Sala de inversión. Pese a que las barreras de entrada al mundo de las finanzas y las inversiones pudieran parecer altas, lo cierto es que esto no puede resultar mucho más simple. Como destaca en su análisis Inversor Global, este sistema no es sólo para expertos en ciencias económicas. Con una adecuada capacitación básica que incluya conceptos generales y principios básicos, la opción de invertir pudiera llegar a estar más cerca de lo que usted cree.

Los prejuicios como regla general no son una buena alternativa a la hora de adentrarse o estudiar una nueva área o materia en particular. Tampoco, por tanto, lo son en las inversiones. El gran dilema de un ahorrista es que se deja llevar por determinados prejuicios, lo cual no lo llevará a obtener buenos resultados.

De esta forma, le expondremos tres pensamientos prejuiciosos, o anti principios, que lo ayudarán a guiarse a la hora de contemplar una posible inversión.

El prejuicio de la confirmación (y de la cabeza dura). Este concepto recuerda al popular film Titanic, cuando varios tripulantes alertaban al capitán que estaba navegando en aguas donde habitaban grandes icebergs. Pero el capitán, cegado por su “optimismo” se dio cuenta de su error cuando ya era tarde.

Y lo que le ha pasado al capitán del Titanic suele ocurrirle a muchos inversores que a partir de una premisa a veces se les nubla la vista a la hora de ver la realidad. A veces, un inversor, convencido de que una acción puede subir ante una determinada circunstancia, apuesta fuerte e incluso frente a posibilidades que no crezca. Observa que los papeles caen frente a la verdadera realidad, pero sostiene que la tendencia deberá revertirse en el corto plazo por algún factor. Al final, el inversor, al igual que el capitán, termina aceptando su error y vende su participación en la empresa con una enorme pérdida.

El prejuicio del optimismo absoluto. A veces, el presente tiende a nublar la vista para lograr una mejor percepción del futuro. Convencidos de que una tendencia de mercado puede continuar sin cesar, algunos empiezan a invertir fuertemente y se encuentran con que un día el Dow Jones o el S&P 500 tienen una baja del 20%, algo muy parecido al crash financiero de 1987.

En aquella época, los mercados crecían vertiginosamente y también se elevaban los precios de las materias primas, pero la economía había entrado en un proceso de ralentización. En agosto de 1987, el Dow Jones llevaba una suba acumulada interanual del 44%, pero en octubre vino la corrección y el índice industrial cayó 22,61% en una sola sesión. Aquella jornada se la denominó como el famoso “Lunes Negro”.

Esta situación transportada al presente parecería ser una radiografía de lo ocurrido hace 25 años. Con el S&P 500 en picos históricos pero con una economía estadounidense que no despega, no sería descabellado pensar que el mercado podría despertarse de un día para el otro con una estrepitosa caída.

El efecto contraproducente. En este caso, hay que citar un factor que sobrepasa la cuestión financiera para ir al campo de la psicología. Es normal que cuando a una persona le niegan algo o le dicen que no haga una determinada cosa, no sólo no va a cambiar su opinión, sino que va a doblar su apuesta frente a su idea.

Es por eso que, en el mundo de las finanzas, uno está permanentemente expuesto a analistas y asesores que le indican “no compre ni venda aquí; compre y venda allí”. Entonces, si mantiene sus ideas a rajatabla, estará expuesto a ir contra la corriente, atentando quizás contra sus ahorros frente a un viraje del mercado.

Si usted prefiere ser un llanero solitario y enfrentar al mercado usted solo, es necesario contar con los recursos necesarios para hacerlo. Por tal motivo, la capacitación es un punto clave.