Como broma macabra y morbosa, en otro 19 de septiembre, la Tierra sacudió la resaca de tequila y grito patrio en llanto y grito pánico, sirenas, construcciones estrujadas, manos solidarias, ojos vidriosos y cascajos de dolor.

Según el Banco Mundial, en torno a 40% del territorio mexicano y un tercio de la población de México vive en áreas expuestas a huracanes, tormentas, inundaciones, erupciones volcánicas y terremotos. 

En términos económicos, eso significa que 71% del PIB de México está expuesto al riesgo de dos o más desastres naturales.

El Índice de Gestión de Riesgos (INFORM por sus siglas en inglés) sitúa a México, a la hora de evaluar los riesgos y exposición a catástrofes naturales, en el undécimo lugar del mundo con una lectura de 7.0, junto con Perú.

El terremoto de 1985 dejó claro que las labores de reconstrucción son costosas y precisan de tantos recursos que tienen un alto impacto en las finanzas públicas y puede socavar la inversión de largo plazo y el crecimiento económico.

Son los primeros países del planeta fuera de la región de Asia, donde se concentran los mayores riesgos de catástrofe natural encabezados por Filipinas y Japón.

En México, la lectura más alta al riesgo y exposición de catástrofes naturales está asociado a los terremotos (8.5), y los dos mayores riegos  de una lista de cinco tienen que ver con la exposición física a los sismos. 

Afortunadamente, los desastres en México relacionados con terremotos no son los más frecuentes: según las cifras sobre Desastres Internacionales de la Universidad Católica de Lovaina, se sitúan en tercer lugar con 10%, por detrás de las tormentas (44%), y las inundaciones (24%).

Eso no quiere decir que sean infrecuentes, sino que habla de la vulnerabilidad de México a los desastres naturales.

El Servicios Sismológico Nacional contabiliza 19 sismos de con una magnitud de al menos 7.0 desde el fatídico terremoto de 1985, cuya magnitud fue de 8.1. El Banco Mundial afirma que al año hay más de 90 movimientos telúricos con una magnitud igual o por encima de los 4.0 grados, algo así como 6% mundial.

Tampoco, históricamente, son los que han causado mayores daños, ni en términos de mortalidad ni en daños económicos en el periodo de 1990 a 2014, pero el terremoto de 1985 ha sido el desastre más devastador de la historia de México.

Por lo mismo, sí son los que potencialmente pueden ser más destructores.

Si se calculan los riesgos probabilísticos, la Universidad Católica de Lovaina estima que, en función de los activos expuestos a cada desastre natural, los terremotos podrían concentrar 46% de las pérdidas promedio anuales comparado con 30% de las inundaciones y 21% por los vientos huracanados.

Gestión de desastres naturales. Dada la fuerte vulnerabilidad de México a los desastres naturales, las autoridades y la sociedad civil se han encargado de crear una red de seguridad para reducir y gestionar dichos riesgos.

Por supuesto ha mejorado las infraestructuras, y las leyes han sido más rigurosas en el uso de suelos y planeamiento urbano.

Pero además ha creado instrumentos para financiar y asegurar los riesgos de desastre natural.

El terremoto de 1985 dejó claro que las labores de reconstrucción son costosas y precisan de tantos recursos que tienen un alto impacto en las finanzas públicas y puede socavar la inversión de largo plazo y el crecimiento económico.

Tras la funesta experiencia de 1985, las autoridades mexicanas crearon el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) en 1986 y, diez años después, en 1996, el Fondo de Desastres Naturales (Fonden) para financiar sus actividades.

En el 2003, se constituyó el Fondo para la Prevención de Desastres Naturales (Fopreden), que para su funcionamiento ha desarrollado modelos para cuantificar los riesgos en pérdidas humanas y materiales a partir de estimaciones probabilísticas, el R-Fonden, y atlas de riesgos.

Esos mecanismos han servido para pasar de un sistema de respuesta y reconstrucción a otro de acciones más preventivas destinadas a proteger la vida de los mexicanos y la riqueza de la nación sin desequilibrar las finanzas públicas: son partidas presupuestales cuyos recursos se destinan a atender las labores de emergencia, rescate y reconstrucción derivados de los daños ocasionados por los desastres naturales.

A su vez, México ha recurrido a instrumentos financieros para transferir los riesgos asociados a desastres naturales a los mercados de capitales.  A pesar de que los recursos designados al Fonden son estables (al menos 0.4% del presupuesto federal), puede incurrir en un salvo deficitario en caso de un gran desastre.

Para protegerse de ese escenario, México ha emitido bonos catástrofe: en caso de que un desastre acontezca, bien sea terremotos o huracanes, y cumpla con los parámetros establecidos en la emisión (localización, magnitud y profundidad del terremoto, fuerza de los vientos), los inversionistas perderían la devolución de parte o todo el principal, y dichos recursos serían transferidos del Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo al Fonden.

México fue el primer país soberano en emitir bonos catástrofe en 2006, y recurrió de nuevo a este instrumentos den 2009 y 2012 en conformidad con un programa MultiCatástrofe. El pasado 4 de agosto México renovó un bono catástrofe de 360 millones de dólares  con una estructura triple (un tramo de terremoto y dos de huracanes).

Por el terremoto del pasado 7 de septiembre, se cumplieron todos los parámetros según el Servicio Geológico de Estados Unidos: de confirmarse, 150 millones de dólares entrarán al Fonden, que además cuenta con 9 mil millones de pesos. La magnitud del terremoto del 19 de septiembre no fue suficiente para activar el bono catástrofe.

Sin embargo, el trabajo conjunto es más eficaz si todas las partes intervienen en actividades de prevención, preparación y respuesta frente al desastre: gobierno, organizaciones humanitarias, donantes, voluntarios.

La Secretaría de Hacienda junto con el sector privado constituyó el fideicomiso #FuerzaMexico, tras el terremoto del martes, para concentrar y canalizar los donativos de personas, organismos y empresas para las tareas de reconstrucción.

Pero además la solidaridad del ciudadano de a pie fue crucial. Ropa asustada y valiente llenó las calles, ropa polvorosa y cansada, ropa incombustible y audaz:   cascos cabeza con cabeza, tapabocas enmudecidas, guantes en cadena humana, palas y pilas, víveres y albergues.

México, en su surrealismo, en su genio, pobló lo inhabitable, un valle lacustre en zona sísmica y rodeado de volcanes: como Venecia azteca, como milagro renacentista, como  neoclasicismo burgués, como ciudad del siglo XXI que se acerca al cielo de oro, siempre telúrico, siempre en forma de tragedia y elegía y siempre colorida e inmarcesible.