Excelsior.com.mx No parece que sea casualidad que al mismo tiempo que el libro del economista francés Thomas Pikkety titulado Capital in the Twenty-First Century se convierte en un best-seller y un fenómeno mediático, con elevadas repercusiones sociales y, con bastante seguridad, electorales, más de un gobierno haya tomado nota de alguna de sus prescripciones para reducir la rampante desigualdad económica: incrementar los impuestos sobre la riqueza con un mayor gravamen a la herencia, por ejemplo, o aumentar el salario mínimo.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, puso este último asunto, el del salario mínimo, recientemente sobre la mesa. Propuso al Congreso incrementar en 39,3% el salario mínimo en su país, de US$7,25 por hora a US$10,10. Pero no sólo fue Obama: la canciller alemana Ángela Merkel, presionada por sus socios socialdemócratas, accedió a introducir un salario mínimo nacional de 8,5 euros por hora, que en términos de paridad de poder adquisitivo, equivaldría a US$15 en Estados Unidos. México no se ha quedado fuera de esa corriente de discusión, y hay un intenso debate sobre la necesidad de aumentar el salario mínimo.

Bases necesarias. El argumento expuesto por Obama para defender su propuesta es que cualquier individuo que trabaje a tiempo completo tiene que obtener los recursos suficientes para sostener a su familia por encima de la línea de pobreza. Es decir, que un salario digno, entendido como aquél que permite al trabajador y a su familia cubrir las necesidades básicas de alimentación, vivienda, transporte, educación, cuidados personales y salud, es fundamental para garantizar el bienestar de los ciudadanos de un país.

Un salario que no garantice eso es un salario que excluye, que margina, que empobrece. Ese mismo argumento de Obama podría ser válido para México.

Y no sólo lo es, sino que es un derecho de los trabajadores que así sea por estar proclamado en la propia Constitución mexicana, que en su artículo 123 dice que “los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.

Obama hizo el ejercicio en Estados Unidos, y obtuvo que con el actual salario mínimo, un trabajador a tiempo completo obtendría ingresos de US$14.500 al año, insuficiente para sostener a una familia de cuatro miembros por encima de la línea de pobreza. Actualmente, en Estados Unidos, el salario mínimo lo perciben 15 millones de trabajadores.

¿Cuáles son las cifras para México? Aquí el salario mínimo promedio de todas las entidades del país es de 65,58 pesos al día (US$5). Eso significa que una persona que labora 26 días al mes percibiría un salario mínimo de mil 705 pesos mensuales (US%54,6). ¿Podría ella sola mantener a una familia de cuatro miembros, como planteó Obama? Claramente no: ni siquiera podría alimentarla. Ese salario mínimo supondría unos ingresos por miembro de sólo 426 pesos, cuando el valor de la canasta básica alimentaria mensual per cápita, según cifras de la Coneval, es de 857 pesos (US$66,3) en el ámbito rural, y de mil 225 pesos (US$94,9) en el urbano. Esto simple y llanamente quería decir que un salario mínimo en México implicaría para esa familia vivir en la extrema pobreza. Pues bien, en México, 6.462 millones de empleados reciben hasta un salario mínimo, lo que representa en torno a 13% de la población ocupada.

Ingresos insuficientes. Ahora bien, la configuración promedio de una familia mexicana no es como la estadunidense. Lo normal en México es que posea cuatro miembros, pero que dos de ellos trabajen, y no sólo uno como en el caso de Estados Unidos. Ahora bien, una familia de este tipo en la que los dos miembros que trabajan perciben un salario mínimo se traduciría en un ingreso medio per cápita de 852 pesos, también insuficiente para que esa familia siquiera se alimente en lo más básico.

¿Cuántos ingresos necesita una familia mexicana para vivir dignamente? Precisaría, directamente, que los dos que trabajan (o al menos uno de ellos) ganara más de tres salarios mínimos. Si sólo percibieran tres salarios mínimos, los ingresos familiares ascenderían a diez mil 230 pesos al mes (US$792,5), lo que representa en torno a dos 558 pesos (US$43,2) por cabeza, lo que sí da para alimentar a la familia, pero no para satisfacer el valor de la canasta básica en México, tanto alimentaria como no alimentaria, ésa que le permite comer y vivir dignamente.

Por debajo del bienestar. La situación crítica de México es que, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, casi 30 millones de trabajadores, en torno a 60% de la población ocupada, recibe hasta tres salarios mínimos, es decir, ganan cinco mil 115 pesos mensuales o menos, y que muchas familias mexicanas dependen de ellos. Si cada dos trabajadores de ese estrato salarial mantuvieran a una familia mexicana de cuatro miembros, 60 millones de mexicanos tendría ingresos inferiores a la línea de bienestar. Precisamente, la Coneval admite que ese número de mexicanos son los que, en efecto, reciben unos recursos monetarios inferiores a los necesarios para vivir dignamente.

Por tanto, el bajo e insuficiente nivel del salario mínimo es causa y explica, en buena medida, la extendida pobreza de México. En consecuencia, la mejor y más simple receta para combatir la pobreza en nuestro país sea, simple y sencillamente, incrementar el salario mínimo.

¿Hay espacio para hacerlo? ¿Pueden las empresas mexicanas absorber el incremento del salario mínimo sin que se produzca un quebranto del sector industrial ni se deteriore su competitividad? Pareciera que sí: la industria de la manufactura concentra el mayor porcentaje de trabajadores con sueldo igual o inferior a los tres salarios mínimos; 67,5% del total de la población ocupada en ese sector percibe esos ingresos.

Caída del poder adquisitivo. De 2007 a la fecha, las remuneraciones por producto generado han caído en promedio 0,1% cada año contrastando con un incremento en la productividad laboral de 1,2% por año. Eso quiere decir que pese a que el obrero industrial de México se ha afanado en laborar mejor, que en cada hora trabajada ha generado más unidades de producto, esa misma hora se le ha pagado peor, por lo que al empresario cada unidad producida le resulta cada vez más barata: el empresario industrial produce más y paga menos.

En consecuencia, en los últimos siete años, la proporción del salario de los trabajadores respecto del valor de los bienes que producen ha caído de 4,1% a 3,3%, lo que se ha traducido en mayores utilidades para las empresas. El aumento en el valor de las ventas de los bienes producidos en el sector de manufactura ha sido dos veces más alto que el registrado en los salarios recibidos por los empleados de las empresas del mismo sector, lo cual significa que las ganancias de productividad se han trasladado en una proporción mucho más alta a beneficios empresariales que a retribuciones del trabajador.

Un incremento del salario mínimo, por tanto, podría ser absorbido por la empresa sin necesidad de que se produzca un aumento en los precios finales del producto, algo que sí restaría competitividad al sector manufacturero de México.

Se podría hacer reduciendo el margen de beneficios, es decir, trasladando parte de las ganancias de productividad generadas por el sector en los últimos años al trabajador, ese obrero que durante la crisis se ha sacrificado y ha contribuido decisivamente a la recuperación de la industria y que ya es momento de que sea premiado. Una mejora gradual del salario mínimo hasta alcanzar un nivel de, digamos, 100 pesos, para luego fijarla a la inflación podría ser una buena política sin que golpee de una sola vez al sector empresarial. Y los beneficios podrían ser notorios: menos pobreza, mayor bienestar y mayor consumo interno, lo que a su vez generará más utilidades empresariales en el mediano plazo.

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