Durante décadas, el concepto del mundo de los economistas ha estado marcado por el Premio Nobel Milton Friedman y la escuela del neoliberalismo. Esta escuela de pensamiento siempre celebró la superioridad del libre mercado y nunca ocultó su desconfianza ni en el intervencionismo del Estado, ni en la política de redistribución estatal.

“La marea eleva todos los barcos”, rezaba el mensaje. O, en otras palabras: lo recomendable es una política económica que no redistribuya, sino que impulse el crecimiento y que también, al fin y al cabo, favorezca la perjudicada estratificación de la población. Por el contrario, la redistribución de la riqueza presupone una pérdida de motivación para los que más ganan y para las entidades de préstamo.

Entretanto, parece que la sede del FMI en Washington sugiere un cambio de dirección en este precepto económico. El representante del economista jefe del FMI, Jonathan Ostry, ha publicado gracias al apoyo de su jefe, Olivier Blanchard, un nuevo estudio titulado “Redistribución, desigualdad, y crecimiento” que, por primera vez, permite comparar material histórico de una gran variedad de países.

Crecimiento a pesar de la redistribución

El resultado del estudio revela que la redistribución no ocasiona daños ni impide el crecimiento, mientras los grandes desequilibrios en los ingresos sí pueden influir negativamente en el desarrollo económico. Normalmente, los países con mínimas desigualdades, logradas tras una redistribución fiscal, experimentan, en promedio, un crecimiento económico mayor que aquellos que registran una desigualdad extrema de ingresos.

Naturalmente, los estímulos son importantes, ya que gracias a ellos las personas se esfuerzan e inventan alternativas. Por otra parte, los autores que se agrupan alrededor de Jonathan Ostry señalan que sólo pudieron registrar datos relacionados con medidas de redistribución directas como, por ejemplo, impuestos y subvenciones.

Asimismo, también sería posible tomar en cuenta otras formas de gasto que impliquen un efecto de redistribución como, por ejemplo, fondos del Estado destinados a la educación o al sistema sanitario, lo que seguramente mejoraría los efectos producidos por el crecimiento económico.