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Guerras cambiarias: ¿un desastre en ciernes o un triunfo para todos?
Miércoles, Abril 3, 2013 - 14:42

En un intento forzado de activar la economía de Japón, después de una década en punto muerto, el primer ministro recurrió al Banco Central para que fijara la meta de inflación en 2%.

Universia Knowledge Wharton. A finales del año pasado, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, dio el pistoletazo de salida para el ataque. En un intento forzado de activar la economía de Japón, después de una década en punto muerto, Abe recurrió al Banco de Japón para que fijara la meta de inflación en 2%. Él amenazó con aprobar una ley que limitaría la independencia del banco en caso de que la institución se resistiese. "Los países de todo el mundo están imprimiendo dinero para estimular la competitividad de sus exportaciones", dijo Abe. "Japón también debe hacer lo mismo". El banco central japonés cedió, prometiendo aumentar el volumen de compraventa de títulos del Gobierno a partir de enero.

A continuación, Abe dio un paso importante al nombrar a Haruhiko Kuroda para la presidencia del banco central. Kuroda ha sido desde hace años uno de los críticos más importantes de la política monetaria del Banco de Japón. Según numerosos analistas, el nombramiento de Kuroda es señal de que Abe está realmente dispuesto a inyectar un volumen significativo de liquidez en el sistema para estimular la economía japonesa y revertir el escenario de deflación. Estas medidas presionan también a la baja el valor de la moneda local.

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La estrategia del primer ministro hizo disparar de forma inmediata la señal de alarma. Para muchos, los planes anunciados por Japón, que ya empujaron el yen a su nivel más bajo desde 2009, pueden ser la chispa capaz de provocar una guerra cambiaria en todo el mundo, es decir, una serie de devaluaciones de carácter competitivo que, el siglo pasado, fueron uno de los factores que llevaron a la Gran Depresión. Jens Weidmann, presidente del banco central alemán, llamó la atención sobre el hecho de que Abe, al intimidar al Banco Central japonés, puede hacer que "las tasas de cambio sean usadas cada vez más para fines políticos. Hasta ahora, el sistema monetario internacional pasó por la crisis sin recurrir a la rápida devaluación, y espero realmente que continúe siendo así". Los bancos centrales de EE.UU., Inglaterra, Rusia, Corea del Sur y de otros países se sumaron a esta idea.

Mientras, en la reunión del G-20 en Moscú, a mediados de febrero, los participantes bajaron el tono de amenaza. La devaluación de la moneda japonesa es consecuencia de la política monetaria interna del país, y no de metas cambiarias explícitas, concluyeron. "La historia de guerra cambiaria adquirió una dimensión desproporcionada", dijo Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) durante el evento. "No hay ningún gran desvío respecto al valor justo de las principales monedas. El sistema financiero internacional funcionará sin problemas si sus miembros siguen las políticas correctas para su economía".

Bulent Gultekin, profesor de Finanzas de Wharton y ex presidente del Banco Central de Turquía, también cree que no hay, de momento, motivo de alarma. "El mundo hoy es muy diferente", dice él, destacando que la Gran Depresión fue resultado de una serie de factores específicos, entre ellos, el fin de la Primera Guerra Mundial, la presión sobre la libra inglesa y el declive del patrón oro. "Fue una época en que los países intentaban superarse los unos a los otros devaluando la moneda para aumentar la competitividad. Esa política de progresar empobreciendo al vecino llevó a restricciones tarifarias y de importación con fuerte impacto sobre el comercio internacional. Fue realmente un problema, a diferencia de lo que ocurre hoy en día".

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Compensar el mal con el bien. Hoy, por el contrario, la devaluación del yen y de otras monedas importantes se debe, en gran medida, a las políticas cambiarias expansionistas locales que vinieron después de la reciente recesión mundial, dicen los especialistas. EE.UU. fue su principal instigador, ya que la Reserva Federal había puesto en práctica diversas rondas de flexibilización monetaria a partir de 2008, observa Mauro Guillen, profesor de Gestión de Wharton. La Fed imprimió dinero para comprar títulos de la deuda de EE.UU. con el objetivo de "mantener las tasas de interés bajas y promover la recuperación", dice. "No es necesario decir que el valor del dólar cayó, lo que elevó el volumen de exportaciones de EE.UU.". Según Gultekin, "no se trata de un intento de manipular la moneda. Esa política expansionista ayudará también a otras economías. Cuando el dólar se deprecia, ayuda por un lado a las exportaciones americanas. Por otro, aumenta el mercado americano, que puede entonces absorber las importaciones de otros países. Todo puede acabar en nada".

Es lo que piensa también Uri Dadush, director adjunto del Carnegie Endowment of International Peace y ex director de política económica del Banco Mundial. "Los grandes (EE.UU., zona euro, China y Japón) manipulan muy poco la moneda", dice. Sin embargo, es natural que las guerras cambiarias sean motivo de preocupación en un momento en que las principales economías y monedas del mundo se encuentran debilitadas, añade Dadush. "Como el centro del sistema, el dólar y el euro, está asociado a economías que están bajo presión, todo el mundo se queda con la sensibilidad a flor de piel. Los países se preguntan: '¿Hasta qué punto somos competitivos en comparación con esas economías?'"

Tanto es así que el ministro brasileño de Hacienda, Guido Mantega, creó en 2010 la expresión "guerras cambiarias", cuando la depreciación del dólar —y del yuan chino vinculado a él— redujo las exportaciones brasileñas y presionó la inflación. James Rickards, director gerente senior de Tangent Capital Partners, banco mercantil de Nueva York, y autor del libro "Guerras de divisas: génesis de la próxima crisis mundial" [Currency Wars: The Making of the Next Global Crisis], dice que la flexibilización monetaria de EE.UU. no estimuló la inflación en el país, exportándola a otras naciones y abriendo el camino para fenómenos como la Primavera Árabe.

No obstante, los países en desarrollo se beneficiarán de la revitalización de las economías más avanzadas del mundo, que son grandes compradoras de las exportaciones de los mercados emergentes, dice Dadush. A fin de cuentas, los grandes países en desarrollo salieron mucho mejor de la reciente recesión mundial que las economías avanzadas. Las monedas de los países en desarrollo se apreciaron. Aunque la apreciación haya perjudicado a las exportaciones, ha ayudado a controlar la inflación y a mejorar el patrón de vida de los consumidores locales, resalta Dadush. "Eso no significa que el ministro de Hacienda de Brasil no deba preocuparse si la moneda del país se aprecia 20% en poco tiempo", añade. "En general, sin embargo, se trata de un ajuste acertado en la dirección acertada".

Sin embargo, la decisión de Japón de mover el yen provocó inquietud, sobre todo en la zona del euro. Los países periféricos todavía luchan por salir de la crisis de la deuda soberana. Europa fue quién más protestó. "El Banco Central Europeo no tiene la misma libertad de expansión que los demás", dice Gultekin. "La orden es mantener la inflación estable, lo que no permite al banco adoptar una política expansionista en un momento en que es más que necesaria. Con eso, la situación cambiaria empeora aún más, de tal manera que la carga del ajuste [debido a la depreciación de las monedas en todo el mundo] recae sobre el euro". En realidad, el euro se apreció respecto al dólar en torno a 10% a principios de año, haciendo aún más difícil la recuperación de los miembros más frágiles de la zona del euro a través de las exportaciones, dice Dadush. Este año, el crecimiento de la economía de la zona euro deberá disminuir por segundo año consecutivo. El desempleo en Grecia y en España se situará por encima de 25%, según la UE.

Déjà vu: China y EE.UU. Mientras la ronda actual de peleas cambiarias alimenta las disputas entre el yen y el euro, la última batalla retórica tuvo lugar entre EE.UU. y China. En esta ocasión, los gestores de políticas y los formadores de opinión de EE.UU. acusaron a China de manipular su moneda afirmando que los chinos la mantenían devaluada desde hace más de diez años comprando títulos del Tesoro americano para mantener estable la tasa de cambio entre el yuan y el dólar. El objetivo, dijeron, era estimular las exportaciones chinas, lo que tuvo como efecto colateral un impacto negativo sobre las exportaciones y el empleo en EE.UU. Como consecuencia, el senador Charles Schumer presentó un proyecto de ley en 2005 que imponía una tarifa del 25% sobre las exportaciones chinas.

Desde entonces, "esa guerra disminuyó algo de intensidad, en la medida en que China permitió que su moneda tuviera una apreciación del 40% en los últimos cuatro años", dice Guillen. En consecuencia, los índices salariales en China están subiendo, y el superávit por cuenta corriente del país está descendiendo, lo que ayuda a los chinos a alcanzar su objetivo de reequilibrar la economía, muy dependiente de las exportaciones, dirigiéndola más a los factores responsables del incremento de la demanda interna, reduciendo así la desigualdad de renta. Según Rickards, el episodio EE.UU.-China "fue muy usado para culpar a los demás de nuestros problemas [en EE.UU.]".

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Respecto a la perspectiva de largo plazo del yuan, Franklin Allen, profesor de Finanzas de Wharton, dice que nadie sabe a ciencia cierta si China está realmente manteniendo su tasa de cambio baja de forma artificial. "Si ellos abrieran su cuenta de capital [para dejar que el yuan fuera negociado libremente dentro y fuera del país], nadie sabría decir si la moneda china se apreciaría o si se depreciaría", es decir, si habría un flujo mayor de dinero hacia dentro o hacia fuera del país.

En el caso de Japón, los esfuerzos hechos en el sentido de estimular la economía con la flexibilización monetaria y la devaluación del yen son pasos en dirección al equilibrio, observa Bing Shen, ex director ejecutivo de Morgan Stanley en Asia. "El yen japonés estuvo demasiado fuerte durante mucho tiempo", dice. "Esos desequilibrios necesitan ser corregidos". Allen concuerda: la revalorización del yen "estaba matando la manufactura [japonesa] y afectando que tengamos competencia con Corea. Esas cuestiones competitivas tienen una dinámica. Si no hay dinero, no se puede invertir en I&D, y con eso se pierde competitividad. Por eso Sony, Sharp y Panasonic tienen tantas dificultades para competir con las coreanas Samsung y LG". Pero Allen ve con escepticismo algún posible impacto económico duradero sobre la economía japonesa como consecuencia de la devaluación del yen. "Yo me sorprendería si Japón consiguiera solventar sus dificultades económicas de esa manera. La competitividad continúa siendo un problema de largo plazo" para Japón.

El peligro persiste. Aunque mucha gente crea que los ajustes hechos actualmente en las tasas de cambio deberían ayudar a la recuperación mundial, Guillen, de Wharton, advierte que la respuesta política dada por los países se debe monitorizar por si las devaluaciones se transforman en guerras comerciales que recuerden a la Gran Depresión. "La situación aún es peligrosa", dice. "Nadie quiere que la retórica suba de tono, porque las monedas, a fin de cuentas, son símbolos del nacionalismo. Nacionalismo y proteccionismo son cosas peligrosas, y la manipulación cambiaria se alimenta de esa dinámica. El FMI está intentando disminuir la temperatura del debate en un intento de que los países se den cuenta de que aunque la manipulación cambiaria sea buena para ellos a corto plazo, el hecho es que a largo plazo, si todo el mundo lo hace, todos saldrán perdiendo".

Además, el sistema internacional hoy en vigor no prevé la contención del caos por parte de las instituciones, añade Guillen. En 1985, el G-7 consiguió aprobar el Acuerdo de Plaza que depreció el yen, en aquella época sobrevalorado, por medio de la intervención coordinada en los mercados de divisas y a través de reformas económicas internas. Hoy, el G-20, de estructura excesivamente burocrática, acoge economías en desarrollo de gran tamaño, como la china y la brasileña, por lo tanto tendrá más dificultad para llegar a un consenso, dijo. En lugar de eso, Guillen dice que un G-4 constituido por las cuatro mayores economías —EE.UU., Alemania, Japón y China— deberían elaborar un acuerdo que incluyera, entre otras cosas, un calendario de diez a quince años a través del cual China adoptaría tasas de cambio flexibles, así como un plan de acción coordinada entre los bancos centrales con miras a la formulación de planes de estímulos.

Con tal de que los políticos de todo el mundo eviten represalias comerciales que lleven a la irrupción de guerras cambiarias realmente peligrosas, tal vez "los realineamientos cambiarios no sean necesariamente malos", dice Allen. "Si los precios no son los correctos para el comercio, tal vez lo más cuerdo sea que todos tengan una tasa de cambio mejor".

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