El mes pasado, 30 alumnos de la Universidad de Osnabrück, en el Estado alemán de baja Sajonia, entraron en la historia. Los estudiantes, todos ellos imanes o consejeros religiosos de comunidades islámicas, participan durante varias semanas en una serie de seminarios sobre educación religiosa que nunca antes se habían ofrecido en una universidad alemana. Las clases, preparadas especialmente para la comunidad musulmana, tratan de la gestión de conflictos y sirven de introducción al sistema jurídico y social de Alemania, entre otros asuntos. Para muchos, los seminarios permitirán que los millones de musulmanes que viven en Alemania puedan integrarse mejor en el país. Otros no tienen tanta confianza en su éxito.

Se trata de un debate muy amplio que está teniendo lugar en la Unión Europea (UE) durante las últimas semanas. En Francia, el presidente Nicolas Sarkozy ha mantenido acaloradas discusiones con la Comisión Europea después de ordenar, el verano pasado, que más de 1.700 rumanos de etnia gitana fuesen expulsados del país y retornen a Rumania y Bulgaria, contrariando de forma explícita las normas de libertad de movimiento de la UE.

 

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Mientras tanto, los demócratas suecos de extrema derecha han logrado su primera representación en el parlamento en las elecciones generales de septiembre después de hacer campaña contra la inmigración, una plataforma semejante a la que se ha observado desde hace varios años en Dinamarca, Noruega, Holanda y Austria.

Respecto a Alemania, el debate nacional en torno a la inmigración ha sido aún más intenso después de que un empleado del banco central, Thilo Sarrazin, se viese obligado a renunciar al cargo que ocupaba en la dirección ejecutiva del Bundesbank y fuera expulsado del Partido Social Demócrata, de centro-izquierda, después de publicar un libro controvertido en que afirma que la inmigración está rebajando el nivel intelectual en Alemania.

En una era en que el número de inmigrantes ha estado creciendo, estos últimos acontecimientos pueden dar la impresión de que la tensión en Europa estaría a punto de fragmentarla. En todos los estratos sociales, crecen los temores, agravados por la crisis económica, de que los inmigrantes estarían entorpeciendo a Europa, en vez de ayudarla, quitando empleo a los europeos, presionando los sistemas sociales y perjudicando de forma irreparable las identidades culturales nacionales.

 

"Esa preocupación no es nueva", dice Mauro Guillén, profesor de Gestión de Wharton. Tampoco es nuevo que los extranjeros inmigren hacia Europa, dice él, "pero la inmigración ha aumentado mucho en los últimos 20 o 30 años". Y al igual que en ocasiones anteriores, en que los niveles de desempleo eran demasiado altos y las economías atravesaban grandes dificultades, "los políticos que quieran explorar el sentimiento populista contrario a la inmigración [...] no tendrán dificultad alguna para hacerlo".

 

A diferencia del pasado, sin embargo, hay un volumen de investigaciones cada vez mayor de especialistas en economía y gestión de ambos lados del Atlántico que tratan de explorar si, y en qué circunstancias, la inmigración es beneficiosa para Europa desde el punto de vista económico y social. Buena parte de ese trabajo derriba algunas percepciones equivocadas y presenta un amplio abanico de ideas sobre cómo lidiar con la inmigración en la UE. Según dice Guillén, "no se trata de un juego en el que de forma obligatoria uno deba perder y otro ganar".

 

Cruzando la frontera

. Hay indicios de que la inmigración en el continente europeo ha disminuido ligeramente el año pasado a medida que las oportunidades económicas se han vuelto más escasas. Desde una perspectiva de mayor largo plazo, sin embargo, Europa siempre se ha alineado a una tendencia más amplia de crecimiento. De acuerdo con La Agencia Internacional de Migración, una organización que trabaja con gobiernos y comunidades de inmigrantes, el número de inmigrantes en el mundo ha crecido en los últimos diez años, pasando de una cifra estimada de 150 millones de personas, en 2000, a 214 millones hoy en día, o cerca de un 3% de la población mundial.

 

En otras palabras, dice la agencia, una en cada 33 personas es inmigrante en el mundo hoy día, frente a una de cada 35 en 2000. El impacto de ese desplazamiento sobre la economía mundial es significativo: de acuerdo con la agencia, las remesas enviadas por los inmigrantes a su país de origen pasó de US$ 132.000 millones, hace diez años, hasta cerca de US$ 414.000 millones en 2009.

 

En Europa, en particular, el gran cambio en la dinámica de la inmigración tuvo lugar en 2004, cuando la UE incorporó a 12 nuevos estados miembros; y, tres años después, cuando Bulgaria y Rumania entraron en el bloque. De acuerdo con informaciones de especialistas en estadística de la UE en Eurostat, los 27 países miembros recibieron 32 millones de ciudadanos extranjeros en 2009, o un 6,4% de la población total de la UE, de los cuales cerca de un tercio proceden de otros países del bloque. De los 27 países miembros, Alemania tiene el mayor número de ciudadanos extranjeros, un total de 7,2 millones; seguida de España, con 5,6 millones; y Reino Unido, con poco más de cuatro millones.

 


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Ahora ya no sorprende el hecho de que los inmigrantes constituyan un 10% de la población de un país europeo, "el mundo se ha vuelto un lugar pequeño", dice Christian Dustmann, profesor de economía de University College London y director del Centro de Investigaciones y Análisis de Inmigración. Dustmann, que es alemán y estudia el fenómeno de la inmigración hace más de 20 años, dice que "la cuestión tiene múltiples aristas. Para algunos, hay ventajas; para otros, desventajas".

 

Por un lado, "si analizáramos los datos concretos, para las empresas que necesitan mano de obra cualificada y flexible, la inmigración es importante", dice. "Por otro lado, la población en general reacciona pensando en su empleo" y en el impacto de la inmigración en el día a día. Estudios hechos en Alemania, por ejemplo, muestran que las opiniones de Sarrazin coinciden con la de mucha gente. Investigadores de TNS Emnid relataron que cerca de un quinto de los alemanes votaría a favor de un "partido de Sarrazin", mientras otras investigaciones constataron que un 46% se sentían "extranjeros" en su propio país, y muchos dudaban de la habilidad y de la disposición de los inmigrantes de aprender el idioma local.

 

Al mismo tiempo, para muchos europeos, la inmigración es una forma de ayudarlos a combatir lo que Guillén, define como "bomba de relojería": las bajas tasas de natalidad y el envejecimiento de la población indican que un número cada vez mayor de europeos está jubilándose, en vez de continuar en activo, presionando de esa forma los sistemas sociales. Klaus Zimmermann, presidente del Instituto Alemán de Investigación Económica, un centro de estudios de Berlín, dijo a un reportero de un periódico local que hasta 2015 el país "perderá cerca de 250.000 trabajadores", que se jubilarán, y que "necesitará por lo menos 500.000 inmigrantes más al año para garantizar nuestra pujanza económica".

 

 

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Especialistas en población observan que los inmigrantes europeos son, en general, más jóvenes que la población nativa. De acuerdo con Eurostat, la media de edad de la población nativa es de 41,2 años actualmente, frente a 34,3 en el caso de los ciudadanos extranjeros. Además, estos últimos tienen más hijos. "Esto ha ayudado a reequilibrar un poco la demografía", dice Guillén. En el futuro, según los especialistas, es irrealista imaginar que sólo el influjo de inmigrantes será capaz de solucionar el envejecimiento de la población europea dada la magnitud del desequilibrio, aunque éste sea un paso en la dirección correcta.

 

Costes y beneficios

. Sin embargo, ¿habría otras formas mediante las cuales los inmigrantes estarían perjudicando a las economías europeas? Para responder a esa pregunta, Dustmann analizó diversas regiones de Reino Unido, bajo los aspectos del coste fiscal y de los beneficios derivados de la presencia de inmigrantes del este europeo después de 2004. "Nos decían que había una gran incidencia de abuso en el sistema", es decir, los inmigrantes reivindican un volumen excepcional de beneficios sociales, dice Dustmann. "Investigamos las reivindicaciones y constatamos que, incluso en las circunstancias más negativas, los inmigrantes contribuían mucho más al sistema de lo que obtenían de él. Fue una gran sorpresa".

 

La investigación mostró que los países del llamado grupo de acceso 8 (A8) — República Checa, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia y Polonia— representaban un 0,91% de la población de Reino Unido en el año fiscal 2009, pero contribuían con un 0,96% del total de ingresos y representaban sólo un 0,6% de los gastos totales. Además de tener un 60% menos de probabilidades de reclamar beneficios que los nativos, los inmigrantes del grupo A8 reciben, de media, salarios un tercio menores.

 

Otras investigaciones dejaron aún más claro el impacto económico de la inmigración. Giovanni Peri, profesor de Economía de la Universidad de California, en Davis, participó junto con un equipo de investigadores en el análisis de datos de 15 años procedentes de partes de España donde hay comunidades compactas de inmigrantes de países específicos —colombianos, por ejemplo, en la región de Valencia— para averiguar si tenían algún impacto sobre la competitividad del comercio local y las inversiones extranjeras. La investigación constató que un aumento del 10% de la comunidad de inmigrantes de un país específico en una determinada provincia había elevado entre un 0,5% y un 1% las exportaciones locales hacia el país de origen de aquella población.

 

"Gracias al conocimiento de las reglas locales y a el dominio de su idioma nativo, esos inmigrantes reducen las barreras de entrada", dice Peri. Ellos amplían la variedad de productos importados por los países y aumentan el número de clientes servidos por las empresas. "Eso muestra que el mundo está cada vez más interconectado", añade el profesor.

 

Peri provocó una gran conmoción a principios de año al publicar la investigación sobre inmigración en EEUU cuando era profesor visitante del Federal Reserve Bank de San Francisco. Él mostró que la inmigración no reduce el número de empleos disponibles para los nativos, tal y como siempre se ha creído. "Las personas creen que hay un número fijo de empleos en un país", dice él. Pero es un "mito" decir que el inmigrante se queda con el empleo del trabajador nativo, sobre todo porque el inmigrante "es contratado por sectores de los que los nativos se están saliendo".

 

Además, los sectores en que se encuentra la mayoría de los inmigrantes como, por ejemplo, la construcción civil, ofrecen empleos que complementan, en vez de sustituir, el trabajo de los nativos. Peri dice que eso puede ayudar a mejorar tanto el salario como la productividad de nativos e inmigrantes. "Siempre que hay una gran oferta de mano de obra, se crean oportunidades para que las empresas se expandan", dice Peri, especialmente si los inmigrantes ocupan plazas que no exigen grandes habilidades lingüísticas y de comunicación, dejando los empleos mejor remunerados de supervisión, que exigen esas habilidades, para los trabajadores locales.

 

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Peri, nacido en Italia, realiza investigaciones actualmente en su base, en la Universidad de Milán, en Bocconi. Las tendencias, según él, son semejantes en ambos lados del Atlántico, pero con una diferencia fundamental. "Los mercados de trabajo en Alemania, Italia y España son más rígidos", dice él. Esto se explica, en parte, por la influencia de los sindicatos locales, es decir, "las redes locales son más fuertes, por lo tanto los locales tienden a organizarse más y la competencia en el mercado de trabajo es menor".

 

Entre las desventajas de ese sistema está el hecho de que los trabajadores nativos menos preparados, y que están en el último escalafón de la jerarquía profesional, tienden a quedarse donde están, mientras sus compañeros americanos tienden a desplazarse, dejando abiertas esas posiciones y avanzando a puestos más altos. En el contexto europeo más rígido, "es difícil que los inmigrantes ingresen en la fuerza de trabajo local", dice Peri. Eso explica por qué las tasas de desempleo son más elevadas en Alemania, Italia y España entre inmigrantes que entre la población nativa, añade Peri, "mientras que en EEUU ocurre el contrario: la tasa de desempleo entre los inmigrantes es menor que entre los nativos". Las ganancias positivas de productividad en Europa, por lo tanto, tal vez no sean tan elevadas como en EEUU, y la marginalización es posiblemente un poco mayor.

 

Con relación a los salarios, dice Peri, "hay un consenso muy fuerte entre los economistas de que la inmigración produce un efecto agregado positivo". El debate comienza, según Peri, por la siguiente cuestión: ¿quién se beneficia más y quién se beneficia menos? "El desacuerdo aparece en las discusiones sobre el efecto en los salarios de los profesionales del país anfitrión con menos preparación y menos educación formal. En mi opinión, las pérdidas salariales son nulas; hay quien cree que hay pérdidas. Sin embargo, incluso en ese caso, estamos hablando de unos pocos puntos porcentuales hacia arriba o hacia abajo".

 

Políticas de oficina

. Otros factores importantes suelen ser ignorados. Uno de ellos es el que tiene lugar cuando la cultura del inmigrante choca con la de los locales. Ese es un área que Nancy Rothbard, profesora de Gestión de Wharton, explora actualmente. "En la literatura de la diversidad hay una premisa básica conocida como 'atracción de los semejantes', un concepto que trata la forma en que las personas se sienten atraídas por otras semejantes y están más cómodas con ellas", dice Rothbard. "Mi argumento, y el de mis compañeros, es que cuando las personas están en diferentes grupos, ellas tienden a tratar de mantener la parte personal de su vida aislada y, siempre que sea posible, evitar la divulgación de información que explique por qué son diferentes de las demás". Según la investigadora, su trabajo actual muestra que eso afecta la calidad de las relaciones profesionales, "además de que, otros trabajos sobre diversidad muestran que cuando la calidad de las relaciones se ve afectada, el buen desempeño del trabajo conjunto se ve comprometido".

 

Debido al número creciente de empresas que apuestan por la globalización, ése es un desafío con el que muchos ejecutivos no pueden o no quieren lidiar, dice Rothbard. "Es difícil para un CEO decir que la diversidad puede no funcionar del modo que gustaría que funcionara", añade la investigadora. "Pero la cosa no funciona del modo que nos gustaría cuando creemos que todo va a salir bien. Es ahí cuando empiezan los problemas".

 

Sin embargo, el conflicto puede empeorar antes de mejorar. Muchos países europeos dicen que no disponen de un número suficiente de trabajadores expertos. Ese es el caso de Alemania, donde, de acuerdo con los especialistas, faltan ingenieros, científicos y otros trabajadores de cuello blanco con buena preparación, lo que cuesta al país entre 15 y 20 mil millones de euros al año. Al igual que otros países de la UE, Alemania relanzó un antiguo sistema semejante al sistema de la tarjeta verde de EEUU, que no despegó cuando se lanzó hace cuatro años. Esta vez, sin embargo, el umbral del salario exigido para que los inmigrantes obtengan el visado se redujo; al mismo tiempo, un ministro del gobierno dijo que las empresas deberían ofrecer un "dinero de bienvenida" para atraer más inmigrantes de cuello blanco.

 

No todos los especialistas en inmigración elogian estos esfuerzos. "Siempre digo que si se concedieran visados solamente a las personas con un grado elevado de preparación, ¿qué pasaría con las otras cuyas habilidades son igualmente necesarias?", observa Sergio Carrera, investigador del Centro Europeo de Estudios Políticos (CEPS), un centro de estudios de Bruselas. "Cuando el asunto es política de inmigración, hay algunos políticos que dicen satisfechos: 'Estamos gestionando el tipo de inmigración que nos interesa', y estamos atentos a otros que no queremos, porque los consideramos una amenaza para nuestra estabilidad económica".

 

Carrera dice que muchas de las medidas tomadas actualmente por miembros de la UE, que tratan de forma discriminatoria a ciertos inmigrantes —principalmente aquellos gobiernos más radicales, como el gobierno de Francia que expulsó a los rumanos—, van en contra de la estructura de derechos humanos que abrazaron cuando se hicieron miembros de la unión. La UE, por su parte, "se está empeñando en reforzar lo que es aceptable según los acuerdos de derechos humanos firmados por los miembros en el transcurso de los últimos 11 años, y hay dificultades entre los miembros siempre que llega el momento de establecer una política única de inmigración. "Se trata de una cuestión que afecta las sensibilidades nacionales, porque está vinculada a la identidad, a los poderes tradicionales del estado-nación, a quien está incluido y quién no en el derecho de solidaridad social", dice Carrera.

 

A fin de cuentas, las necesidades económicas acaban superando todas las cosas. Como dice Dustmann, de la UCL, "ya no estamos en una economía que nos permita cerrar las fronteras".