Hay un dicho muy peculiar entre los inversionistas de Wall Street que cita “sell in may and go away” (vende en mayo y retírate). Sin embartgo, ese adagio no simpre se cumple. Al menos no fue el caso durante este año.

En mayo los inversionistas se resistieron a vender y se quedaron merodeando por Wall Street, a la expectativa de cazar alguna ganancia.

De hecho, y luego de la espera, al final lograron embolsarse algún dinero.

Así, en mayo, el Dow Jones avanzó 1%, el índice S&P 500 subió 1.1% y el Nasdaq 2.6%.

Con esas ganancias, Wall Street se elevó un poco más y los tres mosqueteros saborearon nuevos récords históricos que se registraron en ese mes: el Dow Jones lo logró el 19 de mayo al ubicarse en 18,312.39 puntos, el S&P 500, lo hizo el 21 de mayo al llegar a 2,130.82 puntos y el Nasdaq toco la cima el 27 de mayo al registrar 5,106.59 unidades.

El que el mercado fuera en mayo en contra de la sentencia bursátil es todo un atrevimiento.

No tanto por la veracidad del proverbio que, como es natural, se ha incumplido en numerosas ocasiones (la última vez que la Bolsa de Nueva York retrocedió en un mes de mayo fue en el 2012). Sino porque, directamente, es un desafío a la ley de la gravedad, y la máxima podría haber sido un buen pretexto para tomarse las cosas con calma.

A la expectativa. A estas alturas, el mercado está maduro para una toma de ganancias, e incluso para una corrección fuerte. Pero ningún inversionista quiere bajarse de este longevo “mercado bull” o alcista que dura ya más de seis años en tanto existan expectativas de que la Reserva Federal de Estados Unidos puede retrasar una subida de tasas, como ha venido descontando Wall Street durante el mes de mayo, y se conserve un escenario de aumentos lentos y graduales una vez que comience el ciclo de restricción monetaria.

Ahora bien, al contrario que el año pasado, tampoco se atreven a ir mucho más lejos. Se mire por donde se mire, las Bolsas están caras.

Termómetro bursátil. A esa conclusión se llega si se recurre a tres métricas para rastrear las valuaciones del mercado que gozan de gran reputación por el prestigio de sus creadores y su precisión para detectar burbujas.

Por supuesto que ninguno de ellos puede adelantar cuando se va a producir un “shock” bursátil, pero lo cierto es que en el pasado, cuando estos tres estándares bursátiles han alcanzado valores extremos y han prendido algunas alarmas, sus funestos augurios se han visto confirmado con verdaderos “crash” bursátiles que han generado etapas de intensa inestabilidad financiera con impactos muy nocivos sobre el empleo, el crecimiento y la riqueza.

Las tres métricas bursátiles a las que nos referimos son éstas: uno, el ratio precio/utilidad ajustado por el ciclo (CAPE por sus siglas en inglés) del economista Robert Shiller, premio Nobel de Economía precisamente por su aportación al análisis del precio de los activos y, actualmente, profesor en Yale; dos, el ratio Q de otro premio Nobel, James Tobin, cuyo nombre más bien está asociado a la controvertida Tasa Tobin; y tres, el Indicador de Buffet, en honor a Warren Buffet, quien no es premio Nobel pero es el más sabio estratega financiero del mundo y ha hecho más dinero que todos los Nobeles juntos.

La razón CAPE. Generalmente el ratio precio/utilidad utilizado como referente en el mercado se calcula recurriendo a las proyecciones de utilidades para el próximo año. Sin embargo, estas proyecciones suelen tener un sesgo al alza en periodos de auge, por lo que el ratio arroja un número bajo y hace pensar que las Bolsas están baratas.

Para salvar este inconveniente, Shiller propuso calcular un ratio del precio de las acciones respecto a un promedio de utilidades de largo plazo con el fin de suavizar el impacto de los ciclos económicos sobre la evolución de los beneficios. El resultado es el ratio CAPE, el cual se define como el cociente entre el S&P’s 500 respecto al promedio de las utilidades reales de los últimos diez años. Pues bien, en mayo dicho ratio registró una lectura de 27.4 veces las ganancias, un máximo desde el verano de 2007, justo antes de que los mercados empezaran a desbaratarse por el impacto del estallido de la burbuja inmobiliaria.

El promedio de este índice en más de 130 años de historia es de 16.6 veces. Niveles tan altos como los actuales sólo se han alcanzado en 1929, 1999 y 2007, y a cada uno de estos picos le siguió un derrumbe bursátil.

El ratio Q. Otro referente importante para la valuación de los mercados es el ratio Q. Al respecto, James Tobin hacía una reflexión muy intuitiva para saber cuándo podría acercarse el mercado al inicio de un “bear market” o bajista.

Él decía: “Si vendiéramos cada acción de las empresas que cotizan en el mercado financiero, y utilizáramos el dinero para comprar todos los productos de fabrica, las maquinas, y los inventarios, y nos quedará bastante dinero de sobra todavía, ahí tendríamos el origen de un mercado bajista”.

Eso, en pocas palabras, son las matemáticas del “oso” en la renta variable, y significa que cuando el valor de las acciones sobrepasa el valor real de sus activos, es momento de dar por terminada la senda alcista del mercado.

Tobin bautizó esta métrica como el “ratio Q”: si es superior a uno quiere decir que el valor de mercado de las empresas se está ubicando consistentemente por encima de su valor real, por lo que tarde o temprano se detonará un ajuste a la baja en las bolsas que reacomode el valor de las empresas a su riqueza neta.

Las últimas cifras publicadas por la Fed sobre el sistema financiero señalan que el ratio Q ronda 1.10 unidades, lo que sugiere que Wall Street está cotizando hasta diez por ciento por arriba del valor real de los activos de las empresas, algo que no se había visto desde la burbuja financiera del Nasdaq, aunque aún lejos de los niveles observados en aquellos tiempos.

El indicador Buffet. Finalmente otra métrica importante para los inversionistas es el Indicador de Warrent Buffett, el cual compara el valor del mercado de las empresas como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) real.

Pues bien, este guarismo también se ubica en sus niveles más altos desde el año 2000, señalando que el valor de las acciones supera en 38 por ciento el valor del PIB.

Por tanto, de la lectura de estos tres poderosos estándares se concluye que Wall Street está caro, y la principal causa reside en unos bancos centrales que han estado imprimiendo dinero a destajo, recursos que se han destinado sobre todo a la bolsa.

Así, en los últimos dos años, mientras el valor de los activos de las empresas se ha incrementado en menos de diez por ciento, el valor de las acciones se ha acelerado a 22 por ciento.

La percepción de que los mercados están caros se repite cada vez más entre las voces más reputadas del mercado, y aunque mayo no ha cumplido la máxima de “sell in may…”, tener a esos tres estándares en valores extremos hace aconsejable ser muy cauteloso.

Ahora bien, como dice un buen amigo, que las Bolsas estén caras no quiere decir que no puedan seguir subiendo.

De hecho, en eso consiste la exuberancia irracional, al menos hasta que nos alcance el “crash”. Si miramos burbujas, todavía estamos muy lejos de los niveles observados con la burbuja del Nasdaq, la más loca de todas.