Como era previsible e inevitable, la tragedia griega lleva camino de españolizarse.

Standard and Poor´s ha calificado a los bonos griegos de basura y ha rebajado la calificación de los portugueses hasta A-. En esta dinámica revisionista del riesgo país, la deuda pública española correrá una suerte similar en un horizonte temporal cercano. Los mercados financieros, esos malvados villanos, ya no están dispuestos a prestar su dinero para financiar políticas fiscales insostenible y a gobiernos incapaces de poner en marcha reformas estructurales que mejoren la competitividad y sienten las bases del crecimiento.

Un escenario de creciente endeudamiento del sector público, acompañado de un escenario de recesión/estancamiento prolongada es insostenible y, en consecuencia, termina por derrumbarse. En este contexto, Grecia y Portugal son los preludios de la trágica sinfonía española. De hecho, la vieja Piel de Toro se ha convertido en la principal amenaza para integridad de la Eurozona.

Desde amplios sectores de la opinión política e incluso académica se considera injusto e incomprensible que no se discrimine entre la situación helena y la hispana. Este es un error de análisis fundamental.

La Hipótesis de la Fragilidad Preexistente brinda una versión muy sugestiva para ilustrar la explosión de la crisis y su extensión. Lo que detona la primera es la presencia de una debilidad o de una serie de debilidades en la economía de un país. Cuando el acontecimiento crítico se produce, ese punto o puntos débiles se magnifican y explican ex-post la profundidad y la duración del declive. Lo que antes resultaba tolerable se vuelve súbitamente inaceptable. El contagio se desencadena cuando los mercados y los agentes económicos perciben en otros países la presencia de anomalías semejantes. Sin una fragilidad previa, una perturbación financiera no se autoalimenta ni se contagia (ver Wyplosz Ch., “Currency Crises, Contagion and Containment: A Framework”, CEPR, Conference Report Nº6 39-43, 1998).

Pues bien, España presentaba y presenta el cuadro clínico que siempre ha precedido a todas las debacles económico-financieras que en el mundo han sido. Anna Karenina empieza con una inquietante frase: “Todas las familias felices se parecen. Cada familia infeliz, lo es a su propia manera”. Algo parecido podría decirse del escenario crítico al que hoy se enfrenta España. Tiene rasgos distintivos pero, como en episodios anteriores, se ha visto precedido por la misma cadena de acontecimientos: inflación de activos, altos niveles de deuda privada, pérdida de competitividad, un voluminoso y creciente déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente y una recesión.

En los últimos años de la fase expansiva, el PSOE no hizo nada por corregir esos problemas y, cuando estalló la crisis, su política económica sólo ha contribuido a agravarlos con corolario: la generación de un déficit público descomunal. Ante este panorama, el colapso de la economía nacional y el fantasma de una crisis de deuda son la consecuencia lógica de las acciones e inacciones del gabinete socialista.

Si se compara la situación de Grecia con la de España, el elemento diferencial positivo para nosotros (España) es que los ratios déficit/deuda pública/PIB son inferiores en la Vieja Piel de Toro. Sin embargo, el desempleo nacional dobla el griego. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria con sus daños colaterales sobre la economía real y sobre la salud de las entidades crediticias es un fenómeno inexistente en Grecia. La pérdida de competitividad de la economía nacional ha sido superior en España y el déficit por cuenta corriente es mucho más elevado. Por último, España tendrá que soportar en los próximos meses el impacto de una parte sustancial de su sistema financiero, en concreto, de las cajas de ahorro.

Ese es un punto crucial, porque se va a traducir en una acentuación de la contracción crediticia, en un verdadero secante para la liquidez de la economía nacional. No sólo el sector público va a tener serias dificultades para cubrir sus necesidades de financiación, sino también el privado castigado por la restricción crediticia interna por la parálisis o, al menos, por una caída drástica de los flujos financieros externos a la economía española.

En este marco, el único crédito disponible será el nacional y en un entorno de crisis financiera acompañado de altas demandas de dinero para financiar el déficit y la deuda pública, el efecto expulsión del sector privado tendrá una enorme potencia. El resultado es una economía al borde de la “argentinización”, factor al que contribuye el deterioro de las instituciones y de la seguridad jurídica.

Hemos llegado a un escenario imposible. A estas alturas de la película da igual lo que haga el gobierno. Su pérdida de credibilidad es absoluta. España está condenada a un escenario de corte “sudamericano” y, por desgracia, eso ya no tiene remedio. Habrá que esperar y confiar en que un futuro gobierno sea capaz de restaurar la confianza en la economía española. Entra tanto, estamos condenados a bailar el tango u orquestar los acordes siniestros, eso sí, con la belleza de la muerte de la tragedia griega. Si les dicen que esto es exagerado tiren de hemeroteca y lean lo que decíamos hace unos meses. Algo poco patriótico, pero de un realismo estremecedor.

Esta columna fue publicada con anterioridad en el centro de estudios públicos ElCato.org.