Decía John Maynard Keynes que el trabajo de un banquero central era más parecido a un arte que a un trabajo técnico.

Y con toda seguridad, hoy, ese genio artístico de un banquero central, con unas economías tan integradas y unos mercados tan interrelacionados, tiene que estar mucho más desarrollado que en épocas de Keynes, más si se trata del jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), el banco central que con sus decisiones influye a todos los mercados y mueve a todo el orbe.

Pues bien, este miércoles la presidenta de dicha institución, Janet Yellen, demostró ser la alumna más aventajada del célebre economista inglés.

La Fed, en la reunión de este miércoles, elevó el objetivo sobre el rango de los futuros federales en 25 pb para ubicarlo entre 0,75% y 1%. Y además les advirtió de que vendrán más. No obstante, los mercados entraron en trance, en arrebato, brindaron, celebraron y volaron, desde las bolsas, a los bonos del Tesoro, o al peso mexicano.

Y justamente ahí reside el arte de Janet Yellen. Su tarea es harta complicada al tener que lograr dos objetivos en teoría contrapuestos.

Por un lado, normalizar la política monetaria, incrementar las tasas de interés tras la etapa de expansión monetaria más agresiva y larga de la historia.

Y lo tiene que hacer porque la situación empieza a ser apremiante. Cada vez la Fed está más cerca de alcanzar su doble objetivo de máximo empleo y estabilidad de precios. La economía estadunidense toma aire y crece a buen ritmo, se crean muchos empleos, la inflación ha repuntado con rapidez, hay un optimismo rampante entre los agentes económicos, sean consumidores o empresarios, y cierta euforia entre los inversionistas.

Y las tasas de interés aún están demasiado bajas y hay que reconducirlas a niveles más neutrales. 

Pero aumentar las tasas de interés, más si te llamas Fed, es un tema muy delicado, que genera malestar al resto del mundo, más aun cuando el crecimiento global es débil y casi todos los bancos centrales tienen las tasas por los suelos con el objetivo de reactivar sus economías.

Por lo tanto, el otro objetivo es tener a todos contentos, porque si se espantan se puede arruinar todo el trabajo. En consecuencia, se precisa actuar con la sutileza de un orfebre, con el buril más preciso, con la pincelada más refinada.

Y esa destreza es la que tiene Janet Yellen. Aumentó las tasas de interés, dijo que vendrá más, pero, al mismo tiempo, dejó el mensaje de que nada había cambiado, de que “en esencia” todo permanecía igual respecto a las expectativas que manejaban en diciembre, tanto en lo que se refiere a las perspectivas macroeconómicas como al ritmo de futuras subidas de tasas.


No cambió su pronóstico de crecimiento para 2017,  que dejó en 2,1%. Tampoco mudó la tasa de desempleo que estima a finales de 2017, de 4,5%.

Ni revisó la tasa de inflación que prevé para el último trimestre de 2017, de 1.9%, medido por el deflactor del gasto de consumo.

Sólo revisó al alza el pronóstico del deflactor del gasto de consumo subyacente,  esto es, excluyendo alimentos y energía, que pasó de 1,8% a 1,9%. Un detalle nimio, que quizás deja desliar algo de preocupación con el comportamiento de la inflación.

Por otro lado, ahuyentó, al menos de momento, el gran temor del mercado, que este año subieran las tasas más de lo que en un inicio se esperaba. Que en vez de tres veces, los funcionarios de la Fed empezaran a pensar en cuatro o más veces.

Pero nada de eso pasó.

El famoso gráfico de puntos fortaleció la expectativa de tres aumentos de tasas a lo largo de 2017: en vez de seis funcionarios, ahora son nueve los que esperan tres incrementos, en dosis de 25 pb, para terminar el curso en un rango de entre 1.25% y 1.50%.

Por otro lado, los que esperan cuatro o más aumentos son cinco funcionarios, los mismos que en diciembre. Por tanto, la Fed seguirá aumentando las tasas de manera gradual, en las tres veces que venía previendo.

Sin embargo, había algunos resquemores, y se los plantearon a Yellen durante la conferencia de prensa, y con razón.

Entonces le preguntaron que por qué no aumentaba sus pronósticos de crecimiento si ha mejorado la confianza de los consumidores y de los empresarios y el presidente de Estados Unidos promete políticas fiscales expansivas.

A eso la venerable Yellen dijo que si bien la confianza había mejorado, no había aún evidencias de que ese mejor ánimo de los consumidores se estuviera traduciendo en un mayor gasto, o que el  mejor humor de los empresarios se estuviera reflejando en una mayor inversión, sino que también en ellos existe incertidumbre y están esperando medidas concretas antes de tomar decisiones.

Inflación

Respecto a los pronósticos de precios tampoco se mostraron muy conformes. La inflación en enero ya alcanzó el pronóstico de 1.9% para todo el año. ¿No se estaba viendo demasiado complaciente? Y en eso Yellen fue tajante: la inflación subyacente aún está por debajo de 2% y la general se ha visto presionada por el petróleo, lo cual puede ser temporal. 

E igual que la inflación general se desvió durante un tiempo de la meta de 2.0% y estuvo sustancialmente por debajo, también puede sufrir moderadas desviaciones al alza sin que ello implique que el objetivo de 2.0% esté en peligro.  Y remachó: el 2% de inflación es una meta, no un techo,  restándole importancia al hecho de que se pudiera ver rebasado en el corto plazo.

Finalmente, también hubo dudas respecto al comunicado y al ritmo de subidas de tasas. El comunicado de la Fed de febrero decía que las condiciones de la economía garantizan “sólo” aumentos graduales en las tasas, y en el comunicado de ayer se retiró la palabra “sólo”.

¿Significa que serán menos graduales? ¿O qué significa ser gradual? Janet Yellen respondió que dentro de “gradualismo” se engloba tanto  las tres veces que esperan subir las tasas este año, como dos o cuatro veces, cubriéndose la espalda  ante la posibilidad  de que tengan que subir las tasas menos o más de lo previsto. El arte de la política monetaria que propugnaba Keynes se basaba en la discrecionalidad frente a las reglas, y como gusta decir a Yellen, “el curso de la política monetaria no está determinado” y “todo depende de los datos”.

Los inversionistas quedaron satisfechos con el mensaje de la Fed, tanto que lo celebraron a lo grande. Wall Street se fortaleció tras la reunión y acabó con firmes ganancias.

El  Dow Jones ganó 0.54%; el S&P 500, 0.84% y el Nasdaq, 0.74%. Lo mismo le  pasó a la Bolsa mexicana (+0.81%) y al Bovespa de Sao Paulo (+2.37%). También se relajó la curva de rendimientos de Estados Unidos: la tasa de 10 años, que antes de la Fed descendía 3 pbs, terminó bajando 11 pbs a 2.49%.

Finalmente, el miedo a que los flujos regresaran en masa a Estados Unidos fortaleciendo al dólar y debilitando al resto de divisas del mundo no sucedió. Es más, todas las principales monedas del mundo se apreciaron respecto al dólar, liderados por el rand sudafricano (+2.86%) y el peso mexicano (+2.32%), que acabó en 19.22 pesos por dólar,  también apoyado por las declaraciones del asesor en Comercio de Trump, Peter Navarro, rebajando las declaraciones sobre el Nafta. 

Por tanto, ayer, Janet Yellen lo bordó. Logró dar otro apretón monetario; advertir que vienen más alzas, sin descartar que al final puedan ser cuatro subidas; y que los inversionistas celebrarán como si les hubiera caído del cielo el mejor regalo del mundo. Ni al mismo Keynes le habría salido todo tan bien.