Para muchos observadores externos, e internos también, Venezuela es terriblemente difícil de entender. Para algunos es una utopía socialista; para otros, una dictadura. Ninguna de estas descripciones resume de una forma completa, o útil, cómo un país con las reservas más grandes de petróleo también padece una escasez de papel higiénico. Así que presento otro punto de vista.

Si eliminamos el componente ideológico, Venezuela es un niño rico mimado con hábitos perniciosos: ampuloso, confundido, gastando más de lo que tiene, adicto a los ingresos de petróleo y en negación con respecto a esta adicción. ¿Le parece absurdo? Si usted tuviera US$3 billones de reservas petroleras en su cuenta privada podría terminar igual.

Venezuela, como muchos casos disfuncionales de su tipo, padece de poco sentido de la realidad. Siempre ha tenido este problema. Durante el shock a los precios del petróleo en la década del 70, los milagrosamente inflados ingresos petroleros crearon durante un breve tiempo el desbordado consumismo y los faraónicos sueños de la “Gran Venezuela”. La visión panamericanista de Chávez, la “Revolución Bolivariana”, es tan sólo su más reciente ilusión vana.

Sin embargo, Venezuela, como todos los niños ricos echados a perder, también tiene despertares sobrios periódicos, en especial cuando lo ordenan quienes supervisan su dinero (en este caso el Fondo Monetario Internacional). Entonces dicen que es hora de organizar las cuentas, vender el carro deportivo y aterrizar.

Para todo adicto hay un momento doloroso cuando, si quieren dejar el vicio, deben realizar una autorreflexión estricta y asistir a difíciles reuniones de 12 pasos (en el argot se llaman “planes de ajuste estructural”). Venezuela ha tenido dos episodios de este tipo, en 1989 y en 1996. Sin embargo, sus duras realidades pueden llevar al adicto a perder el rumbo y terminar en otra racha de consumo. Al día siguiente generalmente hay culpa, un sentido de desesperanza y pérdida de estatus: las condiciones ideales para la trascendencia religiosa.

Para Venezuela, ese momento de revelación sucedió luego de la victoria de Chávez en las elecciones de 1998, cuando formuló su credo del “socialismo del siglo XXI”: una idiosincrática mezcla de ideología anarquista, solidaridad regional y programas sociales. También le permitió a Venezuela seguir con sus hábitos de adicto, pero con una autojustificación renovada. El aumento de los precios del petróleo sólo quería decir que este niño rico tenía una cuenta valiosa en su banco.

Chávez regaló el dinero. En su país redirigió los ingresos del petróleo hacia los pobres, no por primera vez en la historia generalmente social demócrata de Venezuela, pero sí a una escala mayor que nunca antes. También compró amigos en el extranjero. Los cubanos oportunistas recibieron petróleo subsidiado a cambio de servicios médicos y de inteligencia que Venezuela no puede proveerse (en La Habana es sorprendente comprobar cómo los cubanos miran por encima del hombro a sus contrapartes venezolanos por su incompetencia e ineficiencia).

También hubo vendedores de armas rusos y chinos, siempre hambrientos de energía, que estaban felices de hacer préstamos apoyados en futuras entregas de petróleo (hasta ahora US$50.000 millones), y algunos de los realmente necesitados, como las naciones más pobres de la región.

Este clientelismo reconstruyó la autoestima de Venezuela y el bienestar de sus pobres (que también resultó ser una herramienta invaluable de propaganda). Fue una manera de regresar a las viejas prácticas, pero peor administradas y con más despilfarro y corrupción que antes. Las debilitadas instituciones pueden ser el legado más desafortunado de Chávez.

Los efectos de la droga se están bajando. La economía está contra las cuerdas. La inflación, que es mayor a 57%, está echando al traste las victorias sociales. Debilitada por la falta de inversión, la industria del petróleo ya no produce los ingresos que Venezuela necesita.

La vida política está violentamente polarizada: las protestas callejeras han dejado más de 40 muertos y cientos de heridos. Es hora de regresar a la sobriedad. Sin embargo, como muchos adictos, Venezuela parece estar en negación. Incluso quienes son generosamente críticos, como el cantante Rubén Blades, reciben como respuesta la acusación de ser “marionetas del imperio”.
Cuando esto pasa es hora de lo que comúnmente se llama “intervención familiar”, un momento tenso en el que al adicto se le confronta con sus errores. Por eso el Vaticano y América Latina median las conversaciones de paz entre el gobierno y la oposición.

Algunos temen que el gobierno sencillamente las esté utilizando para ganar tiempo, y al final sólo insista en su posición con mayor represión. Ciertamente, hay sospechas y rencores de ambos lados. Políticamente la pregunta central es: ¿sobrevivirán las tradiciones democráticas de Venezuela?

Desde un punto de vista económico, la única solución es la sobriedad. La situación parece insostenible. Los corruptos en el gobierno no van a entregar fácilmente sus privilegios, como el acceso a divisas subsidiadas. No obstante, en cierto punto el costo político de no hacer nada es mayor que el costo de una reforma. Entonces podríamos ver un gobierno cuasi socialista ejecutar un duro plan de ajuste. Quizá ya ha comenzado.

Otra pregunta es si Venezuela podrá ver cómo se completa, pues luego de 15 años de chavismo y gastos exagerados, Venezuela, el niño rico perdido, tan sólo se ha vuelto más venezolana. El aterrizaje, sin duda, va a ser difícil.