Jurací Ferreira Gonzaga, conocido por su familia y amigos como Bira, dejó su Bahia natal a los 18 años para irse a trabajar a São Paulo. En enero de 1994 se casó con Eliane Santana Sena, poco más de un mes antes del lanzamiento del Plan Real en Brasil. En esa época la pareja tenía una vida difícil. Él era obrero metalúrgico y ella dueña de casa; entre ambos ganaban unos R$ 600, equivalentes a unos US$ 600 de entonces.

Pero las cosas han cambiado para mejor. Bira tiene hoy 42 años y Eliane 36, y entre los dos generan unos R$ 4.000, cerca de US$ 2.400. Tras desempeñarse en varios oficios (chofer de bus y técnico de una telefónica), en 2003 comenzó a trabajar con su suegro como pequeño empresario de la construcción. Fue el año en que Lula llegó a la presidencia, y los negocios despegaron con la economía del país. Su mujer opera ahora un salón de belleza, que funciona en el mismo caserón que comparte junto a su suegro, su cuñado, su cuñada y sus sobrinos, en el barrio paulista Jardim das Rosas. “En total somos 11, pero cada familia en un espacio independiente”, dice Bira.

Bira es uno de los 41 millones de personas que dejaron la pobreza en los últimos ocho años, tal vez la reestructuración más importante de la pirámide social en la historia latinoamericana desde la llegada de los inmigrantes europeos. Un grupo que revoluciona los patrones de consumo de las economías latinoamericanas, pero que somete a nuevas presiones a los débiles sistemas de salud, educación y trabajo de América Latina.

Según cifras de la Cepal, desde 2002, el número de pobres en América Latina disminuyó de un 44% a un 32,1% de la población. “Esto puede verse desde dos ópticas: una como reducción de la pobreza o bien como ampliación de la clase media”, dice el economista mexicano Luis de la Calle. “Nosotros sentimos que el discurso siempre ha sido la reducción de la pobreza, pero el verlo como expansión de la clase media implica una oportunidad de negocios, de crecimiento. Lo que va a desarrollar al país es el crecimiento de la clase media” dice el economista.

De la Calle, uno de los principales negociadores mexicanos del TLC, es coautor junto con Luis Rubio (director del think tank Centro de Investigación para el Desarrollo) del libro Clasemedieros, un ensayo que con cifras y datos sostiene que, por primera vez en la historia, la clase media mexicana supera a los pobres.
Las cifras lo avalan. Según el estudio “En qué Medida es Clase Media América Latina”, de la OCDE, el porcentaje de hogares que gana entre 0,5 y 1,5 la mediana salarial en la región oscila entre un 36,7% en Bolivia y un 52,8% en México. El récord registrado en la venta de automóviles en 2010 en América Latina se debe justamente a la incorporación de esta clase media emergente al parque automotor, especialmente en Brasil, México, Perú, Colombia, Argentina, Panamá y Chile. Se trata, no obstante, de una clase media que difiere en sus hábitos de consumo y en su visión de la sociedad a los de los tradicionales clasemedieros.

“Con los matices de cada país, hay una clase media tradicional que creció con referentes importantes como la burocracia estatal. Normalmente esta clase media es fóbica hacia abajo y pretenciosa hacia arriba”, dice Martín Hopenhayn, director de la División de Desarrollo Social de la Cepal.

Según el experto, la clase media emergente, en cambio, no es fóbica hacia abajo y su aspiración es integrarse, lo que se manifiesta en su valoración de la educación. “Están dispuestos a cualquier cosa con tal de que sus hijos vayan a la universidad”, dice.

Voracidad e identidad. En agosto del año pasado Uruguay superó a Argentina en consumo de carne vacuna per cápita. “Así termina un reinado de más de un siglo, durante el cual nadie había amenazado nuestra orgullosa voracidad carnívora”, dice el periodista Héctor Huergo, editor del diario Clarín. Pero la noticia verdadera era otra: los argentinos comían menos carne simplemente porque estaba más cara. Después de sufrir un verdadero apaleo a comienzos de la década pasada, la clase media más orgullosa de la región ya no es la misma.

A diferencia de México o Brasil, en Argentina la identificación con la clase media tiene larga data. “Sólo la gente que realmente es muy pobre reconoce que no pertenece a ella”, dice Ezequiel Adamovsky, historiador y autor del libro Historia de la Clase Media Argentina. “La expresión ‘clase media’ nace en tiempos del peronismo, en 1946, como reacción a esa presencia plebeya, los trabajadores peronistas, en el principal escenario político”.

La clase media tradicional es fóbica hacia abajo y pretenciosa hacia arriba. La nueva clase media no.

Hasta esa fecha un médico hubiera considerado una ofensa ser considerado en la misma categoría social que un almacenero. La ironía es que las políticas redistributivas de los dos gobiernos de Juan Domingo Perón, tan amado como odiado, permitieron que esa clase media creciera como nunca en Argentina. A partir de mediados de los años 70 la ola comenzó a revertirse, primero lentamente, y con fuerza en los 90, cuando amplios sectores se empobrecieron. Las señales concretas de ello, afirma Adamovsky, profesor de la Universidad de Buenos Aires, son el surgimiento de los countries y barrios cerrados, donde se segregan los que les va mejor, y la dispersión de la oferta educativa, con degradación de la educación estatal. Dos fenómenos que llegaron a su clímax entre 2001 y 2003.

“Recién ahora estamos en un escalón arriba del momento previo a la crisis, pero el consumo se recuperó sin volver a las mismas marcas ni, necesariamente, a los mismos patrones”, dice Fernando Moiguer, presidente de Moiguer Compañía de Negocios, firma especializada en marketing y branding.

Aunque el consumo de carne haya disminuido, se observan otros movimientos significativos: a falta de asado, la clase media se encuentra en medio de un frenesí de consumo no visto desde los años 90, en plena convertibilidad peso/dólar. Y el pertenecer a la clase media es sentir que uno puede y merece darse una buena vida, que se define, no por el ahorro, el sentido de una misión nacional o una doctrina político-religiosa, sino por la educación y, crecientemente, por formas de consumo individual.
“Si una marca les habla a todos, seguro no me está hablando a mí, porque yo soy un ser único y distinto”, dice Moiguer: “Históricamente, la clase media aspiraba a ser clase alta, y por lo tanto consideraba que aprovechar y buscar comprar bienes con descuentos era un acto impropio para ellos. Necesitaban demostrar constantemente que podían; con esto, aprovechar las ofertas era mal visto socialmente. Hoy esto cambia y el consumidor ha construido aprendizajes, desarrollando músculo y experiencia, haciendo ‘uso y abuso` de estas oportunidades, sintiéndose cómodos e inteligentes”.

Otro aspecto visible no sólo en Argentina son los nuevos patrones de consumo cultural. “Tradicionalmente la clase media ejercía de árbitro entre el buen y el mal gusto, entre la alta cultura y la baja cultura”, dice Hopenhayn, de la Cepal. “Esa frontera se ha borrado: lo pop y lo kitsch ya no son necesariamente mal vistos. El cosmopolitismo tampoco es un atributo exclusivo de la clase media tradicional gracias a internet”.

Votos codiciados. Las nuevas clases medias son también un segmento crucial en prácticamente todos los países de la región y explican, en parte, los nuevos consensos y ofertas políticas que se imponen. Según el informe de la OCDE, “los estratos medios latinoamericanos expresan un claro apoyo a la democracia, pero son críticos con el funcionamiento de este sistema político, una opinión ampliamente influida por la baja calidad de los servicios públicos prestados por los Estados”.

Y aquí se observan también matices. Mientras en Argentina la vapuleada clase media en su conjunto depositó su confianza en Néstor Kirchner en 2003, y luego en su esposa, los menores de 25 años presentan una fuerte politización con demandas de proyectos colectivos que no se veía desde hace 40 años.

En México, por el contrario, resulta decidor el triunfo de manos de Felipe Calderón sobre Manuel López Obrador, el candidato de la izquierda tradicional que punteaba las encuestas poco antes de los comicios, y que no logró convencer a una masa crítica de electores acerca de las maldades del FMI y el neoliberalismo.

“Hay un grupo de personas relevante que le conviene que México siga siendo un país de pobres, porque con base en ello construye sus interpretaciones”, dice el académico y articulista Mario Schettino. “Pensar que México es clase media les destruye su esquema”.
Schettino se refiere a profesionales de la burocracia o los sindicatos, que luchan con un discurso proletario para no perder niveles de ingresos que los insertan en la clase media. “Pastoreo de la pobreza”, lo apodan Rubio y De la Calle en su libro. En opinión de Schettino, “estos grupos no están dispuestos a que entremos en una economía de libre mercado y en una democracia competitiva, porque sienten que perderían sus ingresos; son de clase media por nivel de ingreso, no lo son en su forma de pensar y eso es un problema”.

A diferencia del discurso “obrerista” de la izquierda mexicana, en Brasil el éxito del Partido de los Trabajadores se explica precisamente por lo contrario: cambiar de foco y promover la movilidad social. La campaña de Dilma Rousseff fue un carnaval de familias afrobrasileñas comprando vehículos nuevos, traspasando el umbral de la soñada casa propia y enviando a sus hijos a un buen colegio público. Una narrativa seductora, que explica en parte los 12 millones de votos de diferencia entre la candidata y su contrincante José Serra.

 

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VENTANA DEMOGRÁFICA
Por su tamaño, gran parte de la disminución de la pobreza regional se centra en Brasil, país donde las potencialidades y riesgos de la nueva clase media se manifiestan como en ningún otro.

Según el Centro de Políticas Sociales de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), más de la mitad de la población del país y el 46,2% del poder de compra del mercado interno se concentran en los sectores medios. Hoy todos tienen televisión, 90% tiene celular, la mitad adquirió un computador y aproximadamente 35% usa banda ancha, según un estudio de CNI/Ibope. También anhelan más acceso a planes de salud, escuela privada para los hijos y carteras de inversiones, ya que menos del 40% posee alguno de estos símbolos de la clase media tradicional brasileña.

“El país primero empobreció a su clase media, sobre todo durante la década de los 80, época en que debíamos demasiado, ahorrábamos menos e inflábamos nuestra moneda sin parar; ahora la estamos rescatando de la pobreza”, afirma Paulo Rabello de Castro, socio fundador de RC Consultores.

Según el economista, la pujanza económica y el consecuente ascenso social en Brasil pasan por el aumento de los precios de los commodities en el mercado internacional –motivado por el desplazamiento del centro económico mundial desde Estados Unidos a Asia– cuando los recursos para pagar la deuda externa provenían principalmente de la agroindustria. “Pero el factor decisivo para el ascenso de las masas pobres, el mayor fenómeno social de este comienzo de siglo, fue y sigue siendo la caída de las tasas de interés, que aún permanece alta, por encima del 10%”, dice Rabello.

A futuro las perspectivas parecen positivas. El PIB debiera crecer a una tasa anual de al menos 4,1% hasta 2015, año en el que se habrán creado 15 millones de empleos y, por lo bajo, unos US$ 63.000 millones más en salarios anuales.

Paralelamente la clase C también debiera seguir creciendo debido a la llamada “ventana demográfica” de los próximos 20 años, cuando la población económicamente activa será la mayoría de la población. Hasta ahora la mayoría eran jóvenes menores de 15 años, y a futuro serán los más viejos.

Sin embargo, los nuevos sectores medios en Brasil y en toda América son frágiles por una razón estructural. Según los datos de las encuestas de hogares, compilados por la OCDE, a excepción de Chile, hay más trabajadores informales que formales en los estratos medios. En países tan dispares como Bolivia, Brasil, Chile y México, de 72 millones de trabajadores de los estratos medios, 44 millones son informales, autoempleados o pequeños empresarios como Bira. Y los sistemas de protección social no logran llegar ni siquiera a la mitad de ellos.

“Hay una sensación de vulnerabilidad, pues no tienen un capital acumulado y muchos se dedican a emprendimientos inestables”, dice Martín Hopenhayn.

 

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Para el economista Marcio Pochmann, el grupo de brasileños que ascendió socialmente en esta primera década del siglo está más cerca de los working poors (los pobres con trabajo) que de la clase media de los países desarrollados. “Cerca de 90% de los brasileños no va al teatro o al cine y apenas un 15% tiene un nivel de escolaridad superior”, dice Pochmann, que preside el Instituto de Investigación Aplicada (IPEA, por sus siglas en portugués), una fundación vinculada a la Secretaría de Asuntos Estratégicos de la presidencia de la república. “El círculo virtuoso de la economía todavía depende de profundas transformaciones internas para perpetuarse”.

Desde un punto de vista estrictamente económico, muchos estiman que la nueva clase media sólo se consolidará cuando tenga acceso efectivo a seguros de salud y a instrumentos de ahorro de largo plazo. “Brasil debe reconsiderar su sistema de ahorro, estatizante y engañoso, especialmente el FGTS (Fondo de Garantía de Años de Servicio, por sus siglas en portugués). Mientras la población envejece, la situación podría tornarse insostenible”, dice Rabello de Castro.

¿Qué pasará a partir de 2030, cuando termine la ventana demográfica y los clasemedieros mexicanos y brasileños lleguen a la edad de jubilar?
Según Pochmann, Brasil debe “democratizar” la movilidad social y aumentar las tasas de inversión desde el 20% actual a 30% o 40% como algunos países asiáticos. “La clase media tradicional brasileña sigue inerte y se ve cada vez más incómoda con el avance de las masas hacia aeropuertos, escuelas y empleos. La falta de infraestructura para la expansión social puede generar animosidades y alimentar prejuicios”, dice.
Entre tanto, Bira y su mujer no paran. En los últimos dos años financiaron la compra de su primer auto, compraron un terreno (su primera inversión), un televisor plano de 42 pulgadas, cocina, refrigerador, lavadora y mobiliario nuevos, y un computador con banda ancha. “Sólo falta renovar la lavandería”, dice Bira, quien agrega que no sólo tiene aspiraciones materiales: su nuevo objetivo es terminar la enseñanza primaria.