Para muchos economistas y gobiernos, la fortaleza del tipo de cambio de la que gozan muchos países de América Latina hoy es un problema. Los bancos centrales y los ministerios de finanzas tratan de “debilitar” sus monedas acumulando reservas, imponiendo controles de capital, creando fondos soberanos. El gran temor es que el prolongado auge de los commodities genere desequilibrios futuros.

La situación actual contrasta fuertemente con la historia reciente de la región, cuando uno de sus grandes problemas era precisamente lo contrario: monedas debilitadas por la alta inflación y la elevada deuda.

Durante años, muchos países latinoamericanos hacían y deshacían sus monedas con el fin de estabilizarse y sacudirse de la pesadilla de la hiperinflación. Sólo en Brasil hubo cuatro monedas distintas en menos de 10 años durante la década del 80 y 90.

¿Se acuerdan del inti de Perú, del austral argentino o del cruzado brasileño? A fines de los 80 eran la moneda oficial de esos países. Otras denominaciones simplemente han desaparecido y han sido reemplazadas por el dólar estadounidense, como es el caso del sucre ecuatoriano o el colón salvadoreño.

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En el último cuarto de siglo, la mayoría de los países de América Latina ha vivido al menos un cambio de moneda. Algunos fueron sutiles, como en el caso de México: con el paso de los años el “nuevo” peso introducido en 1993 se deshizo de su prefijo y quedó simplemente como peso. Otros, bastante más brutales. Éstos son los finados famosos del cementerio de las monedas:

El austral. Fue la moneda oficial argentina entre 1985 y 1991 y reemplazó en su momento al peso a una tasa de 1 por 1.000 pesos. Con la inflación alcanzando 5.000% en 1989, el austral no sólo había perdido todo su valor, sino también su credibilidad. Sólo en el mes de julio de 1989, los precios al consumidor se triplicaron. La respuesta a esta crisis fue el Plan de Convertibilidad y una nueva moneda: el peso. El 31 de diciembre de 1991, el gobierno de Carlos Menem introdujo el peso a una tasa de 1 peso por 10.000 australes y lo “ató” al dólar estadounidense a una tasa de 1 a 1. La crisis de 2001, que tumbó al gobierno de Fernando de la Rúa, se llevó consigo el tipo de cambio fijo. Hoy el peso se cotiza a 4 por dólar.

El peso boliviano. Introducido en 1963, al igual que otras monedas sudamericanas, el peso boliviano sufrió los embates de la crisis de la deuda y la hiperinflación de los 80. En 1984, la inflación superó 1.200% y al año siguiente llegó a un histórico 11.750%. En 1987, el gobierno decidió despedirse del peso y lanzó el boliviano a una tasa de cambio de 1 por 1 millón de pesos. En ese momento, 1 boliviano equivalía en torno a 1 dólar estadounidense. Hoy está a aproximadamente 7 por dólar.

 

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El cruzado y el cruzeiro. Brasil tiene un verdadero mausoleo de monedas. En menos de una década tuvo cuatro distintas. En 1986, el gobierno de José Sarney introdujo el cruzado, reemplazando al cruzeiro novo a una tasa de 1 por 1.000. Pero en 1990, el cruzeiro regresó de la mano de Fernando Collor de Melo, a una tasa par (1 a 1). Era la tercera vez que Brasil usaba el cruzeiro como moneda, aunque sólo duró tres años: en 1993 nació el cruzeiro real, a una tasa de 1 por 1.000 cruzeiros. Hoy se conoce simplemente como real.

Al igual que en el caso argentino, la elevada inflación crónica era el trasfondo de tantos cambios, programas, paquetazos y congelamiento de cuentas corrientes. En 1990 alcanzó un récord histórico de 6.821%. Después de la introducción del real, los precios se estabilizaron y, en diciembre de 1998, Brasil obtuvo la inflación más baja de su historia: 1,65%. Inédita también ha sido la trayectoria del real: debutó a la par con el dólar, y tras algunos altibajos a fines de los 90, hoy se cotiza en 1,5 por dólar.

El sucre. Fue la moneda oficial de Ecuador hasta el año 2000. Hasta inicios de los años 80 era una de las monedas más estables de la región, pero la crisis de la deuda que azotó a América Latina en esos años obligó al gobierno  a devaluarlo en 1983 y adoptar un régimen de tipo de cambio móvil (conocido como “crawling peg”) para depreciar lentamente la moneda. Ese año el dólar se cambiaba a 42, pero a fines de la década en el mercado informal ya se tasaba a 800 y, en 1995, a 3.000. A partir de 1999 empezó su caída libre, iniciando la década 25.000 sucres por dólar. La solución fue más drástica que en Argentina: dolarizar totalmente la economía. Desde ese entonces los ecuatorianos carecen de símbolos nacionales en sus transacciones cotidianas: las realizan en dólares.

El inti. Con una virtual guerra civil y una elevada deuda como escenario de fondo, a fines de los años 80 Perú entró en una de las mayores espirales hiperinflacionarias de América Latina. En 1988 la inflación llegó a 667%, en 1989 a 3.398% y en 1990 a 7.482%. Una de las víctimas fue el inti, la moneda introducida en 1985 para reemplazar al sol y hacer frente al debilitamiento de este último. En julio de 1991, el gobierno de Alberto Fujimori introdujo el nuevo sol, como parte de un amplio paquete de reformas. Desde entonces, el suevo sol ha sido una de las monedas más estables de la región. Y desde 1996 Perú tiene una inflación de un solo dígito.

El colón salvadoreño. Una de las monedas más longevas de América Latina, el colón fue la moneda oficial de El Salvador entre 1892 y 2001, cuando fue sustituido por el dólar. La dolarización se realizó a una tasa de cambio de 8,75 colones por dólar. Aunque oficialmente el colón no ha dejado de existir, prácticamente todas las transacciones se realizan con la divisa estadounidense. La idea detrás de la dolarización era estabilizar los precios al consumidor (aunque el país nunca experimentó hiperinflación, sí estuvo en dos dígitos durante más de una década) y dar una señal de confianza a los inversionistas extranjeros. A diferencia de Ecuador, que adoptó el dólar en medio de una crisis, El Salvador planificó durante años con cuidado la transición, apoyado en una serie de reformas económicas durante los 90.