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Argentina se debate entre el gradualismo en el dólar que busca el presidente Macri y una devaluación brusca
Lunes, Mayo 14, 2018 - 07:56

El Fondo Monetario Internacional (FMI) sugiere una libre fluctuación de la divisa, en tanto se consolida la idea de que el equilibrio del tipo de cambio no está debajo de los 25 pesos argentinos.

El Observador de Uruguay. Mientras el gobierno se empeñaba en enviar señales de confianza, como la reunión con gobernadores peronistas o la del ministro de Producción, Francisco Cabrera, con los popes empresariales, los pequeños ahorristas se dedican entusiastamente a comprar dólares. A tal punto que los bancos ya tuvieron que montar un operativo especial de logística para poder abastecer de billetes verdes a sus sucursales.

De manera que lo que empezó siendo una corrida contra bonos y luego contra la moneda local, se acerca a ser una corrida contra los bancos.

En ese contexto de hipersensibilidad, el gran desafío de Macri es que la devaluación también mantenga un ritmo gradualista.

Trascendió que en una de sus reuniones con aliados de Cambiemos, cuando le plantearon avanzar en una corrección cambiaria brusca, negó esa posibilidad por temor a que los ahorristas entraran en pánico.

Desde entonces, y contra su voluntad, el peso subió 1,70 adicionales. El Banco Central volvió a quemar reservas y empezó a operar en el mercado de futuros para tratar de detener la devaluación.

Este tipo de decisiones claramente dan por "enterrada" la adhesión ideológica del macrismo a la libre flotación cambiaria.

En rigor de verdad, apoyó ese régimen sólo cuando el dólar flotó "para abajo", pero no dudó en usar la mano dura cuando lo hizo hacia arriba.

Ocurrió en el verano de 2016 cuando, por primera vez, Macri presionó al Banco Central para que "topeara" al dólar en 16 pesos. Volvió a pasar en agosto 2017, cuando en plena campaña electoral de medio término, el presidente del BCRA recibió esta orden: "Federico, hay que sacar al dólar de la tapa de los diarios". Y, finalmente, en esta crisis cambiaria, el Central lleva vendidos unos US$9.000 millones, con los resultados que están a la vista.

Esa actitud ambigua de proclamar que el precio del dólar debe ser resultado del libre juego de oferta y demanda pero, a su vez, gastar fortunas en intervenir en el mercado para bajar su cotización, ahora se enfrenta a una prueba de fuego.

El FMI tiene verdadero apego por la libre flotación y, a diferencia de los funcionarios macristas, ve con mejores ojos cuando el billete "flota hacia arriba" que cuando cae. "No hay que tener miedo. México aceptó flotar libremente cuando entró en crisis y superó el trance rápidamente. Se benefició. Lo mismo Brasil en su momento: optó por este sistema, superó el shock inicial y también le sirvió. Hay que flotar libremente", asegura Alejandro Werner, quien dirige el departamento occidental del FMI.

Werner nació en Argentina pero es ciudadano mexicano. Tal vez por ese motivo no termine de entender el terror al "overshooting" cambiario y al pánico de pequeños inversores que desvela a funcionarios locales.

O acaso simplemente esté advirtiendo que el FMI no está dispuesto aseguir financiando una fuga de capitales –a un promedio de US$3.000 millones por mes– que le permitió a casi cinco millones de argentinos recorrer el mundo. Lo cierto es que la velocidad de la devaluación parece ser la única discrepancia fuerte entre el gobierno y el FMI.

A fin de cuentas, en el resto de los temas importantes –el recorte fiscal, la flexibilización laboral, la reforma jubilatoria– hubo hasta ahora un alto nivel de coincidencia.

La cuenta maldita. El FMI no recomendará un precio "meta" para el dólar. No está entre sus conductas habituales, dado que prefiere que sea el mercado el que le encuentre el nivel de equilibrio.

Lo que sí tiene muy en cuenta es un indicador que los funcionarios argentinos evitan mencionar: el déficit de la cuenta corriente.

Ese rojo (la diferencia entre los dólares que entran y los que salen del país) está en un nivel de 5%, uno de los más altos de la historia y similar al del momento previo a las grandes crisis del pasado reciente. Cada vez que se generó semejante desequilibrio –porque había tipo de cambio fijo o por la salida de divisas para pago de intereses de deuda–, se terminó en un ajuste violento.

Pasó en el "Rodrigazo" de 1975, en la ruptura de la "tablita" de 1981, en la crisis del Plan Austral en 1988, en el "Tequila" de 1995 y con el colapso de la convertibilidad en 2001. Salvo el caso del Tequila, de todas esas crisis se salió con una fuerte devaluación. Así, entre los economistas va ganando el consenso de que esta vez no será la excepción.

En otras palabras, el ajuste que el sector "ortodoxo" le reclamaba a Macri por la vía de un recorte fiscal se terminará dando por un lado cambiario.

Si bien aún no se tiene precisión sobre el nivel de dólar que cerraría esa brecha de la cuenta corriente, lo cierto es que los economistas argentinos hacen referencia a un posible nivel de estabilización en torno de los 25 pesos.

En otras palabras, el gradualismo aplicado a la política cambiaria se está haciendo difícil de manejar, aún con la noticia de que se contarán con los dólares del FMI.

Así las cosas, el momento le impone a Macri una disyuntiva complicada: determinar cuál de los dos miedos es peor, si el del dólar alto o el de la volatilidad.

Si es lo primero, se justifica la devaluación gradualista y controlada. Si es lo segundo, es preferible una devaluación de un saque. Luego congelar el precio y disfrutar el rédito de la competitividad recuperada.

El mercado financiero parece haber dado su diagnóstico: prefiere el ajuste rápido.

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