Pekín. Desde que pisara suelo latinoamericano hace poco más de una semana, el presidente chino, Xi Jinping, ha firmado decenas de acuerdos en la región y ha apostado por la puesta en marcha de mastodónticos proyectos de infraestructuras que sugieren una cooperación pragmática centrada en el largo plazo.

Primero fue Brasil, adonde Xi llegó el pasado 14 de julio para asistir inicialmente a la cumbre de los Brics Fortaleza, cerrada con el compromiso de constituir un banco de desarrollo con sede en Shanghái, y tras la cual firmó hasta 56 acuerdos de cooperación con el país.

Si el encuentro con su homóloga Dilma Rousseff resultó fructífero, no lo fueron menos los posteriores con Cristina Fernández en Argentina o Nicolás Maduro en Venezuela, también saldados con la rúbrica de decenas de acuerdos, y lo mismo se espera de su paso por Cuba, desde donde pondrá fin a la gira el miércoles.

El interés del país asiático por la zona no es novedoso. En mayo de 2013, poco después de asumir la presidencia, Xi viajó a Trinidad y Tobago, Costa Rica y México. Aunque menos potente en acuerdos (23 en total entonces), ambos evidencian la creciente presencia china en la región y la continuidad de su política hacia ésta.

No resulta difícil entender a simple vista el atractivo de Latinoamérica para China. Potente en recursos energéticos y materias primas requeridos por el gigante, la región es, además, "más ideal (que África) para que las empresas chinas hagan inversiones, al ser políticamente más estable y con mayor nivel educacional".

Con aún un elevado techo para aumentar las transacciones comerciales, las inversiones entre China y América Latina, que el año pasado registraron los US$80.000 millones, "podrían llegar a los US$150.000 millones en una década", apunta Xu.

Así lo considera Xu Shicheng, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Academia de Ciencias Sociales de China (CASS), quien niega a su vez a Efe que el criterio de elección de los países visitados esté regido por afinidades políticas.

"¿Cómo se explica entonces que el año pasado Xi fuese antes a Trinidad y Tobago que a Cuba?", inquiere el docente. Y añade: "la diplomacia China a América Latina no está marcada por la ideología".

Pese a que China cuenta entre sus planes con aumentar los intercambios culturales con la región mediante, entre otras cosas, el establecimiento de Institutos Confucio (actualmente 32 en Latinoamérica), ese "soft power" parece ir de momento por detrás, o hasta ser consecuencia, de los objetivos comerciales y económicos.

Prueba de ello es que el comercio entre China y América Latina se ha disparado en los pasados 15 años, pasando de US$12.000 millones en el año 2000 hasta los US$261.000 alcanzados en 2013, que han aupado a la potencia asiática como el segundo mayor socio comercial de la región (tras EE.UU.) y el primero ya de países como Brasil.

Con aún un elevado techo para aumentar las transacciones comerciales, las inversiones entre China y América Latina, que el año pasado registraron los US$80.000 millones, "podrían llegar a los US$150.000 millones en una década", apunta Xu.

Este viaje, además, ha demostrado que hay una mayor cooperación en problemas financieros, con la puesta en marcha de nutridas líneas de crédito y más acuerdos entre bancos chinos con entidades brasileñas, argentinas y venezolanas, así como la apuesta por megaproyectos de infraestructura.

Entre ellos, destacan los US$4.700 millones con los que China financiará la construcción de dos gigantescas represas hidroeléctricas en Argentina, o la aportación de otros US$2.100 millones para la renovación de una línea ferroviaria de carga, así como el interés manifiesto de China por la Zona Especial de Desarrollo del puerto de Mariel (Cuba).

Pero la joya de la corona ha sido la propuesta de Xi Jinping, comentada a su homólogo peruano Ollanta Humala en un receso de la cumbre de los BRICS, de construir una red ferroviaria que cruce el continente y conecte la costa Pacífica de Perú con la Atlántica en Brasil.

Por dimensión, el proyecto recuerda a la intención de Pekín de construir un canal en Nicaragua alternativo al de Panamá, iniciativas que para la potencia asiática supondrían una sustancial agilización del transporte de bienes a China.

Si bien en esta aparente armonía hay flecos pendientes, como el déficit comercial a favor del país asiático a nivel bilateral o las quejas de que China apenas importa productos manufactureros con alto nivel agregado, el balance final parece positivo.

Y es que, aunque para la segunda economía mundial "las grandes distancias no erosionan las amistades íntimas", como reza un tradicional poema chino, los magnos proyectos de infraestructura indican que la potencia está dispuesta a acortarlas en el futuro.