En un momento en el cual los países del mundo pelean por quién es el más barato y el más competitivo, Uruguay debe lidiar con su condición de país caro, un poco consecuencia de su buen desempeño en los últimos años y otro poco, a raíz de la reciente inconsistencia entre las políticas públicas y la coyuntura internacional.

La bendición del crecimiento, la incorporación del progreso técnico y la mayor productividad del trabajo, llevó a que la moneda uruguaya se apreciara, aún cuando los precios domésticos avanzaban más deprisa que en la mayor parte de los socios relevantes del país. Encarecerse no siempre es malo, y desde luego no lo fue en Uruguay por buena parte de la última década.

Sin embargo, esa explicación dejó de ser pertinente durante 2012. La baja en el precio del dólar en el mercado local y la consecuente pérdida de competitividad no encuentran justificación cuando la economía se desacelera y su productividad relativa permanece prácticamente estancada.

Mientras que el resto de los países ponían su empeño en ser más baratos, Uruguay fue a contracorriente y puso el tipo de cambio al servicio de evitar que la inflación siguiera acelerándose. Al problema de una inflación de costos, Uruguay respondió a través del tipo de cambio, permitiendo que a nivel local los uruguayos compraran con sus pesos una mayor cantidad de bienes importados. Como contrapartida, los bienes y servicios locales se encarecieron para el exterior en partida doble: por la inflación y por el fortalecimiento de la moneda.

Uruguay es hoy, sin duda, un país más caro. La pregunta más relevante es: ¿Está en condiciones de ofrecer bienes y servicios a la altura de esos costos más altos? Quizás en algunos sectores sí, pero da la sensación de que el sector privado, en general, espera que la respuesta venga desde el Estado y ese es un error, porque hoy en día debemos esperar muy poco en términos de competitividad por el lado de las políticas públicas. Los empresarios deberían pensar que este escenario de encarecimiento llegó para quedarse y por lo tanto, innovar. Por un lado, para reducir los costos de producción y recuperar el margen perdido; y por otro, para diferenciar sus productos y ofrecer al exterior bienes y servicios que justifiquen un precio más alto.