo tiempo, la situación fiscal sigue complicada y el gobierno cada vez requiere más asistencia del Banco Central para financiar su déficit, lo cual pone presión adicional a la inflación. Las medidas intervencionistas tomadas este año han servido como “parche” para el corto plazo, pero han herido un costado que preocupa a los analistas: la inversión.
“El nacional populismo necesita ingresos; hasta ahora los ha conseguido con monetización, pero necesita otras cajas, y las futuras expropiaciones que se ven venir hacen muy incierta la rentabilidad. Por eso caen las inversiones y los valores de los activos”, apunta Miguel Angel Broda, uno de los economistas más escuchados por los empresarios.

De hecho, la caída de la inversión –se presume que este año terminará debajo del 20% del PIB– es el indicador que enciende más alarmas. Y con una industria de la construcción que se desplomó por causa del “cepo cambiario”, no hay grandes expectativas de un cambio drástico en ese sentido. Para colmo de males, las encuestas de opinión pública muestran que la sociedad percibe un empeoramiento en las condiciones para conseguir empleo, lo cual limita las posibilidades de un repunte en el consumo interno.

El fantasma de la estanflación
Todas las fichas están puestas en dos factores: una reactivación de la demanda brasileña, de la cual depende la industria automotriz; y una nueva suba en el precio de la soja. Lo peor es que este escenario de bajo crecimiento ocurre con una inflación dura de bajar. La mayoría de los analistas prevén que el año próximo habrá una suba respecto a este año, lo que podría terminar con una inflación anual de, al menos, 26%.

El gobierno, aunque oficialmente no reconoce el problema de la inflación, está tomando medidas tendientes a contener la suba de precios. Por eso la sorpresiva moderación en el gasto público y el llamado a un “pacto social” con sindicatos y empresarios.
De todas formas, empiezan a corporizarse las predicciones más temidas de economistas como Domingo Cavallo: el regreso de un fantasma que los argentinos conocieron en tiempos pasados, llamado “estanflación”.