Empezaron en sus propias habitaciones, con sus computadores personales. Tenían 22 y 23 años y al principio nadie creyó en ellos. Hoy Larry Page y Sergey Brin son millonarios y dueños de Google, la mayor empresa de la nueva economía: una aventura que no hubiera sido posible sin la activa industria estadounidense del capital de riesgo (VC). Algo que en América Latina recién está tomando fuerza junto con el private equity (PE), aquellos fondos que andan a la busca de empresas estancadas para sacarlas del marasmo y ponerlas en carrera para el mercado.

Según datos de la Asociación Latinoamericana de Capital de Riesgo (LAVCA, por sus siglas en inglés) el año pasado en la región se levantaron fondos por US$ 8.100 millones, un 122% en relación a 2009. “Vemos cada vez más inversores ángeles, personas con dinero que deciden invertirlo en proyectos novedosos”, dice Cate Ambrose, presidenta de esta organización fundada en 2002 con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo. 

En contraste con América Latina, el capital suscrito por este tipo de fondos cayó un 7% en EE.UU. y un 32% en Europa, según datos de la consultora británica Prequin. Un hecho significativo, considerando que hasta hace cinco años prácticamente no había capital de riesgo en la región.

Todo empezó a cambiar con la incipiente oferta de proyectos innovadores, incubados por admiradores latinoamericanos de Page y Brin. “Los estudiantes recién salidos de la universidad no podían aspirar a trabajar en grandes multinacionales debido a la crisis económica global”, dice Ariel Muslera, director de estrategia y desarrollo de producto de LAVCA.

Muchos arriesgaron por el emprendimiento, golpeando puertas de amigos, familiares y, los más osados, de individuos con capital y ganas de apostarlo. “En México, por ejemplo, existen entre 15 y 20 familias millonarias que invierten su dinero en este tipo de proyectos”, dice Víctor Esquivel, socio de KPMG México.

En los últimos años, la industria ha tendido a la formalización. “Los fondos de pensiones no podían invertir en capital de riesgo hasta hace dos años”, agrega Esquivel. A partir de 2010, gracias a cambios regulatorios en el régimen de inversión de las Afores, se les permitió invertir hasta un 8% en VC y PE. La respuesta ha sido la creación de casi 20 fondos dedicados a ambos segmentos.“Las oportunidades son muy grandes, puesto que en los países latinoamericanos existen algunos vacíos en el mercado aun sin explotar”, dice Marcio Santos Filho, analista de la gestora de fondos Inseed Investimentos en Brasil.

Según LAVCA, del total de fondos recaudados, US$ 3.300 millones corresponden a dos fondos, Southern Cross y Advent, que rompieron récords históricos. Brasil representó el 46% de las operaciones y un 76% del capital suscrito, con un importante foco en biocombustibles. México es el segundo, seguido a gran distancia por Argentina y Chile. “Argentina tiene más personas emprendedoras, pero menos facilidades, y Chile, por ejemplo, tiene una de las regulaciones más transparentes de América Latina”, dice Muslera. Sin embargo, aún se necesita avanzar en aspectos tributarios y regulatorios, como la existencia de mercados secundarios de acciones para empresas pequeñas y medianas, para que la industria realmente despegue. Otro elemento es una cultura donde el fracaso es castigado y el emprendimiento genera desconfianza. “La tendencia está cambiando y, aunque ese capital sigue financiándose por millonarios ‘ángeles’, cada vez están desarrollándose más los fondos de inversión que confían en los mercados emergentes”, según Ambrose.

¿Será suficiente para dar a luz a un Google con sede en São José dos Campos, o al Facebook de Palermo? Una posibilidad remota.