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Sepa cuál es el problema entre Trump, la Fed y México
Jueves, Marzo 2, 2017 - 09:28

Los inversionistas siguen comprando el discurso patriótico y optimista de Trump, ese de que va a renovar el espíritu estadunidense y de que va a transformar América para devolverle su antigua grandeza. La letra pequeña de cómo lo va a hacer no lo sabemos.

Donald Trump, tras las cautelas de los últimos días, insufló de nuevo la euforia en los mercados bursátiles tras su comparecencia en el Congreso,  en tanto la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), ante el optimismo generalizado, las señales de reactivación económica y el repunte de la inflación se alista a subir las tasas en la próxima reunión del 15 de marzo. En México, por otro lado, hubo confusión, como el domingo en el teatro Kodak. Primero se filtró que el Banco de México (Banxico) estaba en negociaciones con la Fed para solicitar una línea de swap que provea de dólares al sistema financiero mexicano. Luego, el  gobernador de Banxico, Agustín Carstens, dijo que no, que alguien había dado un sobre equivocado.

El caso es que entre Trump, la Fed y México se armó la gorda. Fue una jornada muy sonada: los mercados bursátiles globales volaron y el Dow Jones destrozó los 21,000 pts; las probabilidades de una subida de tasas se dispararon y, en consecuencia, las rentabilidades de los bonos del Tesoro se treparon. ¿Y el peso mexicano? ¿No que si la Fed va a subir tasas le golpearía? Pues sí, pero este peso mexicano, últimamente, tiene mal perder y una vez que Carstens enmendó el supuesto error no se quiso bajar del estrado: siguió cantando “La La Land” y acabó  otra jornada con espectaculares ganancias. Pero vayamos por partes.

Los inversionistas siguen comprando el discurso patriótico y optimista de Trump, ese de que va a renovar el espíritu estadunidense y de que va a transformar América para devolverle su antigua grandeza. La letra pequeña de cómo lo va a hacer no lo sabemos.  En teoría iba al Congreso a instruirlo, a indicarle las prioridades, a señalarles el camino, a demostrar su liderazgo. Pero fue de nuevo un discurso repleto de generalidades y cosas conocidas. En lo económico, que revocará el “Obamacare”; que anunciará una reforma impositiva “histórica”, con un “gran gran recorte” a los impuestos corporativos que les permita competir de nuevo y un “alivio fiscal masivo” para la clase media;  que además invertirá en infraestructura un billón de dólares para los próximos diez años;y que al mismo tiempo, aumentará el gasto en defensa y a los veteranos de guerra (y que mantendrá el  gasto en Seguridad Social y programas de salud… ¿cómo todo eso es compatible con la disciplina fiscal?); que ya se salió del Acuerdo Transpacífico (TPP,  en inglés)aunque poco se sabe de qué pasará con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta); que liberará a la economía de regulaciones innecesarias; que tendrá mano dura con la inmigración, levantará un “gran gran muro” y reforzará la seguridad nacional.

Pero todo volvieron a ser generalidades. Casi casi rumores. Los planes que promete parecen más aspiracionales que algo que se pueda aterrizar. Algunas propuestas, además, entran en clara confrontación con la ortodoxia y los ideales tradicionales del partido republicano, por lo que no será fácil pasar los diques del Congreso.

Al mismo tiempo, los datos económicos empiezan a inquietar a la Fed. Ayer mismo se publicó su  indicador de inflación preferido, el deflactor del gasto de consumo. La tasa anual de la inflación general repuntó a 1.9% en enero comparado con 1.6% en diciembre, una tasa que es compatible con la noción de estabilidad de precios que maneja la Fed. Lo preocupante es la rápida tendencia al alza observada en los últimos meses, en parte explicada por el repunte del precio del petróleo y, en consecuencia, de los combustibles. Hay que remontarse a inicios de 2012 para ver tasas anuales de inflación más altas que el 1.9% de enero. Afortunadamente, excluyendo alimentos y combustibles, la tasa anual se ubica en 1.7%, nivel en el que ha permanecido durante los últimos cinco meses. Pero aun así, la evolución de la inflación empieza a incomodar a la Fed, más teniendo en cuenta que las tasas de interés permanecen demasiado bajas. 

Por otro lado, los indicadores económicos relacionados con la actividad se ven robustos. El ejemplo más emblemático es el sector industrial, el “RustBelt” con el que tanto simpatiza Trump, al que tanto dirige sus esfuerzos, y donde se concentra buena parte de sus votantes. El  ISM manufacturero, hace un año, estaba en recesión, con lecturas inferiores a 50.0. En este índice, lecturas por debajo de 50 señalan contracción respecto al mes previo, y por encima de dicho nivel, expansión. Pues bien, en el  reporte de febrero, publicado ayer,  trepó a 57.7, muy por encima de lo esperado por el consenso (56.2)  y una sustancial mejora respecto al reporte de enero (56.0). El índice se ha disparado desde la victoria de Trump y registró la cifra más alta desde agosto de 2014. Por tanto, de los riesgos de entrar en una fase de expansión, ha pasado a otra de clara expansión.

Dentro de ese índice, el componente de nuevos pedidos se ubicó en 65.1 cuando apenas en agosto se ubicaba en 48.9 (contracción). Un 42% de los gestores de compra de fábricas consultados informaron que los pedidos mejoraron, comparado con 32% un mes antes. Ese número es el más elevado desde abril de 2011.
 

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