Universia Knowledge Wharton. La economía brasileña, incluso antes de verse afectada por la liquidación que tuvo lugar en los mercados emergentes en los últimos meses, había dado señales de que el motor que la había impulsado a lo largo de una década de crecimiento estaba comenzando a fallar.

El 7,5% de crecimiento del PIB registrado en 2010 es un recuerdo cada vez más lejano. Desde entonces, la economía ha pasado por momentos difíciles y solo ha crecido un 2,3% el año pasado, un porcentaje muy por debajo del objetivo de crecimiento del 4% al 5% fijado por el Gobierno y por los economistas del sector privado.

La Bolsa de Valores de São Paulo (Bovespa) ha tenido uno de los peores rendimientos de todo el mundo en 2013, habiendo perdido un cuarto de su valor durante el año. En octubre, la suspensión de pagos de la petrolera OGX fue la mayor registrada en toda la historia de las empresas latinoamericanas. La caída en desgracia de su fundador, Eike Batista, se convirtió en el símbolo de los malos tiempos que han cambiado la suerte del país. Antes venerado en casa y festejado en el extranjero, el magnate de las commodities vio desaparecer en dos años su fortuna de US$30.000 millones después de que sus empresas dejaran de cumplir la visión grandilocuente que se habían propuesto alcanzar.

La Reserva Federal admitió que al indicar el fin del quantitative easing [disminución del volumen de dinero en circulación] desencadenó una buena parte de la tormenta reciente en los mercados emergentes, pero advirtió que Brasil era uno de los cinco países especialmente vulnerables al reajuste global que le seguiría. El real brasileño experimentó una caída del 13% el año pasado, cuando el superávit de la balanza de pagos de US$16.750 millones en 2012 se convirtió en un déficit de US$12.260 millones, el peor en diez años.

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Más preocupante aún fueron los esfuerzos del gobierno federal para salvaguardar el gasto del consumidor, que estuvo en el centro del crecimiento económico en las últimas décadas y que parece haber alcanzado el límite (vea el artículo de Knowledge@Wharton, "El éxito brasileño da señales de cansancio", del 21 de agosto de 2012). Las ventas del comercio tuvieron su peor año en una década debido a la caída de la confianza del consumidor y a la inflación.

La rebaja de impuestos sobre los productos de línea blanca y automóviles, así como el subsidio generoso concedido a los combustibles, minaron la confianza en la política fiscal del Gobierno y sacudieron las finanzas de Petrobrás, gigante estatal del sector energético. Ante la amenaza de un posible descenso de la nota de calificación de las agencias de riesgo [de hecho, el 24 de marzo Standard & Poor's revisó la nota de Brasil de BBB a BBB-], el Gobierno prometió recortar gastos pese a la posibilidad de estimular con ello un crecimiento lento.

El fin del crecimiento del país impulsado por el consumo interno en una época en que China —principal motor de la demanda de las exportaciones de commodities brasileñas— da señales de cansancio hizo que la atención, una vez más, se volviera hacia la productividad tercamente baja de la economía brasileña, llevando a la reflexión sobre qué hacer al respeto.

Desde 2003, el crecimiento de Brasil fue resultado, en gran medida, de la inclusión, por primera vez, de millones de nuevos trabajadores en el mercado laboral del país, así como de la entrada de millones de otros en la economía de consumo gracias a los programas de transferencia de renta del Gobierno como Bolsa Familia, en lugar de avances en la productividad.

Ahora, sin embargo, que los más pobres reciben algún tipo de asistencia por parte del Gobierno y el país está cerca del pleno empleo, y hay inclusive sectores donde falta mano de obra, los economistas advierten sobre la necesidad de enfrentar las barreras que impiden el crecimiento de la productividad, de manera que haya crecimiento en el futuro, sobre todo a medida que la población envejece en el transcurso de las próximas décadas.

No es un desafío cualquiera. "En la década anterior a 2011, un 74% del crecimiento del PIB brasileño se produjo por el ingreso de un número mayor de personas en el mercado laboral, frente a un 26% de las ganancias en productividad", observa Felipe Monteiro, profesor de Gestión de Wharton. "En China, un 7% es consecuencia del volumen mayor de empleo frente a un 93% de ganancias en productividad; en la India, un 18% es resultado del volumen mayor de empleo y un 82% de ganancias en productividad. En general, Brasil tiene más valor agregado que China e India, pero el crecimiento de la productividad continúa estancado. Eso es muy preocupante. Es el área que necesita cambiar".

De momento, sin embargo, las dimensiones de los desafíos que Brasil enfrenta son mucho más evidentes que cualquier solución posible. Hay un consenso sorprendentemente mayor entre los observadores en lo que se refiere a las razones por las cuáles el país no consigue impulsar la productividad de la economía. "Son varios los cuellos de botella. La infraestructura es demasiado arcaica. La educación es precaria, lo que genera una falta crónica de profesionales preparados y de trabajadores en las áreas técnicas", dice Mauro Guillen, profesor de Gestión de Wharton y director del Instituto Lauder. "La burocracia también es agobiante. El Gobierno solía intervenir fuertemente en la economía y esto no ha cambiado tanto como debería para que su potencial aflorara. Por eso hay tantos cuellos de botella institucionales".

Cualquiera que haga negocios en Brasil experimenta en propia persona esos problemas. A pesar de los planes grandiosos de infraestructura creados por el Gobierno, como el "Programa de Aceleración del Crecimiento", la tasa de inversiones del país continúa siendo pobre y está estancada en un 18, 4% del PIB. Eso significa que buena parte de la infraestructura continúa en ruinas. El transporte del cultivo de la soja hasta los puertos del país se hace en camiones que viajan miles de kilómetros en carreteras llenas de socavones y desniveladas, perjudicando la ventaja competitiva de los agricultores. Mientras, los navíos que deberían llevar el producto a los mercados de China se ven muchas veces obligados a esperar semanas en el mar aguardando espacio en los muelles. En una encuesta hecha el año pasado por el Foro Económico Mundial, la infraestructura brasileña se situaba en la posición 104 entre 142 países.

La educación en el país en los niveles primario, secundario y universitario continúa muy por detrás de la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Incluso los brasileños ricos que asisten a colegios privados ingresan en la fuerza de trabajo del país con muchas menos capacidades que sus pares chinos y de la OCDE. A pesar de la iniciativa del Gobierno de incentivar un número mayor de brasileños a estudiar ciencias y tecnología en el exterior, las empresas aún tienen que pelear por los pocos trabajadores cualificados disponibles para la conducción de una economía cada vez más sofisticada, empujando hacia arriba la inflación salarial. En otros sectores, como bien saben quienes ya han tenido que visitar un call center del país, los equipos con escasa preparación son una fuente constante de frustración por el tiempo que se desperdicia en el día a día de las personas.

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Además de los fallos en la infraestructura y en la educación, el Estado brasileño también es un estorbo para gran parte de la productividad por su burocracia pesada. Una encuesta realizada por el Banco Mundial constató que las empresas brasileñas consumen 2.600 horas al año en el pago de impuestos, más que empresas del mismo tamaño en China, India e incluso en Argentina. Abrir una empresa en Brasil exigía, de media, 119 días frente a una media de cinco días según la encuesta de la OCDE. En general, la encuesta sitúa a Brasil en el lugar 130 en un ranking de 185 países en lo que se refiere a la facilidad de hacer negocios.

Acabar con esas barreras para dar lugar a una mayor productividad ha sido algo muy difícil. "Es preciso que el país haga reformas amplias en la estructura institucional de la economía", dice Guillén. "Pero la mayor decepción, sin duda alguna, ha sido la presidente Dilma Rousseff. Su antecesor, el presidente Lula, buscó dar continuidad a la apertura a la competencia en algunas áreas, pero con Dilma las cosas se estancaron".

En los últimos años, la presidente intervino directamente en los sectores de petróleo y energía del país para frustración de los involucrados en esas industrias, al mismo tiempo que su Gobierno ha buscado limitar el retorno que las empresas que compiten por concesiones en la gestión de carreteras, aeropuertos y campos petrolíferos en alta mar pueden esperar por la inversión hecha en la modernización de la infraestructura. El resultado fue el poco interés demostrado por los posibles inversores en sectores muy necesitados de nuevas inversiones.

Una vez más, la interferencia del Gobierno ha suscitado dudas en cuanto a la confianza del país. Paulo Dutra, profesor de economía de la FAAP de São Paulo, cita la intervención reciente del Gobierno en el sector de la electricidad para obligar a la reducción de los precios cobrados como ejemplo de la necesidad de mayor transparencia en las instituciones brasileñas. "La presidente tenía base legal para intervenir en el sector eléctrico", dice Dutra. "Históricamente, sin embargo, eso no sucedía, y fue una intervención abrupta. Es el tipo de cosa que puede alejar al inversor. Es falta de transparencia".

"Las instituciones tienen que ser confiables", dice Dutra. "De lo contrario, no conseguiremos atraer al capital extranjero". Él puede hasta conseguir el retorno deseado, pero no tendrá la certeza de poder remitir los beneficios a su país de origen. Históricamente, somos un país que no da garantías al capital extranjero. Por eso es por lo que el riesgo aquí es mayor. La credibilidad de las instituciones es fundamental para atraer el capital. ¿Hay credibilidad hoy en día? Sí, pero podría ser mucho mejor".

Pero la paralización del programa de reformas en las últimas décadas a nivel federal no significa, necesariamente, que no se estén produciendo cambios importantes en Brasil, dice Monteiro. "Se pueden hacer muchas cosas que permiten a las empresas operar con más eficiencia a nivel provincial o municipal. Es un error imaginar que todos los cambios dependen de la instancia federal", dice. Muchos gobiernos provinciales hicieron campañas a favor de reformas en los últimos años. En las elecciones presidenciales, en octubre, el gobernador de Pernambuco y el ex gobernador de Minas Gerais recurrirán a su historial de reformas que llevó a sus Estados a crecer más deprisa que la media nacional.

Pero otros esfuerzos hechos para lidiar con el déficit de productividad han permitido que problemas más graves adquieran mayor intensidad. El programa "Ciencias sin Fronteras" del Gobierno, que financia el estudio en el exterior de 100.000 estudiantes de licenciatura y de postgrado, yerra al no lidiar con el desequilibrio de los gastos adjudicados a la educación.

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"El brasileño pasa, de media, 7,5 años en la escuela. Es una cifra muy baja. En Corea del Sur es el doble", dice Dutra. El problema es que el Gobierno gasta R$12.000 al año en cada universitario, sin embargo gasta menos de R$1.000 en un alumno del bachillerato y sólo R$1.200 en un alumno de la enseñanza básica. Esto significa que la mala calidad de la educación no ofrece al alumno un incentivo para que permanezca en la escuela durante más tiempo. "Las prioridades del Plan Nacional de Educación" son equivocadas. El Estado debería gastar menos en universitarios y más en los alumnos de bachillerato. Los universitarios vienen de familias que pueden, en su gran mayoría, pagar por la enseñanza recibida, mientras que los pobres, no. Se dio la solución equivocada al problema", dice Dutra.

El Gobierno aprobó una ley el año pasado que destinaba un 75% de todos los ingresos de los futuros campos petrolíferos a la educación. Esto significa decenas de miles de millones más de reales a largo plazo. Pero la naturaleza burocrática e ineficiente propia del sistema educativo llevó al ex ministro de Educación del presidente Lula a comparar la iniciativa con "tirar el dinero a la basura" en caso de que no haya reformas estructurales, las cuales el gobierno federal, de momento, está evitando hacer.

Los riesgos de Brasil de no conseguir deshacer el triple nudo —infraestructura, educación y burocracia— que impiden las ganancias de productividad en el país han aumentado. Aunque sólo una pequeña parte de las commodities que componen el PIB, en general, domine las exportaciones brasileñas. De los 15 productos más importantes que compusieron hasta un 83% de las exportaciones brasileñas durante el primer semestre del año pasado, nueve eran commodities, seis de las cuáles eran de origen agrícola y otras tres minerales, en un total combinado del 58% de las exportaciones.

Pero a pesar de la demanda china de esas commodities en años recientes, Brasil se vio obligado a recurrir a la inversión extranjera para cubrir su déficit comercial. Los brasileños han importado mucho y gastado mucho también en el exterior, con frecuencia en busca de productos más baratos —y de mejor calidad— que aquellos que son producidos en el parque industrial local". Brasil ha estado acumulando reservas, pero no porque haya un superávit comercial, sino porque el país ha atraído un volumen grande de capital de corto plazo", dice Guillén. "En mi opinión, eso crea dos vulnerabilidades. En primer lugar, el inversor puede comenzar a perder la confianza en la economía, lo que le llevará a sacar del país ese capital de corto plazo. En segundo lugar, los precios de las commodities pueden no volver a los niveles elevados o pueden incluso caer aún más, lo que, naturalmente, depende mucho de China".

Riesgos de ese tipo están aumentando en un momento en que los precios de las commodities han estado cayendo de forma acentuada debido a temores sobre la futura demanda china, lo que refuerza la necesidad de poner en práctica una revolución en la productividad de la economía del país. "El modelo de crecimiento basado únicamente en commodities o en el crédito se acabó", dice Monteiro. "Por lo tanto, la próxima fase será de crecimiento procedente de una eficiencia y de una competitividad mayores, pero para eso será preciso hacer los ajustes necesarios, aunque sean difíciles".