La cabellera de David Luiz, el centrocampista de la selección brasileña, estaba más encrespada que de costumbre y la sonrisa de júbilo que tuvo un partido atrás era ahora una mueca triste bañada en lágrimas. Fue el 8 de julio. La Verdeamarela fue derrotada 7 a 1 por Alemania en la semifinal del Mundial de Fútbol que Brasil había organizado con la oferta de coronarse campeón por sexta vez en su historia.

David Luiz lloró de rodillas, con la cabeza casi sumergida en el gramado, en una imagen que ilustró las portadas de los diarios del mundo. Enfrentó a las cámaras y, sin poder contener el llanto, pidió perdón en vivo a todo su país: “Yo solo quería poder darle una alegría a mi pueblo, a mi gente que sufrió tanto, por tantas cosas (...). Todo el mundo sabía lo importante que era para mí ver a todo el pueblo feliz, al menos por causa del fútbol”.

El fútbol se vive como una religión en Brasil y esa alegría de la que habla Luiz fue capaz de apagar durante el Mundial los reclamos más encendidos de grupos sociales por el alto nivel de gasto, o el desencanto por la escalada de precios y la desigualdad social en la mayor economía de América Latina.

Cuatro días antes de la Copa, las organizaciones sociales habían reclamado que se destine a su realización US$11.500 millones, de los cuales US$ 4.000 millones (80% de ese dinero público) fueron a la construcción y remodelación de doce estadios, en lugar de invertirlos en salud, educación y obras de infraestructura básica. El monto fue más del doble que Sudáfrica 2010 y casi el triple que Alemania 2006.

Este domingo en el día de la final y sin ser protagonista, Brasil vuelve a la realidad de, por ejemplo, hallar un concesionario que llene las gradas y pague el mantenimiento de estadios que superan hasta diez veces la capacidad de las hinchadas, sin un Mundial.

En Cuiabá, en el estado de Mato Grosso, los aficionados llenaron los 40.000 asientos de la Arena Pantanal durante el Campeonato. El próximo partido importante en el estadio, que costó US$260 millones, es el 20 de julio: Paysandú frente a Cuiabá por el campeonato de tercera división. Se esperan 4.000 hinchas. Otros tres estadios recién construidos tendrán destinos similares: el de la capital Brasilia, Manaos y Natal, ciudades que no tienen clubes grandes de fútbol.

Pero hay una situación más compleja: enfrentar tras la euforia una economía que, según las previsiones, crecerá menos de lo previsto (1,63% cuando el gobierno espera 2,5%), y una inflación que aumentó impulsada por los costos del campeonato.

En junio pasado la inflación acumulada llegó a 6,52%, superando apenas el tope de la meta oficial de 6,50%, informó el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. La institución sostuvo que el Mundial influyó en el aumento de los precios, en rubros como hoteles (25,3%) y los viajes en avión (21,95%).

La vivienda aumentó 0,55%; la vestimenta, 0,84%; y, transportes, 0,37%, mientras que los alimentos y bebidas registraron una baja de precios del 0,11%.

Los indicadores hasta ahora difundidos contradicen –al menos a corto plazo– los argumentos del gobierno de Dilma Rousseff sobre los beneficios del torneo, del que proyectaban ingresos por US$13.200 millones.

Cada día sin trabajo por los feriados, algunos decretados en torno al Campeonato (12 en Río de Janeiro en lo que va del 2014), ha representado una pérdida de US$3.610 millones en la industria brasileña, según la Federación de Industrias de Sao Paulo.

La Confederación Nacional de la Industria dijo que la producción de las fábricas cayó en mayo por quinto mes seguido y que el número de horas trabajadas fue 2,4% más bajo.

Los primeros en dar la alarma fueron el sector automovilístico y el de electrodomésticos. Según la Asociación Brasileña de la Industria Eléctrica y Electrónica, 58% de las empresas del sector prevén pérdidas en su producción en el mes del torneo. La de vehículos cayó 23,3% entre mayo y junio y fue atribuida en parte a que el Mundial redujo a 17 los días laborales en junio.

Por el contrario, algunos sectores, como el de las bebidas y los relacionados con el ocio, incrementaron sus ventas. Los fabricantes de televisores dicen que la demanda de aparatos aumentó 45% en el primer semestre del año, mientras la producción de cerveza subió 12% entre abril y junio frente al mismo trimestre del 2013.

La calificadora de riesgo Fitch ratificó el jueves pasado la calificación de deuda de Brasil (que es del 66,3% del PIB y terminará el 66,7%) en “BBB”, que significa un riesgo de crédito bajo con un panorama estable. Pero dijo que el próximo gobierno, que asumirá después de las elecciones de octubre, debería ajustar sus políticas con más decisión.

“Las cuentas fiscales de Brasil se han deteriorado, como lo reflejan unos superávit primarios más bajos (ahorros hechos por el gobierno para pagar intereses de la deuda pública), esto subraya la necesidad de que el gobierno controle el gasto”, indicó.

A más del impacto económico del Mundial, la derrota evidencia un desgaste en la sociedad, dice el diario Folha de Sao Paulo en un editorial del pasado 9 de julio, titulado ‘Patria sin botas’. “...Quizá también significará el fin de una era en la que país y estadio, pueblo e hinchada, gobernantes y técnicos, nación y selección han sido vistos como la misma cosa”.

El desempeño de la selección en la cancha ha sido siempre visto como el reflejo de las fortalezas y debilidades del país fuera del campo. Y esta caída en su propia casa abrió la “caja negra” de una sociedad que enfrenta una crisis de representatividad, dice Flávio Campos, sociólogo brasileño que coordina el Núcleo Interdisciplinar de Estudios sobre el Fútbol, en entrevista con diario El País, el pasado 10 de julio.

“Queremos que la selección sea un remedio, una solución para las cosas que no logramos resolver en lo cotidiano”, cuestiona. Y recuerda la frustración de Luiz ese martes: “Querer salvar el país es muy malo. No necesitamos un Mesías, necesitamos actitudes colectivas...”.

El presente en cifras:

57% es el nivel de empleo en Brasil, según el Instituto de Estadísticas, el desempleo llega al 7,1% y la subocupación al 36%.

10% de población más rica concentra el 41,9% del ingreso en Brasil, mientras el 40% más pobre se reparte el 13,3%, según datos oficiales.

200 millones de habitantes es la población de Brasil, 18,6% vive en la pobreza y 5,4% en la miseria, según cifras de Cepal.