Todo apunta a que la economía chilena está recuperándose de los reveses sufridos en los últimos tiempos y algunos analistas incluso sugieren que el país podría volver a crecer a tasas similares a la "década de oro".

Pese al terremoto y posterior tsunami que afectaron a Chile el pasado 27 de febrero, el incremento del desempleo y el cierre de numerosas pymes en 2009 a raíz de la crisis financiera internacional, hoy la economía chilena atraviesa por un ciclo de recuperación tan favorable que la ha situado como el primer destino latinoamericano de inversión extranjera directa durante el primer trimestre de 2010. Así, durante la reciente Conferencia Mundial para el Comercio y el Desarrollo de las Naciones Unidas, la ONU dio a conocer en un informe que Chile, con un monto de US$5.700 millones, desplazaba a Brasil (US$5.600 millones) y México (US$4.333 millones) como plazas favoritas de los inversores.

Es más, la Cámara de Comercio de Santiago prevé que el ingreso de capitales extranjeros a Chile podría situarse entre los US$15 mil y los US$20 mil millones al término de 2010. Ello gracias al vertiginoso ritmo que está evidenciando el sector servicios, las comunicaciones, la industria minera y las ventas del comercio, asociado a un mayor gasto público y privado fruto de la reconstrucción. En resumen, un cóctel de positivos indicadores que son resultado de una significativa expansión de la demanda interna, explica en un comunicado el Banco Central del país.

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Casi 20% de la fuerza laboral chilena no completó los ocho años de educación primaria, mientras que 40% no terminó los últimos cuatro grados.

Los analistas proyectan que la economía chilena podría crecer 6% al término de este año, lo que estaría en sintonía con la meta trazada por el Gobierno de Sebastián Piñera. En 2009, la economía chilena se contrajo 1,5%. El optimismo de mercado ha calado tan hondo, que han surgido voces desde el sector privado indicando la posibilidad de que el país vuelva a crecer a 7% anual, tal y como hizo entre 1987 y 1997, período conocido como la “década de oro”.

Sin embargo, es extremadamente difícil volver a crecer a 7% anual, afirma Juan Eduardo Coeymans, profesor de Macroeconomía del Instituto de Economía de la Universidad Católica de Chile, porque durante ese período se confabularon factores muy sui generis. “En esos años Chile estaba saliendo de una dictadura militar y la llegada de la democracia potenció la liberalización económica y el libre comercio”, dice, lo que incrementó la confianza de los inversores y facilitó la entrada de importantes capitales extranjeros, gestándose además un excelente clima político para aprobar una serie de reformas y un sinnúmero de tratados de libre comercio con las principales economías del mundo.

Ninguna de estas variables se podrían volver a repetir hoy con la misma intensidad, advierte, ya que, por ejemplo, Chile ha aprovechado al máximo su apertura comercial y actualmente cuenta con más de 20 tratados de libre comercio firmados con países como Estados Unidos, China, Japón, Australia, o con los bloques comerciales Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, y Chile como Estado Asociado) y la Asociación Europea de Libre Cambio (Austria, Dinamarca, Gran Bretaña, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza), entre otros.

El rezago educacional y laboral. Sin duda, es difícil volver a replicar la globalización económica que protagonizó el país durante la década de oro. No obstante, algunos postulan que es posible volver a lograr el clima de consenso político para impulsar importantes reformas, entre las que debería destacar, en primer lugar, la relacionada con la calidad de la educación, plantea Rodrigo Fuentes, profesor de Crecimiento Económico del Instituto de Economía de la Universidad Católica de Chile.

“No se puede aspirar a 7% de crecimiento anual sin acelerar la productividad, y para lograrlo hay que mejorar el capital humano, lo que a su vez implica incorporar iniciativas para optimizar el nivel de la educación”, dice. Asimismo, comenta que para que los trabajadores se capaciten adecuadamente en la adopción de nuevas tecnologías, adquieran más conocimiento y se profesionalicen en sus respectivas áreas, éstos deben contar con una buena base de educación formal.

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Y justamente este punto es el talón de Aquiles de la fuerza laboral chilena, opina Andrea Repetto, profesora de Economía de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, debido a que “el nivel de escolaridad de nuestros trabajadores es bajo y así lo han demostrado los estudios que se han llevado a cabo”. Según la encuesta CASEN 2006 -principal instrumento de medición del gobierno para evaluar la política educacional, siendo la más reciente y pública-, casi 20% de la fuerza laboral chilena no completó los ocho años de educación primaria, mientras que 40% no terminó los últimos cuatro grados.

En cuanto a pruebas internacionales de evaluación educacional, los niños chilenos se han sometido al TIMSS de la IEA (International Association for the Evaluation of Educacional Achievement), en 1999 y en 2003, y la prueba PISA (Programme for International Student Assessment), en 2000 y 2009. Los resultados en ambos test, afirma Repetto, colocan a Chile entre los países con peores resultados y por debajo de los estándares internacionales.

Por lo tanto, el país se enfrenta a un tremendo desafío, asegura Fuentes, dado que mejorar la calidad de la educación es un proceso de largo recorrido, cuyos resultados sólo se verán en las próximas generaciones. Sin embargo menciona otros sectores que son claves para incrementar la productividad y que, a su juicio, pueden ser optimizados en un corto período de tiempo, como por ejemplo el mercado laboral. En este punto, Fuentes propone la urgente tarea de flexibilizar la jornada laboral, cambiar el sistema de indemnización por un seguro de desempleo e incorporar políticas más efectivas de reajuste salarial mínimo, “de tal forma que el alza salarial se refleje en un aumento de la productividad real”.

Repetto añade que también es importante resolver la altísima rotación que caracteriza al mercado laboral chileno, debido a que 35% de los trabajadores formales del país tiene un contrato temporal que suele durar sólo seis meses y aquellos trabajadores con contratos indefinidos también rotan rápidamente. La mitad de éstos últimos no alcanza a desempeñarse 12 meses en el mismo empleo, según datos del Seguro de Cesantía en Chile. “Así, resulta difícil capacitar a los trabajadores y se gastan muchos recursos en la rotación misma”, dice.

Además es necesaria la adopción de otras importantes estrategias, comenta, tales como el fomento del teletrabajo e incentivos laborales para que las empresas contraten a mayor número de jóvenes y mujeres.

El alto coste de la energía. Otro reto pendiente que Chile arrastra hace tiempo y que impacta fuertemente en su productividad, es la dependencia del país con el alto coste de la energía, recalca Guillermo Le Fort, profesor de Economía de la Universidad de Chile, en un reportaje publicado en la revista chilena de economía Capital. “Si no logramos bajar significativamente el elevado coste de la energía mediante la explotación de todas nuestras potencialidades, será difícil volver a recuperar la productividad”.

Entre 1995 y 2003, Chile logró mantener una estructura de costes energéticos bastante competitiva, gracias a que en ese período el país se abasteció principalmente de gas natural argentino a un bajo precio, y en virtud de un acuerdo firmado con la nación trasandina. Pero a partir de 2004 el escenario energético de Chile dio un dramático vuelco: Argentina restringió los envíos del hidrocarburo, obligando a las centrales eléctricas chilenas a adaptar rápidamente su estructura para operar con diesel importado, lo que hizo disparar los costes.

Actualmente, dos tercios del total de la energía eléctrica que requiere Chile son generados con recursos hídricos propios, y considerando que la producción doméstica de petróleo, gas natural y carbón es muy baja, el país está obligado a importar petróleo y gas natural licuado (GNL) a un alto precio.

Y si bien el país cuenta además con pequeños proyectos de ERNC (Energías Renovables No Convencionales) que están operando en el norte y sur de Chile, basados principalmente en generación eólica, solar y biomasa forestal, “el coste de desarrollar iniciativas de ERNC sigue siendo aún muy elevado para constituirse en alternativas energéticas atractivas”, afirma Hugh Rudnick, profesor del Instituto de Ingeniería Eléctrica de la Universidad Católica de Chile.

¿Cuáles son, entonces, las mejores opciones que Chile tiene para lograr costes energéticos más competitivos? En su opinión, aprovechar al máximo los recursos hidroeléctricos propios, además del carbón. El problema es que habrá que esperar entre este año y 2012 para contar con nuevos complejos hidroeléctricos y centrales a carbón operando, debido a que éstos recién están en etapa de construcción.

Mientras tanto, el país puede avanzar en otros ámbitos que son estratégicos para alcanzar la anhelada meta de 7% anual, y uno de ellos es la eficiencia administrativa del Estado, indica Coeymans. “Parece haber un enorme despilfarro de recursos en el Estado, cuando se descubre que hay 70 periodistas trabajando al interior de un mismo ministerio”, sentencia. Recientemente, el ministerio de Salud encargó una auditoría interna, que arrojó que en esta cartera de gobierno se desempeñaban 160 abogados y 70 periodistas, noticia que salió a la luz pública provocando un escándalo.

En consecuencia, es prioritario que el Estado concentre sus esfuerzos en corregir estas ineficiencias administrativas, comenta Fuentes, ya que ello está distorsionando la correcta asignación de los recursos, contribuyendo sólo a incrementar los costes de producción.

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El cobre y la baja deuda fiscal. Pese a los grandes desafíos que se presentan, el consenso entre los expertos es que Chile cuenta con varios elementos a favor que le permitirían alcanzar altas tasas de crecimiento, siendo uno de ellos el alto precio que hoy registra el cobre en el mercado internacional.

Actualmente, el metal rojo se cotiza sobre los US$3,30 la libra en la Bolsa de Metales de Londres y ello, precisa Coeymans, “está incentivando a que las grandes empresas mineras que operan en Chile, inviertan más capital para incrementar su producción”. Según la Cámara de Comercio de Santiago, la industria minera lideró la inversión extranjera directa en el país, inyectando cerca de US$1.600 millones entre enero y marzo de este año.

Sin embargo, el hecho de que Chile -primer productor mundial de cobre- sea un país tan dependiente de la extracción del mineral, “es un arma de doble filo”, advierte Javier Bronfman, Profesor de Políticas Públicas de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, “y nos pone en una situación delicada frente a los vaivenes internacionales del commodity”. El estallido de la crisis internacional en septiembre de 2008, golpeó a la baja el precio del mineral, transándose en apenas US$1,14 la libra, lo que impactó fuertemente en los costes de producción de las empresas mineras y provocando el cierre de numerosas pymes vinculadas al sector.

Es por ello que Coeymans sugiere que el Estado aplique eficientes mecanismos de cobertura de riesgo de precios, para proteger no sólo a los pequeños mineros, sino a todo el conjunto de las pymes, “dado que éstas son responsables de generar más del 60% del empleo en Chile, aportando con el 30% del PIB”.

Pero el cobre no lo es todo. Chile hoy posee además sólidas cuentas macroeconómicas, que son un importante motor para el crecimiento, “y el mejor ejemplo es su bajísima deuda fiscal, que representa sólo 5% del PIB, según el último informe del Fondo Monetario Internacional”, explica Dalibor Eterovic, profesor de Economía Política de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez y gerente de estudios economía y renta fija de LarrainVial, empresa chilena de servicios financieros.

De igual forma, comenta que en un contexto de sobre endeudamiento global que está afectando a varios países desarrollados, “Chile presenta características de activo seguro o safe heaven, lo que le permitirá atraer con mayor facilidad capitales extranjeros”.

En cualquier caso, los expertos señalan que Chile tiene el futuro en sus manos: o se hace cargo de las grandes tareas pendientes para convertir este impulso económico en un alto y sostenido crecimiento, o puede dejar pasar esta bonanza, que hoy tiene más que satisfechos a los empresarios del país.