Si comprar dólares en Argentina era difícil, ahora ya ni siquiera un viaje de placer o negocios será suficiente para justificar su adquisición. A menos que usted viaje a un país donde el billete verde sea la moneda oficial: Panamá, El Salvador,  Ecuador o, por cierto, EE.UU. De lo contrario le venderán la moneda de destino.

La medida la tomó el gobierno y a mediados del mes pasado. Visa informó a los usuarios de tarjetas de crédito la decisión de pesificar a partir de octubre: “Los saldos en dólares no cancelados a la fecha de vencimiento del resumen serán a pesos a tipo de cambio vendedor (alrededor de $4,7)”. No obstante, ya hay entidades aplicando la medida.

Desterrado el dólar de la economía, ha llegado el momento de discutir las virtudes de la moneda argentina, o por ejemplo, por qué es bueno ahorrar en pesos. Y como todo lo que hoy sucede en el país, hay dos posturas para esto.

Un sistema financiero enano. El economista y periodista Alfredo Zaiat advierte que antes de cualquier cosa hay que entender que Argentina está viviendo “un cambio de paradigma en la acumulación del capital. Hoy las actividades productivas son más rentables que el negocio financiero”. Muchas de las quejas en relación a la falta de dólares y a la falta de incentivos para ahorrar en pesos tienen que ver, según Zaiat, con un sistema financiero poco confiable, “con una serie de estafas que culminaron con la crisis de 2001”.

Si bien Eduardo Levy Yeyati, ex asesor financiero del Banco Mundial, concuerda con la debilidad del sistema financiero argentino, calificándolo de “enano”, para él los problemas de confianza tienen que ver con el actual modelo y con la intervención de la economía a través del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) –encargado de dar a conocer las cifras oficiales de inflación–, ocurrida en los albores del primer gobierno de Cristina Fernández: “Antes de eso nuestro riesgo país era de 210; a fines de 2007 era ya más del doble. Y luego con la crisis internacional pasamos a tener índices similares a Venezuela, básicamente por las malas decisiones que se tomaron”. Pero además hay dos aspectos que, según este analista, no pueden convivir en una economía competitiva, y esto es alta inflación con bajas tasas de interés.

Más allá de estas dos visiones que se contraponen en todo análisis económico en Argentina, resulta sintomático que los economistas, para hablar de pesificación o del valor del peso, tengan necesariamente que remitirse a lo que pasa con el dólar. Puede ser algo cultural y del inconsciente, como dijo Lousteau, o una herramienta desestabilizadora, como señala Asiain. O sea que uno de los grandes debates económicos argentinos oscila entre el psicoanálisis y la teoría de complot.

¿Una economía dolarizada? Después de la crisis de 2001, los ahorros se pesificaron y entre 2002 y principios de 2007 la tendencia a la dolarización fue muy baja. ¿Entonces qué ha pasado para que los argentinos anden vueltos locos por el dólar? De acuerdo a estimaciones, Argentina tiene 80 veces más de dólares dando vuelta en su economía que Chile y 10 veces más que Panamá.

Por eso Levy Yeyati cree que, para hablar de pesificación, es bueno hablar antes de dolarización y para ello hace una diferencia entre la dolarización de la moneda y la de activos: “Por ejemplo, en los 90, cuando se hablaba que la economía argentina estaba dolarizada, yo decía que de haber sido así, la gente habría sacado dólares de sus billeteras y no pesos”. Lo riesgoso, apunta este economista, es que “cuando un país tiene una inflación muy alta puede llegar a pensar sus precios en términos de dólares”.

Según él, lo que sucede hoy en la economía argentina es muy parecido a lo que ocurría en los 70 y en los 80, “en donde teníamos una indexación al dólar”. Algo que, tal como en el pasado, puede llevar a períodos como el de la convertibilidad. En otras palabras, la gente hoy ahorra en dólares porque no existen incentivos para que los argentinos ahorren en pesos, “y la dolarización de los 90 tuvo que ver con eso”.

Federico Sturzenegger, presidente del Banco Ciudad (ver recuadro), va mucho más allá. Señala que el atraso cambiario es una medida que José Martínez de Hoz, economista de la dictadura argentina, también tomó en su momento: “El gobierno piensa que si aumenta el tipo de cambio aumentará la inflación”. Para Andrés Asiain, un economista de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche (una especie de referente de jóvenes economistas de la UBA que no se catalogan “ni keynesianos ni liberales, sino nacionales”), es todo lo contrario: durante la dictadura no hubo control de cambios y que el atraso cambiario es una medida que se tomó porque devaluar hubiera generado una alza en los precios de los alimentos y una fuerte desigualdad en la distribución del ingreso.

Asiain pone el foco en los US$ 3.000 millones que se fugaron del país en el mes de octubre de 2011. Con eso se estaba presionando hacia una devaluación pero también hacia una desestabilización, económica. “Las restricciones fueron efectivas: se paró la corrida bancaria, el Banco Central recuperó reservas (de hecho con el pago del bono Boden de principios de agosto está en torno a los US$ 46.000 millones), y hay estabilidad”, afirma.  Ahora hay que pensar cómo se retoma la senda del crecimiento. Asiain reconoce que hay una presión de la gente sobre el dólar, y ante eso plantea dos valores de cambio: “Uno oficial para las importaciones y otro más alto para la fuga de capitales”.

Dólar polímero. Martín Lousteau, ex ministro de Economía, advierte que la actitud del gobierno de pedirle a la gente que no piense en un elefante rosa (dólar) es llevarla a pensar en dólar (elefante rosa). Pero quizá lo más importante es que “el dólar es nuestro billete de polímero”. Según él, cuando aún estaba en el gobierno y evaluaban la posibilidad de contar con billetes de polímero, preguntó en qué países había este tipo de billetes y le llamó la atención que en Zambia todos los billetes fueran así desde hacía un tiempo: “Claro, ellos tienen la costumbre de enterrar el dinero y el polímero es resistente a casi todo”. En todo caso, Lousteau es de los que están convencidos de que ahorrar en dólares o pensar en esa moneda tiene un alto componente cultural: “Si tomamos de mayo de 2002 a marzo de este año, veremos que el dólar se ha depreciado casi tanto como el peso”.

En esto coincide Alfredo Zaiat: “El que invirtió $10.000 en mayo de 2003 en un fondo común de inversión, en mayo de 2012 tuvo $43.000; el que invirtió en un plazo fijo ganó $21.000, el que lo hizo en dólar oficial, $13.000, y en el dólar paralelo, $17.000”. Incluso está convencido de que aquellos comerciantes que dicen que el dólar sirve para ahorrar están errados, porque “cualquiera que esté en el comercio sabe que para preservarse de la inflación lo ideal es comprar mercadería, y no dólares”.

Más allá de estas dos visiones que se contraponen en todo análisis económico en Argentina, resulta sintomático que los economistas, para hablar de pesificación o del valor del peso, tengan necesariamente que remitirse a lo que pasa con el dólar. Puede ser algo cultural y del inconsciente, como dijo Lousteau, o una herramienta desestabilizadora, como señala Asiain. O sea que uno de los grandes debates económicos argentinos oscila entre el psicoanálisis y la teoría de complot.