Condiciones de monopolio en diversos sectores, comportamiento irregular en los mercados financieros, especulación y la búsqueda de la máxima ganancia son conceptos de uso frecuente cuando se analiza la situación económica global actual. Sin embargo, fue una combinación de estos y otros elementos lo que ayudó a gestar hace 85 años la peor crisis económica que haya conocido el mundo moderno, mejor conocida como la Gran Depresión.

La fecha simbólica del inicio de esta debacle, que originó suicidios entre inversionistas y años de hambre, es el 29 de octubre de 1929, cuando fueron puestas en venta 33 millones de acciones que nadie estaba dispuesto a comprar, generando quiebras masivas y dando lugar a una recesión económica mundial.

María Eugenia Romero, profesora de Historia Económica Mundial de la Facultad de Economía de la UNAM, explicó a Excélsior que “esta severa crisis que provocó muchos suicidios de inversionistas que perdieron todo, como lo narra John Kenneth Galbraith en el libro The great crash (Seix Barral, 1965) realmente puso en peligro al sistema capitalista, el cual estuvo a punto de naufragar. Y paralelo a esta crisis, se estaba construyendo el sistema socialista y la economía centralmente planificada”.

Especulación, el cáncer. “Hubo dos días negros, el 24 de octubre la bolsa comenzó a caer y se ofrecieron cerca de 13 millones de acciones. El 28 continuó la caída, pero el derrumbe definitivo fue el martes 29, cuando se desplomó el precio de las acciones y se borró la riqueza de un plumazo, la cual estaba en papeles que eran producto de la especulación”, explicó.

Esta crisis generó una gran destrucción del sistema productivo con caídas de 70% en el hierro y de cerca de 100% en el carbón. Se derrumbó la producción de acero y de algodón. La crisis abarcó todos los sectores económicos y afectó por completo al sistema bancario estadunidense.

“En algunos casos la producción retrocedió a niveles de fines del siglo XIX o de 1908. El poderío económico de Estados Unidos retrocedió a niveles de 1905 y en Inglaterra hasta 1896”, resaltó María Eugenia Romero.

Expuso que ya desde 1928 en Estados Unidos se comenzaron a observar indicadores de un comportamiento irregular en los mercados financieros, lo que se conoce en la historia financiera como “manía crediticia”, cuando toda la gente comenzó a especular. “En estas situaciones de especulación llevadas a sus últimas consecuencias, es donde la naturaleza humana se muestra de manera más clara, porque todos queremos hacernos ricos de un día para otro, todos vendían sus casas y coches porque las ganancias eran espectaculares”, indicó.

Poder monopólico. Desde 1873 comenzaron a presentarse crisis económicas, pero ninguna como la de 1929. Las anteriores se manifestaban en sobreproducción, con el subsecuente estancamiento de las ventas. Entonces, los activos se acumulaban y el capital ya no fluía. Lo que ocurre en 1929 es que la crisis se presenta en condiciones de monopolio, donde los mecanismos de los precios ya no se bajaron, mientras que la especulación comenzó a comerse todo el sistema.

“Toda la gente quería especular, inclusive la Reserva Federal empezó a prestar dinero por horas, los bancos prestaban por horas, las personas pedían dinero, se iban a la bolsa unas horas, hacían una ganancia espectacular, el banco ganaba, lo mismo sus clientes y los especuladores. Esto fue lo que condujo al estallido de la bolsa de valores”, enfatizó.

Para Carlos Rozo, profesor de Economía Internacional de la UAM Xochimilco “lo más grave de la gestación de las crisis estriba en que los inversionistas se comportan totalmente racionales, ya que pretenden tener la máxima ganancia ante una situación. Cuando se crean las burbujas le apuestan a la mayor ganancia, a un proceso especulativo y entonces lo que hacen es agravar el problema. Cuando las burbujas explotan es cuando viene la crisis”.

“Cuando los inversionistas actúan racionalmente en lo individual, pueden generar resultados irracionales en lo colectivo”, enfatizó.

Inevitable. María Eugenia Romero recordó que la crisis fue prolongada. En 1933 apenas se comenzaba medio a salir y en este contexto hubo muchos cambios políticos. En Europa se dio el triunfo de las izquierdas y los movimientos fascistas y el nazismo en Alemania. La década de 1930 fue muy difícil ya que la gran Depresión estaba en su fase más profunda.

“Lo que ocurre es que las personas se negaban a aceptar que las crisis forman parte del sistema capitalista. No puede haber auge si no hay crisis. En ese entonces ocurrió un reacomodo de las doctrinas económicas y el único que conectó las crisis en los ciclos históricos fue Keynes”, recordó.

Rozo coincidió en que las crisis financieras dentro de la lógica capitalista son inevitables. “Lo que los bancos centrales pueden hacer es generar condiciones para que las crisis no sean tan recurrentes o tan graves, pero no pueden evitarlas”, añadió.

Romero subrayó que la crisis ocasionó la destrucción del comercio internacional y la gestación del aislacionismo comercial, ya que muchos países comenzaron a imponer aranceles y barreras proteccionistas. Asimismo, se devaluaron las monedas de 56 naciones.

“El patrón oro dejó de funcionar, ya que en 1931 se salen los ingleses y en 1933 los estadunidenses. Esto fue la debacle total. Desde 1933 hasta los acuerdos de Bretton Woods, en 1944, se normalizaron las relaciones financieras y comerciales internacionales”, enfatizó Romero.

Carlos Rozo comentó que después de la crisis de 1929, el entonces presidente estadunidense Franklin Delano Roosevelt instaura la política del New Deal, consistente en soltar dinero y hacer obra, y eso hizo que más o menos la economía reviviera, pero en 1937 y 1838 decidieron parar porque el gasto estaba generando déficit y volvió a darse una recaída. Esa recesión se resuelve con la Segunda Guerra Mundial.

¿Lección aprendida?. Miguel Ángel Jiménez, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM, expuso que “el mayor aprendizaje que dejó a los gobiernos capitalistas la gran depresión de los treinta es que se debe fomentar la demanda efectiva (consumo e inversión) a fin de poder incrementar los niveles de empleo o reducir las tasas de desempleo”.

“Es fundamental que no se incremente el ahorro que no encuentra un espacio para la inversión productiva”, recomendó.

“Entre mayor es la brecha que existe entre el producto y el consumo, mayor es el grado de inestabilidad para el crecimiento económico. Se deben promover mayores niveles de consumo para fomentar una mejora del efecto multiplicador que impacte positivamente en el empleo y crecimiento”, expuso.

Por otra parte, la gran depresión de los treinta es el golpe final a los fundamentos del liberalismo económico centrados en la “mano invisible de Adam Smith”. Nace el “Dirigismo económico” cuya finalidad es que debe ser a través de la rectoría del sector público que se determine el rumbo de la actividad económica. Surge la figura de la “empresa pública o paraestatal” como una necesidad del propio sistema capitalista, con el fin de garantizar el abasto y precios accesibles para la población, concluyó Miguel Ángel.