Brasilia. La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, enfrentará su prueba más difícil de política exterior cuando visite China la próxima semana, ya que protagonizará un delicado acto de equilibrio entre presionar por concesiones comerciales y de inversión sin enojar a su mayor comprador.

Ambos países se han beneficiado durante años de sus crecientes vínculos comerciales y políticos, que han ayudado a respaldar su peso internacional en temas como liderazgo mundial.

Pero con la moneda de Brasil avanzando en dirección contraria al depreciado yuan, las quejas de las manufactureras locales por la ola de importaciones chinas han alcanzado niveles sin precedentes.

Algunos funcionarios brasileños también están preocupados de que China use a su país sólo como casi un supermercado de materias primas como el mineral de hierro y no compre bienes con valor agregado.

Como resultado de eso, Rousseff probablemente insista en su viaje por un comercio menos asimétrico y por relaciones de inversión entre las mayores economías de Latinoamérica y Asia.

Al parecer, habrían acuerdos para inversiones en sectores como el petrolero y agrícola, y pedidos chinos de aviones.

"Lo que queremos es más reciprocidad", dijo el portavoz presidencial Rodrigo Baena sobre los objetivos del viaje de cinco días de Rousseff a China, que comienza el martes.

Rousseff discutirá la subvaluación del yuan al más alto nivel en China, pero buscará evitar la confrontación directa, según funcionarios del gobierno.

El ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior, Fernando Pimentel, dijo en enero que el tema sería una prioridad principal del viaje de Rousseff, pero desde entonces ha evitado realizar comentarios públicos al respecto.

En tanto, Brasil ha tomado medidas para contener la entrada de productos chinos, aumentando las barreras de importación y haciendo planes para adoptar medidas de control de calidad más estrictas.

El tono refleja un marcado alejamiento de su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, quien prefería ignorar las diferencias con la esperanza de formar un frente común con países en desarrollo como China para enfrentar los intereses estadounidenses y europeos.

La amenaza China. El escepticismo respecto a China ha sido alto en Brasil, especialmente después de que la moneda local alcanzara sus mayores niveles desde agosto del 2008, un problema que no es culpa de China, pero que en la práctica ha hecho a las importaciones chinas incluso más baratas comparadas con los bienes brasileños.

"China avanza en nuevos sectores y destruye empleos", publicó el periódico local Valor Económico en su portada esta semana.

En un anticipo de lo que Rousseff podría escuchar en Pekín, el embajador de China en Brasilia dijo que Brasil necesita arreglar sus problemas internos si quiere exportar más.

"Ustedes necesitan hacer sus propios esfuerzos para mejorar la competitividad de su industria y economía", dijo recientemente a la prensa el embajador Qiu Xiaoqi.

Los ministros de Relaciones Exteriores y de Desarrollo, Industria y Comercio de Brasil escucharon un mensaje similar de funcionarios chinos de alto nivel durante un viaje a Pekín el mes pasado, dijo a Reuters un funcionario del gobierno.

Por ahora, las materias primas componen aproximadamente tres cuartos de las exportaciones de Brasil a China y casi un 90% de las inversiones chinas en Brasil apuntan al sector de los recursos naturales, según un estudio del Comité de Negocios Brasil-China.

El año pasado, las importaciones chinas, como maquinaria y acero, crecieron un 61%. Casi la mitad de los fabricantes brasileños han perdido participación de mercado a nivel local frente a China.

"La industria de Brasil se preparó en la década de 1990 para competir con Europa y Estados Unidos (no con China)", dijo el experto en política industrial Antonio Barros de Castro.

Líderes empresariales admiten que la enorme carga tributaria de Brasil, la apreciación de su moneda y la burocracia erosionan su competitividad internacional.

Pero dicen que el yuan depreciado de China, las barreras de importación y el contrabando inclinan el campo de juego en contra de ellos.

"El clima se ha vuelto tan malo, que ya no es sostenible. Necesitamos un tratamiento de choque", dijo el presidente de la Confederación Nacional de la Industria brasileña (CNI), Robson Andrade.

Funcionarios de aduanas afirman que hay cargamentos de bienes chinos que entran al país con documentos adulterados que declaran precios y cantidades más bajas.

Según las estadísticas chinas, se exportaron 20 millones de pares de anteojos de sol a Brasil, pero la aduana brasileña registró sólo 5 millones, afirmó el ex secretario de Comercio Welber Barral.

"Por años hemos buscado respuestas de China sobre ese asunto, sin (obtener) respuesta", dijo Barral.

Oportunidades. Diplomáticos brasileños exigen una mayor cautela, afirmando que China presenta enormes oportunidades de comercio e inversión para ambas partes.

"No podemos adoptar una visión de corto plazo y permitir que temas específicos en nuestra relación contaminen el potencial de cooperación", dijo Maria Edileuza Reis, jefa del área Asia del Ministerio de Relaciones Exteriores.

La gran delegación de 250 líderes empresariales que acompañarán a Rousseff refleja la promesa que muchos aún ven en China.

Los agricultores y mineros de Brasil, que son los que más se benefician con el voraz apetito chino por materias primas, han manifestado su oposición a medidas del Gobierno para restringir la inversión extranjera, mayormente china, en esos sectores.

Con una alta tasa de interés y escasos fondos públicos a nivel local, Rousseff está muy consciente de la capacidad de China de financiar el desarrollo de enormes campos petroleros y de la pobre infraestructura del país.

Ella será cuidadosa de no antagonizar con sus anfitriones chinos.

"Queremos un diálogo abierto, no confrontación", afirmó Reis.