Montevideo. En 1770 los colonos de Norteamérica se quejaban porque la Corona les cobraba impuestos pero a cambio no les concedía representación en el Parlamento británico. "¡Ningún impuesto sin representación!", clamaban. Gran Bretaña accedió y eliminó los impuestos, menos el del té, como para dar una señal de que quienes seguían al mando eran los británicos. En noviembre de 1773, varios barcos cargados de té entraron a la bahía de Boston. Un grupo de colonos organizados por el activista Sam Adams tiró la carga de té a la bahía. Aquel episodio sería históricamente utilizado más de una vez aludiendo a la frase "Tea Party", pero la acción de Adams y los suyos tuvo muy poco de party (fiesta); fue la mecha que encendió la guerra de independencia americana.

Sí, los impuestos son cosa seria y desde mucho antes de la revolución americana varios imperios sufrieron revueltas por su causa. Incluso durante la Edad Media, cuando el sistema imperante era el feudalismo. A Juan (apodado Sin Tierras), Rey de Inglaterra, le tocó en 1215 el trago amargo de ser el primer monarca que tuvo que pactar una carta de derechos para los nobles terratenientes. En ella reconocía que el Reino no podría exigirles ninguna ayuda sino en los casos que se contemplaban en ese documento, y siempre en "cantidades razonables". Ese acuerdo, llamado Carta Magna, es para muchos el origen de las Constituciones escritas de la era moderna. Todo, entre otras cosas, porque el rey tenía urgencias fiscales.

La aparición de los llamados Panamá Papers –al margen de los casos delictivos que emergieron tras la divulgación de esos documentos– puso sobre la mesa las formas que algunos ciudadanos buscan para eludir los sistemas fiscales de sus países a través de métodos legales pero también cuestionados éticamente por sectores de la sociedad.

¿Cuál es la medida para calibrar la ética de un sistema impositivo? ¿Por qué es importante el diseño de un sistema que no es más que un acto de fuerza discrecional cometido por el Estado contra los ciudadanos?.

Esta es la primera de dos entregas sobre el sistema impositivo, las potestades de la Dirección General Impositiva (DGI) y la opinión de quienes consideran que el Estado viola derechos individuales por el método que usa para cobrar impuestos.

Los impuestos son importantes en una dimensión sustancial porque constituyen la apropiación del Estado de recursos privados para financiar y devolverle a la sociedad un conjunto de servicios y contraprestaciones", explicó el economista Gabriel Oddone, socio de la consultora CPA Ferrere.

"Es una relación contractual asimétrica; en tanto ciudadano estoy sujeto a una legislación tributaria que me impone determinados deberes y no puedo discutirlos", añadió.

Oddone dijo que durante muchos años no solo los llamados "paraísos fiscales" se usaron para esquivar impuestos, sino que existen otros mecanismos, autorizados por los gobiernos, como las zonas francas o los subsidios.

"Así vivimos años, hasta que en los 80 la OCDE empezó a ir detrás de estas obligaciones y la crisis de 2008 cambió todo, porque allí el ajuste afectó a las clases altas y medias, que son las que pagan más impuestos y tienen poder", rememoró.

La presión tributaria que tiene un uruguayo en promedio se ubica en un 25% de sus ingresos, explicó Oddone y si se tienen en cuenta las empresas públicas en un 32%, aunque para Ernesto Talvi, director del Centros de Estudios de la Realidad Económica y Social, la presión fiscal va de 36,3% en sectores de ingresos bajos a 53% en sectores de ingresos muy altos.