La siguiente escena ocurrió durante una conferencia sobre las nuevas vías de desarrollo económico para América Latina, realizada a fines de octubre en San Salvador.

Alexander Segovia, el poderoso jefe de asesores de la presidencia salvadoreña, inició su presentación con una fuerte crítica a los gobiernos anteriores. “Nosotros nos encontramos con un Estado obsoleto, que no otorga bien ninguno de los servicios básicos que le corresponden”.

Palabras normales de un representante del izquierdista Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, la ex guerrilla de los años 80 que llegó al poder en 2009. Sin embargo, poco después, el presidente del Banco Central de El Salvador, Carlos Acevedo, siguió en la misma línea. “El gran desafío de nuestros países es crear un sistema de protección social que contribuya al desarrollo de largo plazo”, dijo.

Por último habló Rafael Pleitez, investigador y gerente de sección de Fusades, un centro de estudios ligado al empresariado salvadoreño. “En el corto plazo la prioridad debe ser proteger y fortalecer los programas que atienden efectivamente a los pobres. En el largo plazo, Fusades propone crear un sistema de protección social”, afirmó Pleitez.

Hasta hace unos años, tanta coincidencia hubiese sido difícil de imaginar en un continente acostumbrado a posturas radicales e ideologizadas. Sin embargo, un nuevo aire de consenso parece recorrer la región, independiente del color político del gobierno de turno. Tal vez desde los modelos desarrollistas propuestos por la Cepal en los años 50 y 60 que no existía una propuesta latinoamericana sobre desarrollo económico. Pero, a diferencia de entonces, ahora la incipiente postura común surge de la práctica, más que de la teoría.

“Latinoamérica está en un momento de madurez que no puede desperdiciar”, dice Alejandro Foxley, ex ministro de Hacienda de Chile y presidente del centro de estudios Cieplan. “Hoy, como pocas veces antes en nuestra historia, tenemos la capacidad y oportunidad de definir nuestra propia agenda a futuro”.

FRIEDMAN OUT, STIGLITZ IN.
En abril de 2009, tras la cumbre del G-20 en Londres, el entonces Primer Ministro británico Gordon Brown simplemente dijo: “El consenso de Washington ha muerto”.

El término había sido acuñado 20 años atrás por el economista estadounidense John Williamson, para referirse al recetario de políticas públicas propuesto por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Secretaría del Tesoro de EE.UU. Sólo las privatizaciones, la liberalización de los flujos de capital, un tipo de cambio libre y políticas a favor del libre comercio podrían sacar a América Latina y el tercer mundo de la crisis de los 80.
Todo el énfasis debía ponerse en la prudente conducción macroeconómica, y para los temas sociales estaba el chorreo: la convicción de que el crecimiento económico sostenido produciría, tarde o temprano, un aumento en los estándares de vida de toda la población.

Lo cierto es que el fin del “Consenso de Washington” se ha venido gestando hace varios años en América Latina. Denostado como “neoliberalismo” o, en palabras del inversionista y magnate George Soros, “fundamentalismo de mercado”, en países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador o Argentina hace tiempo que no creen en la ‘Teoría del Chorreo’: Tras casi dos décadas de reformas y liberalización económica en la región, los indicadores de equidad (medidos a través del coeficiente GINI) muestran que Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo en la distribución de los ingresos. Si 0 es la igualdad total, Albania está en 31,1 (2005) contra 58,6 de Colombia (2008).

Claramente, el “chorreo” no era automático, y hoy apenas existen gobiernos de la región, sean de izquierda o derecha, que crean que el crecimiento por sí mismo, o los mercados por sí mismos, producen automáticamente una mayor equidad.

Lo curioso es que dos de los tres pilares del Consenso de Washington –el FMI y el Banco Mundial– parecen sumarse al nuevo “Consenso Latino”. El FMI, por ejemplo, ha alabado la conducción macroeconómica del gobierno de Evo Morales (ver artículo en la edición 391 de AméricaEconomía), mientras que el Banco Mundial lamenta que la región no haya avanzado lo suficiente en proveer un sistema de protección social.

“No es un giro en la postura del Banco Mundial”, dice Jamele Rigolini, economista para América Latina de ese organismo. “Lo que pasa es que el enfoque en la estabilidad macroeconómica que se inició en los años 80 se ha logrado. Pero se puede hacer más por alcanzar una mayor equidad”.
Tal vez el ejemplo más exitoso y que mejor retrata el nuevo “Modelo Latino” sean los programas de Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC). Los TMC se basan en una idea muy simple: transferir dinero en efectivo a las personas más necesitadas. Esto, que parecía una herejía económica hasta hace unos años, se ha vuelto, en palabras del New York Times, “probablemente en el programa gubernamental anti-pobreza más importante que el mundo jamás haya visto”.

Iniciado en México bajo el nombre de “Oportunidades” y masificado con éxito en Brasil bajo el nombre “Bolsa Familia”, estos programas transfieren dinero a familias necesitadas siempre y cuando éstas cumplan con requisitos como mantener a sus hijos en el colegio, someterse a exámenes médicos y seguir un régimen nutricional determinado. “La belleza detrás de esta idea es que ayuda a los pobres ahora, mientras asegura que en el futuro sus hijos estarán mejor”, afirma el New York Times. En Brasil, 8 millones de familias se benefician de este programa, a un costo de 0,36% del PIB, lo que ha valido a casi 20 millones de personas salir de la pobreza en los últimos 10 años. En México, el programa Oportunidades cubre a 5 millones de familias a un costo de 0,35 del PIB, otros ejemplos son Chile Solidario y Familias en Acción, en Colombia.

El éxito de estos proyectos, inventados en América Latina y estudiados a fondo en los países desarrollados, ha llevado a que sean imitados en Asia, África e incluso en países desarrollados. En Nueva York existe un programa similar, el Opportunity NYC, creado por el alcalde Michael Bloomberg, pero hasta ahora sus resultados han sido mixtos. Sale Milton Friedman, entra Joseph Stiglitz.