El Banco Central Europeo (BCE) fue un revulsivo para los mercados globales la semana pasada. Por fin, y tras varios meses de espera, salió con un programa de compra de activos en toda regla, uno que incluye la adquisición de bonos soberanos de la región. Europa necesitaba algo así, y desde hace tiempo: la eurozona está sumida en un ciclo de bajo crecimiento y riesgos de deflación que precisaba de políticas monetarias más agresivas. Las bolsas europeas lo celebraron con el mayor avance semanal desde 2011. Nada mal.

Lo que pasa es que, desde que empezó el año, no ha sido el único que ha precisado recurrir a los estímulos monetarios para ayudar a la economía global que atraviesa problemas.

En los pocos días que llevamos de 2015, un aluvión de países ya salió a inyectar dinero fresco a la economía. Y no cualquiera. Grandes economías, como la India, Canadá, Turquía y Perú, han recortado tasas. También lo han hecho Dinamarca (¡por dos veces en una misma semana!), Suiza (¡a 0.75%!), Rumania y Egipto.

Además, al final del año pasado, Japón amplió su programa de compra de activos y China redujo las tasas de interés.

Nuevo escenario del FMI. Todo eso se enmarca en un inicio de año en el que las autoridades siguen preocupadas con el endeble crecimiento de la economía global y las bajas perspectivas de inflación. Así lo constata la reciente revisión a la baja sobre el crecimiento mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI) no sólo para este año, sino también para el que viene.

Ahora el FMI prevé que la expansión mundial en 2015 sea de 3,5%, sustancialmente por debajo de la tasa de 3,8% que estimó apenas en octubre. Para 2016, el pronóstico de crecimiento mundial es de 3,7%, revisado a la baja de una cifra previa de 4%.

Esa revisión es cuando menos sorprendente si tenemos en cuenta que la economía de Estados Unidos, la de mayor peso en el Producto Interno Bruto (PIB) mundial, crecerá mucho más de lo esperado: el FMI estima ahora una expansión de 3,6% comparado con 3,1% en octubre del año pasado.

EU, punta de lanza

Por tanto, la sincronía mundial de los ciclos económicos y la política monetaria de los últimos años se ha roto. Estados Unidos fue mucho más rápido y agresivo que el resto a la hora de conducir su política monetaria.

Ahora su economía crece de manera firme y se plantea iniciar a subir tasas. Pero en el resto del mundo el crecimiento languidece y los banqueros centrales se esfuerzan por reactivar la economía imprimiendo más y más dinero.

Esto tiene varias implicaciones que merecen tenerse en cuenta. La primera es que, pese a ser la economía más fuerte y confiable ahora mismo, pese a ser el mejor refugio de los capitales en momentos de incertidumbre, la rentabilidad nominal de su bono de 10 años es la más alta del G-7.

Su tasa de 10 años es de 1,8%, lo que hace que se tenga que financiar más caro que Italia (1,52%), una economía en recesión y con elevada deuda que hace algo más de dos años a punto estuvo de ser rescatada; que Inglaterra, una economía que crece con vigor aunque su gobierno pareció descartar un aumento de tasas para este año, o que Canadá (1,44%), país que la semana pasada recortó las tasas.

Por supuesto, la tasa de 1.8 por ciento de Estados Unidos está a años luz de las de Alemania, con 0,36%, o Japón, con una tasa de 0,22%.

En consecuencia, el diferencial de la tasa de 10 años de Estados Unidos respecto al promedio del G7 es de 88 puntos base, y ha alcanzado recientemente niveles que no se veían desde 2007.

Cambio de ruta. Esa situación es diametralmente opuesta a la observada hace unos años, en 2011 y 2012, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) estaba embarcada en una colosal expansión monetaria de compra de activos y Europa atravesaba problemas por su crisis de deuda soberana: entonces, la tasa de 10 años de Estados Unidos era sustancialmente inferior al promedio del G-7, llegando a estar más de un punto porcentual por debajo en su momento más crítico.

La segunda implicación es, como corolario de lo anterior, que a la Fed se le puede complicar la tarea de subir tasas, en caso de que realmente quiera acometer esa tarea. Ya le pasó al expresidente de la Fed Alan Greenspan en el pasado: las tasas de largo plazo no respondían al alza a los apretones monetarios de la Fed, asunto al que llamó conundrum o acertijo. Y ya lo estamos viendo: pese a que el banco central estadunidense advierte que un incremento de tasas puede estar cercano, se da la aparente incoherencia de que las tasas de largo plazo se han venido derrumbando hasta tocar un mínimo de 1,71% el pasado 15 de enero, su nivel más bajo desde mayo de 2013.

Evaluación y panorama. ¿Cómo subir tasas cuando el mundo se apunta a la fiesta de regalar dinero? ¿Cómo lograr, en un mundo globalizado, retirar dinero del sistema cuando te llegan torbellinos de capitales del resto del planeta? ¿Cómo evitar que el nuevo dinero creado por los banqueros centrales no se vaya a los bonos del Tesoro de Estados Unidos, empujando en consecuencia las tasas a la baja, cuando es el activo más seguro, ofrece la mejor rentabilidad del G-7, la inflación permanece baja y se estima que el dólar se aprecie?

Una tercera consecuencia es, precisamente, el fortalecimiento del dólar, quizás la mayor evidencia de esa asincronía de Estados Unidos con el resto del mundo.

Conforme los banqueros centrales imprimen más y más dinero, sus monedas se deprimen respecto al dólar, que vuelve a emerger como la divisa más resplandeciente del mundo, la moneda–reserva por excelencia. Incluso satisfecho se muestra el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Jack Lew, con ese súper dólar. Así lo dijo en Davos: la fortaleza del dólar es buena para Estados Unidos porque es resultado de una economía fuerte, de que lo estamos haciendo mejor que el resto del planeta.

Y es bueno para el mundo. En efecto, Estados Unidos se erige de nuevo como la locomotora del crecimiento mundial: su economía crece y, con un dólar fuerte, le resulta barato comprar al resto del mundo.

Afortunadamente, eso no se ha reflejado aún en un deterioro de la balanza comercial: aunque compra más vehículos y autopartes, computadoras, productos electrónicos, chips, maquinaria, etcétera, y las exportaciones se contraen ante la debilidad global y el encarecimiento de sus productos, su factura petrolera se ha derrumbado a una escala mínima observada en 2009 como resultado de la caída de los barriles importados y a su menor precio, lo que ha contrarrestado los otros rubros de la balanza comercial.

Efecto secundario. Sin embargo, un dólar tan poderoso en un contexto de debilidad global puede mellar el crecimiento de Estados Unidos y, sobre todo, generar presiones bajistas en los precios al consumidor, algo contrario al objetivo de la Fed que trata de escapar de la senda bajista en la inflación global.

En este contexto de asincronía, ¿puede la Fed ir contra el resto del mundo? El premio Nobel de economía Paul Krugman cree que no, y ve poco probable que Janet Yellen pueda subir las tasas en este año. Hacerlo llevaría al dólar a la estratosfera, lo que restaría crecimiento a la economía de Estados Unidos y podría agravar el problema de inflación. Además se corre el riesgo de generar una convulsión global en un momento de debilidad general, sobre todo en los países emergentes más vulnerables, aquellos cuyos fundamentales se han debilitado con la caída del precio del petróleo y otras materias primas y que podrían sufrir rápidas y contagiosas salidas de capitales.

Krugman lleva razón. Sin embargo, quizás sea el momento adecuado.

El experimento de subir tasas se antoja complicado siempre, más después de siete años de regalar el dinero. Pero, al contrario que Krugman, creemos que la inyección monetaria global contribuiría a amortiguar el apretón de tasas de la Fed, es decir, que es bueno que vayan a contracorriente.

Sí, serán más cuidadosos, lentos y graduales de lo que nos dicen. Quizás este año sólo lleguen a subir 50 pbs, pero creemos que la Fed sí se atreverá a aumentar las tasas en este año.