La desaceleración de la economía china y el efecto que ha tenido en el mundo demostraron, una vez más, que este gigante asiático se posicionó como un líder mundial. Un resfriado chino tiene con gripe a la mayoría de mercados asiáticos y en vilo desde Estados Unidos hasta los mercados emergentes, éstos sobre todo.

Luego de la crisis financiera de 2008 se intensificó el debate por la dependencia que países como Colombia y sus pares en la región tenían de la economía norteamericana. Por fortuna, para América Latina, los hechos que sucedieron a la quiebra de Lehman Brothers tuvieron un impacto positivo, llegó la bonanza para la región. Años después el superciclo de precios de commodities como el petróleo hizo que Colombia llevara su crecimiento de 1,7% en 2009 a unos superiores a 4,5%, en promedio, en los cinco años posteriores.

La situación en el Lejano Oriente no fue distinta. Tras 20 años, China se convirtió en el primer exportador del mundo y se propuso abrir su economía a través de tratados de libre comercio, y la interdependencia económica fue la opción para su ascenso como una gran potencia. Más de 19 países tienen acuerdos comerciales firmados y cinco más están en consideración.

El proceso de transformación empezó al final de la década del 70 y tres hechos advirtieron su liderazgo mundial. Diana Andrea Gómez, profesora asociada de la Universidad Nacional y encargada de la cátedra China, explicó que “el año 2008 fue un momento definitivo para la entrada de China a la arena internacional. Ser sede de los Juegos Olímpicos fue clave, porque no cualquiera es el anfitrión de un evento de este tipo”. Ese mismo año, cuando reventó la crisis de Estados Unidos, cumplió “un papel fundamental, porque ayudó sobre todo a países del tercer mundo”. Posteriormente, Jiang Zemin, quien se desempeñó como presidente entre 1993 y 2003, según Gómez, lideró la transformación de un sistema en el que la mayoría de las empresas eran del Estado a uno que apoyaba a los empresarios capitalistas. En ese papel, dice, los intermediarios fueron los chinos de ultra mar, una gran masa de ciudadanos que habían vivido fuera de su país y con las reformas regresaron a darle forma al proyecto. El aislamiento de China impedía que el gobierno y los nativos entendieran cómo funcionaba el sistema financiero internacional, en donde los migrantes lo conocían a la perfección. El último de los más importantes mensajes fue haber sido sede de la exposición universal de Shanghái en 2010, celebración que acercó al mundo a los ciudadanos de su país para que conocieran otras culturas y nuevas formas de interpretar el mundo.

Con esta estrategia, y la promesa de acceder a un mercado de más de 1.300 millones de personas, Latinoamérica se convirtió en una despensa única. Sin notarlo, la región pasó de ser dependiente de Estados Unidos a chinadependiente; el nivel con ambas potencias es discutible.

El Espectador habló con Sebastián Borgarello, vicepresidente de Wood Mackenzie, una de las consultoras de energía más importantes del mundo, quien explicó que “China se industrializó rápidamente. Una economía que crecía alrededor del 10%, la número dos del mundo, hizo que por su importancia relativa aumentara la intensidad energética (...) Latinoamérica, especialmente, se convirtió en un suministrador de commodities a Asia, pero especialmente a China. Todas estas economías están linkiadas y si China se cae generará un impacto dramático en los precios y en las economías de los países emergentes”.

Para Borgarello, el nivel de dependencia ha aumentado dramáticamente. Sin embargo, no sólo se trata de demanda sino de la capacidad de financiación de proyectos que tienen los asiáticos. “Hay países que no pueden vivir o mantener su economía a flote si no fuera por los fondos de China”.

Por ello, la actual desaceleración de la economía china, que pone en duda su meta de crecimiento de 7% en 2015, tiene en vilo al mundo. Una preocupación justificada porque esta nación asiática es uno de los principales motores de crecimiento global y el mayor demandador de materias primas.

De manera que la imagen de China podría pasar de salvadora a verdugo, ya que podría ser el país nación que provoque la siguiente crisis global. No obstante, en esta ocasión no sería una burbuja la que podría estallar, sino tres.

De acuerdo con la firma internacional Credit Suisse, “China vive una triple burbuja: la tercera burbuja de crédito más grande, la segunda burbuja inmobiliaria más importante y la burbuja de inversión más grande vista en todos los tiempos. Es el mayor riesgo que encara la economía global en estos momentos”, lo cual sería un riesgo que trascendería las fronteras.

Al comienzo de esta semana se aprendió que las fluctuaciones en los indicadores económicos chinos no pasan inadvertidos. La caída de 8,49% de la Bolsa de Shanghái durante la jornada del lunes provocó que el precio del petróleo ligero de Texas (WTI) bajara hasta menos de los US$38, un nivel que no alcanzaba hace seis años.

Además, “el nerviosismo aumentó la demanda por las divisas más seguras, como el dólar y el euro, generando otra sesión de devaluaciones en las economías emergentes. Un fenómeno al que no fue ajena Colombia, pues los costos de las monedas estadounidense y la europea superaron esta semana los $3.237 y $3.747, respectivamente”, explicó Camilo Silva, director de análisis técnico en Valora Inversiones.

Con el fin de reactivar el mercado bursátil, el gobierno chino ha tomado cartas en el asunto. Por ejemplo, les permitió a los fondos de pensiones invertir en acciones, además el Banco Central de China rebajó su tasa de interés y redujo los encajes bancarios con el fin de aumentar la liquidez. Sin embargo, estos auxilios parecen no convencer a los inversionistas, debido a que en las jornadas en las que se implementaron las políticas la Bolsa de Shangái siguió cayendo. Y cuando los indicadores registraron una recuperación, ésta se debió a factores externos, como el repunte del precio del crudo hasta los US$42 tras la caída de las reservas del hidrocarburo de Estados Unidos.

Para Ómar Suárez, analista de Alianza Valores, “esto refleja que los mercados siguen desconfiando de la eficacia de estos auxilios. Por ello, mientras no se vean medidas agresivas para impulsar la economía de este país asiático, se esperan más días negros”.

Y a medida que se sigan presentando más días negros provocados por China, los indicadores económicos de todo el mundo se van pareciendo más a los de la crisis de 2008. Por ejemplo, durante la jornada del lunes pasado el Dow Jones, el índice de la Bolsa de Nueva York, comenzó la sesión perdiendo más de 1.000 puntos. Y aunque a lo largo de la jornada se recuperó hasta perder sólo 570, constituye el inicio de operaciones más negativo de su historia, incluso peor que su récord anterior, cuando durante la crisis de 2008 bajó 777 puntos a los pocos minutos de escucharse la campana de inicio.