Si las ocupaciones francesas de México y la costa de Brasil hubieran funcionado, amén de tortillas hoy veríamos venta de baguettes en el Zócalo de la RM (Région Métropolitaine) y observaríamos maravillados a las écoles du samba desfilar durante Le Carnaval de Rivière de Janvier. No fue así y entonces solemos creer que los dos gigantes latinoamericanos, más allá de excentricidades como la mencionada, tienen muy poco en común. En la última década tal percepción se instaló con más fuerza todavía, decantando la caricatura de un México al borde de ser controlado por los narcotraficantes y un Brasil pujante convertido en el hermano alegre de China. No es así. Y bastan dos números para comenzar a entenderlo: 3,3 / 3,6%. Es la cifra esperada, respectivamente, de crecimiento para ambos países en este 2012.

No se trata de una coincidencia, el guarismo revela que las dos naciones comparten un mismo problema: la imposibilidad de un desarrollo acelerado, y un mismo desafío: superarlo. También que a ambos los une el estar en un momento especial de su historia. Pueden aprovechar sus dificultades y éxitos recientes para cambiarse a sí mismos. O dejarlo pasar. En este último punto las elites brasileñas parecen estar mejor predispuestas que las mexicanas, pero las cartas todavía no están echadas.

En el espejo. En un São Paulo al cual en estos días arriban jóvenes inmigrantes profesionales portugueses, españoles e ingleses, huyendo de la crisis europea, Carlos Arruda, coordinador del Núcleo de Inovação de la Fundação Dom Cabral, confía en que Brasil está varios pasos delante de México. Para ello, se basa en el Índex de la Competitividad Global 2011-2012. “En él Brasil tiene una mejor posición (53 º) que la de México (lugar 58), sobre un total de 142 países evaluados”, dice. No parece una diferencia abismal. Sin embargo, explica, importa por su relación con “el pilar más relevante para un país competitivo, que es la innovación. En este aspecto, Brasil se encuentra en el lugar 44, mientras que México ocupa el lugar 63”. En ambos casos “son posiciones intermedias en el ránking, pero Brasil lleva ventaja”.

Desde México, la mirada es distinta. Después de todo el Índex de Competitividad no deja de ser una encuesta basada en opiniones siempre en riesgo de estar sesgadas por prejuicios. Si vamos a la macroeconomía, la posición de mexicana es fuerte: “México tiene una meta inflacionaria que es del 3% con un rango de error de más menos uno. Y desde ese punto de vista la economía está bien, las finanzas públicas igual están bien. Si vemos la deuda externa gubernamental de México es de 39% del PIB. Además México es la principal economía exportadora de América Latina, incluso por encima de Brasil”, recuerda Jesús Valdés, académico de estudios empresariales de la Universidad Iberoamericana en el DF. “También es atractivo para la industria financiera internacional, porque es un país que ofrece una estabilidad macroeconómica y eso es muy importante para las inversiones de capital”.

Es bueno, pero no alcanza. “Yo lo que veo es que si bien todo eso es correcto, no es suficiente para detonar el crecimiento. México crece, pero a niveles insuficientes. Es como morir lentamente”, se lamenta César Salazar, investigador del instituto de investigaciones económicas de la UNAM.

De paso por Buenos Aires, Rubens Ricupero, ex ministro de Hacienda de Brasil y presidente del Instituto Fernand Braudel, cree que la verdad está en los dos lados del espejo: “México y Brasil tienen economías orientadas de forma distinta, pero su tasa de crecimiento es muy parecida. Alrededor del 3% promedio en los últimos años. Eso muestra que ambos tienen problemas estructurales, los que probablemente son diferentes, pero están”.

PTF a la baja. En el caso de su país, Ricupero pone el dedo en la llaga: “Brasil no está tan bien como se dice. Existen problemas estructurales de competitividad y de productividad”. Para entenderlo hay que aceptar que “nosotros tenemos un modelo opuesto al chino. Nuestra inversión es del 19% (China 40%), la tasa de ahorro 16% (China 40%). El consumo representa cerca del 63% de la producción, en China un 34%”. Con esa base, crecer a mediano plazo, no al 8%, sino al 6% anual es un sueño. ¿Cuánto, entonces? “En mi evaluación del potencial del producto brasileño a mediano plazo, éste se encuentra en torno al 4/4,5%. O sea, está más para 4 que para 5”, dice Silvia Matos, economista del Instituto Brasileiro de Economía (IBRE) de la Fundação Getúlio Vargas.

Si bien, por un lado, se espera una tasa de crecimiento de las horas trabajadas “en torno al 2,0%, es decir, un valor mayor que el crecimiento previsto de la población debido al bono demográfico” y en relación con la tasa de inversión, “la hipótesis es que la tasa de inversión a PIB se elevará poco, pero seguirá creciendo”. De hecho, la revisión de las Cuentas Nacionales trajo buenas noticias, la tasa aumentó al 20% del PIB y se espera que llegue a alrededor de 22% pronto. En otros elementos hay malas noticias. “La hipótesis de crecimiento de la PTF (Productividad Total de los Factores) es de 1,0% anual, por debajo del promedio observado entre 2000 y 2008, el período pre–crisis”, dice la especialista. Ello dista de ser bueno, ya que “como sabemos, la PTF es una medida de la eficiencia global de la economía; su crecimiento se debe, en general, a los avances, tecnológicos y aumento del capital humano”.

En el último ciclo de crecimiento económico en Brasil (2003–2008), la PTF creció en torno al 1,3% por año, “lo que representa un gran avance en comparación con el valor del 0,5% registrado en el período 1993 a 2002”. Aun así, en 2011 la producción potencial estimada habría sido sólo del 3,3%. ¿Por qué? “De acuerdo con el boletín de información macro de IBRE diciembre de 2011, estudios realizados por el profesor Samuel Pessoa mostraron que la productividad total de factores (PTF) prácticamente quedó estancada”.

La moraleja es inquietante. “No sólo tenemos una inversión baja, también parece que estamos en un proceso de ‘agotamiento’ del modelo de crecimiento de Brasil”, dice la economista.

La turbosoja se enfría. Otro agotamiento en ciernes es el del boom sojero brasileño. No resulta obvio. Se espera que la cosecha 2012 del poroto que alimenta a China llegue a 78 millones de toneladas (frente a los 75,5 millones de 2011). Parte del aumento se debe a la adopción creciente de la nueva variedad de soja de crecimiento rápido, la cual madura en 90 días frente a los 120 tradicionales. Ello permitirá a Brasil dar un salto también en la producción de maíz, ya que gran cantidad de campos de esta soja quedarán disponibles para un segundo cultivo. Considerando todos los cultivos extensivos, las exportaciones de octubre de 2010 a septiembre de 2011 contabilizaron US$ 85.000 millones. Lo cual representó un aumento del 33, 6%, respecto del período previo. Lo interesante es que tal mejora se debió al alza promedio de un 25,9% en los precios en dólares y sólo en un 6,1% del volumen exportado.

“La ganancias de precios externos no van a durar para siempre”, advierte Ricupero. Y recuerda que “hasta la aparición de China, los mercados tenían un crecimiento orgánico muy pequeño”. Y como ejemplo menciona que “el café no ha conocido esta valoración: (la demanda) crece uno o dos puntos por año”. Como resultado el mismo Brasil, gran productor, “es el segundo mercado consumidor más grande del mundo, porque los chinos, hasta ahora, no toman mucho café”.

En el caso de la soja los problemas en el horizonte inmediato son “internos”: los costos de producción siguen creciendo. Uno de ellos resulta central: la cantidad de fertilizantes que deben usarse en las tierras tropicales, naturalmente pobres en nutrientes, es muy grande: 450 kg por hectárea. Once veces más que en Argentina (40 kg) y quince veces más que en EE.UU. (30 kg). Luego, están los límites físicos. Según la asociación que nuclea a los productores, Aprosoja, en la última década la producción se alzó un 200%, en tanto que el área plantada, en un 48%. Lo cual es el resultado del aporte de la biotecnología y las técnicas de siembra directa, las que ya hicieron su aporte más grande.

En cuanto a la expansión misma, fundamental ha sido la colonización, para unos, o la destrucción, para otros, de gran parte de la vasta zona conocida como el “Cerrado”, una sabana tropical de casi dos millones de km2, que ocupa el centrosur del país, equivalente en tamaño a seis veces Alemania y dos Venezuela.

Así las cosas, algunos analistas han advertido que tal explotación podría no ser financieramente sustentable en algunos sectores del Cerrado sin lo que ha sido el apoyo de la banca estatal. Para Silvia Matos, “nuestro problema crónico del ‘costo Brasil’ ya estaría afectando al agribusiness”. La ventajas comparativas, “pese a todos nuestros problemas de logística, costo tributario y el boom de los precios (efecto China) permitieron un crecimiento muy bueno en este sector, pero creo que éste también se está agotando”.

Ciegos a China. Con todos sus “peros”, la agricultura y la agroindustria brasileñas son de todas formas un activo gigantesco y ofrecen campos todavía plenos de oportunidades de inversión y desarrollo. En México, en cambio, la situación es bastante distinta. Es cierto que, por ejemplo, se trata del principal productor y exportador mundial de aguacate (palta). Pero de comer palta no se vive. El país “es dependiente alimentario desde la década del 50 del siglo pasado”, recuerda Valdés. Para él, “está el México del norte que tiene tierras áridas, pero tiene algunas zonas que son importantes desde el punto de vista agrícola y ganadero” y luego está “una zona sur donde crece verdaderamente todo lo que siembres”. Ello no hace la diferencia. Como están las cosas, “el país no va a pasar a tener una balanza (agrícola) positiva, sería un utopía”. En la práctica ello significa que “vamos a seguir teniendo una dependencia alimentaria de Estados Unidos”.

Lo anterior obliga a México a promover más su desarrollo industrial y de servicios, en busca de fomentar sus exportaciones, y así pagar sus importaciones de alimentos. En esa tarea, China no lo está ayudando. De sus cinco primeros productos de exportación al antiguo Imperio Medio, tres son cobre en distintas formas (siendo el primero “Desperdicios y desechos de cobre” con un 12%) que suman (2009) un 29% del total. Le siguen aparatos eléctricos de telefonía (9%) y automóviles de turismo y demás vehículos automóviles (6%).

Para peor, China es el segundo vendedor/abastecedor de México, pero sólo su séptimo comprador. Y si bien más de algún analista presenta a los dos países como competidores, debido a que México reporta que el 75% de sus ventas son manufacturas, se trata de autoindulgencia. Tal cifra incluye, además del cobre citado, básicamente otros commodites minerales (hierro, plomo y sus concentrados). En cambio “la mayoría de lo que importa México proveniente de China son bienes intermedios, esto es, productos para elaborar las manufacturas, y México debe tener cuidado para no poner en riesgo su propia economía”, dice Sergio Ley, ex embajador de México en China (2001/2006). El diplomático cree que sí existe una oportunidad, la cual reside en que “en China se está desarrollando una clase media creciente de 300 millones de personas, con un alto consumismo”. Es así como “la cerveza Corona es muy exitosa en China, tanto que hay que tomarla en la botella para que todo mundo se dé cuenta que se está bebiendo una cerveza Premium”.

Ley asegura, entonces, que “aún es tiempo de entrar al mercado chino, quizá después se cierre el mercado por la competencia feroz”. Por tanto “México necesita realizar un gran esfuerzo antes que otros nos ganen el mercado, pero sobre todo debe desarrollar una política de Estado”. Difícil, si se piensa que “en este momento China es nuestro segundo socio comercial en el mundo, y ningún periódico en México tiene un solo corresponsal en China. No hay un punto de vista mexicano sobre lo que sucede en aquel país”.

Más grave que la falta de periodistas es la ausencia de banca de desarrollo que promueva el fortalecimiento de ciertos sectores. “Los grandes bancos de desarrollo en Brasil son estatales. Acá no tenemos eso. Prácticamente la banca de desarrollo en México se ha desmantelado”, dice Salazar, de la UNAM, para quien la moraleja es que “eso hace que los procesos de acumulación de capital sean mucho más importantes en Brasil que en México”. ¿Por qué? “A diferencia de otros países, no tenemos núcleos de desarrollo industrial. Hay muy poca vinculación entre la industria y los centros de investigación” y, entonces, “si una empresa viene y se instala es claro ver que se explota la mano de obra barata, pero se destruyen los eslabones productivos porque se importa para exportar”. La gran cantidad de insumos importados “lo que hace es destruir los núcleos industriales de las regiones de México”.

Sistemas de conocimiento. Brasil tiene igualmente problemas con el músculo industrial chino. Ricupero cuenta cerca de 70 casos de medidas antidumping y dice que “en la mayoría de los casos las importaciones chinas han aumentado hasta un 200% después de la aplicaciones”. Inquieta que la industria local, “aun en el momento en que la demanda es más fuerte, no logró capturarla”. Es una señal clara de que “Brasil vive una crisis de industrialización que ha demorado en llegar, pero ha llegado”.

¿La productividad industrial se está quedando atrás efectivamente? “Es verdad –responde Mauricio Canêdo Pinheiro, especialista en Economía Aplicada del Centro de Economía y Petróleo del Instituto Brasileiro de Economia (IBRE)– y es importante que también nos preocupemos del sector servicios, que es el responsable de un sector cada vez mayor del PIB y está, relativamente más desfasado en términos de productividad que la industria. En el caso de los servicios la productividad tiene mucho que ver con el capital humano”.

Es tan simple como entender que el capital humano no puede ser altamente productivo si entre un tercio y la mitad de la población es pobre y dos tercios a tres cuartos ha sido muy mal o mal educada, como es la realidad de México y Brasil. “Tenemos un gran problema que es un efecto redistributivo del ingreso y eso en ninguno de los dos países se ha solucionado”, dice Valdés. “Lula hizo algunos intentos, pero hasta ahí llegaron”. Como efecto, “si sumas las dos economías seguramente tendrás más cantidad de pobres que en el resto de América Latina”. México se lleva la peor parte, ya que “fue uno de los pocos países de la región, junto con Honduras, que registraron un crecimiento de la pobreza y eso es un problema para ocuparse y tomar acciones concretas”.

En Brasil, Matos dice que “para aumentar la productividad del trabajo hay que mejorar la calidad de la enseñanza en general y los incentivos a la cualificación de los trabajadores que están en los mercados”.

La industria necesita eso. Y más: “aumentar el ahorro público, lo que permitiría también una menor tasa de interés y una tasa de cambio más devaluada”. A la vez que “aprovechar el ahorro externo y canalizarlo para proyectos de inversión en infraestructura”.

Para Ricupero, es necesario “construir competitividad a partir de las ventajas comparativas”, y cita el caso de Vale, Petrobras, Embrapa y Embraer, que más que empresas, califica como “sistema de conocimiento, ya que dependen de la creación y diseminación de conocimiento técnico”.

El ex secretario general de la UNCTAD agrega otras cuatro reformas: bajar el costo de capital, mejorar la tasa de cambio, reformar el sistema impositivo y bajar el costo de la burocracia.

Riesgos. ¿Qué puede ocurrir de acá a 5 o 10 años si no se realizan los cambios? “Si todo va mal, el petróleo nos va a salvar, pero eso sería resignarnos a ser un país rentista, como lo es Venezuela hace 100 años”. Con el 60% de sus exportaciones basadas en commodities, sumar petróleo parece casi un peligro de caer en la “enfermedad holandesa”, con la soja, el hierro y los hidrocarburos como la columna de sus exportaciones. Canêdo Pinheiro, del IBRE, reconoce la posibilidad de un impacto en la asignación de inversiones. “Dada la cantidad de inversiones necesarias, ciertamente la exploración del petróleo del pré-sal quitará recursos a otros sectores, pudiendo inviabilizarlos a largo plazo”. El especialista cree que lleve a la situación crítica en que ha sumido a Venezuela, porque “la economía brasileña es muy diversificada para su grado de desarrollo (bastante más diversificada que, por ejemplo, la mexicana y la saudita). Siendo así, no veo a la enfermedad holandesa como un problema tan grave para Brasil como lo es para otros países”.

Un riesgo diferente, con menos visibilidad, amenaza a Brasil: su estructura demográfica. Si bien ahora disfruta del empuje notable que le da a su economía el ingreso mayor de las mujeres a la fuerza de trabajo y el beneficio de menos hijos, pero mejor cuidados, según un estudio realizado por la CEPAL muestra que, si de “bono demográfico” se trata, el país ya pasó por su período demográficamente más favorable. Fue en 2000, cuando el porcentaje de personas en edad de trabajar superó a los menores de edad y a los adultos mayores. Eso, sumado al generoso sistema de pensiones actual, implicará un enorme problema fiscal a futuro.

Por el contrario, México exhibe una caída menor en la tasa de natalidad, por lo que su mejor momento demográfico, pronostican en el organismo, se producirá en 2019.”En Brasil las personas mayores reciben transferencias públicas más grandes, sobre todo a través de las pensiones, en comparación con lo que ocurre en México”, dice Tim Miller, especialista en población y desarrollo de CELADE, y lo confirma el Boletín de Cuentas Nacionales de Transferencias, un proyecto de varias instituciones académicas, liderado por la Universidad de Berkeley. Así, “los brasileños se vuelven beneficiarios netos de las transferencias públicas a los 52 años, mientras que los mexicanos a los 58, y tienden a mantenerse, en gran medida, con la renta de sus activos. Su consumo disminuye en la edad más avanzada”, explica el experto. En otras palabras, Brasil puede entrar en un complejo escenario de cuentas públicas, mientras que México aún gozará de bono demográfico por un tiempo más. Y, además, tiene las remesas, cuya virtud se origina también en un vicio: “El problema que tenemos que analizar es el mercado laboral mexicano. El salario es bajo y eso hace que la fuerza salarial calificada emigre”, dice Jesús Valdés.

Y esos emigrantes, dato que se olvida, no pagan impuestos en México. “Todo lo que dejamos de pagar se cubre con los ingresos provenientes de Pemex” recuerda. No es poco. “Pemex representa casi el 50 por ciento de los ingresos que obtiene el gobierno de este país. La gente se queja de que está pagando impuestos, pero en realidad pagamos pocos”.

Impuestos mal colocados, focalizados en tasas al consumo o a merced de administraciones subnacionales; ahorro bajo; inversión insuficiente; cuellos de infraestructura; baja productividad de la mano de obra; educación mala; influencia creciente de la droga en la demanda agregada; debilidad frente a la oferta china; acceso a capital caro o insuficiente; bajos incentivos a la innovación; monopolios, pobreza demasiado alta; México y Brasil tienen mucho más en común de lo que creen. Afortunadamente no hay rock francés y sí una vigorosa industria turística en ambas naciones, lo cual equilibra un poco las cosas. También a su favor poseen lo que el filósofo y ex funcionario brasileño Roberto Mangabeira Unger destaca como un activo de toda Latinoamérica: la vitalidad de sus ciudadanos, su amor sensual y creador a la vida y al hacer. El desafío para los gobiernos y empresas de todo signo y actividad es limitar o abandonar los prejuicios doctrinarios en la búsqueda de liberar ese gran recurso. Cuando lo hagan, México y Brasil se diferenciarán, felizmente, mucho. Para bien. Porque prosperidad, libertad y equidad unidas son las madres del florecimiento creador. El mundo no necesita más gemelos. 

* Con la colaboración de Paula Pacheco, São Paulo; David Santa Cruz, México DF, y Carlos Tromben, Santiago de Chile.