El sábado 20 de septiembre el hombre más rico del mundo dio una cena de gala en honor a la última diva del cine italiano. Tuvo lugar en el Soumaya, el museo de arte fundado por él al poniente de la Ciudad de México. Por la alfombra roja desfilaron los actores Andy García, Forrest Whitaker y Jon Voight, el periodista Larry King y el cantante Miguel Bosé, entre otros muchos invitados que iban a festejar el cumpleaños número 80 de la legendaria Sofía Loren.

Desde que delegó la gestión de su imperio financiero y de telecomunicaciones en sus hijos, Carlos Slim se viene dedicando a la filantropía, el coleccionismo, la responsabilidad social empresarial y la reflexión sobre las megatendencias económicas. En julio pasado, durante una conferencia celebrada en Asunción, Paraguay, sorprendió a muchos proponiendo una jornada laboral de tres días a la semana.

“Yo creo que las personas van a tener que trabajar más años, hasta que tengan 70 o 75 años, y sólo tres días a la semana, quizá 11 horas al día”, planteó Slim, que ya cumplió 74 años. “Con tres días laborales a la semana, tendríamos más tiempo para relajarnos, para calidad de vida. Tener cuatro días (libres) sería muy importante para generar nuevas actividades de entretenimiento y otras formas de permanecer ocupado”.

Las reacciones no se hicieron esperar. Michael Skapinker, periodista sudafricano y editor asociado del Financial Times, publicó una columna de opinión catalogando las palabras de Slim de “aparente locura” e “idea genial”. Mantener trabajando a los empleados más longevos, según Skapinker, tiene sentido para las sociedades de hoy, especialmente aquellas que están envejeciendo y en las que menos jóvenes deberán cargar con pensionados con mayor expectativa de vida.

Otros en México no están nada convencidos. “Pienso que la postura de Slim es casi circunscribir al ser humano a una máquina”, dice Alfredo Bernadez, académico del Departamento de Estudios Empresariales de la Universidad Iberoamericana. “Es pensar que la productividad se da o se relaciona con más horas de trabajo”.

Yo, robot

En 1931 John Maynard Keynes publicó un pequeño ensayo titulado “Posibilidades Económicas para Nuestros Nietos”, en el cual se imaginó cómo sería el mundo en los siguientes 100 años. Entre otras predicciones, señaló que las personas trabajarían tres horas por día como consecuencia de la automatización, la producción masiva e innovaciones tecnológicas que multiplicarían el tamaño de la economía mundial por un factor de siete.

Todo lleva a pensar que la primera parte de la predicción -el crecimiento económico- se ha cumplido o incluso se ha quedado corta. No así en lo que toca a la jornada laboral; no al menos en América Latina y en Estados Unidos.

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Según cifras compiladas por la Cepal, los costarricenses trabajan 51 horas a la semana, seguidos de los chilenos y los mexicanos. En el otro extremo están “los países del mate”, paraguayos, argentinos y uruguayos. ¿Qué gana una empresa con un trabajador que pasa 10 horas en una oficina o taller? Al parecer no mucho. Para la antropóloga del trabajo de la Universidad de las Américas, la doctora Olga Lazcano,  “las jornadas laborables de más de 10 horas crean un síndrome de fatiga patológica, lo que puede representar un serio riesgo físico y laboral”.

Según estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre 2008 y 2012 los mexicanos aumentaron las horas trabajadas en un 6,7%. En el mismo periodo la población ocupada creció un 7,2%, lo que implica una leve caída en el número de horas por persona. Pero lo más significativo es que la productividad cayó en 1,1%.

Bernadez, de la Iberoamericana, critica duramente la noción subyacente a la propuesta de Slim: que la productividad se da o se relaciona con las horas de trabajo. “La productividad es más un asunto del empleador que del trabajador, porque ella depende más de la maquinaria, el tipo de materia prima y el proceso y organización productiva”, afirma. En otras palabras, donde más recae (el desafío de incrementarla) es en el patrón.

Para la economista británica Anna Coote, directora de política social del think tank New Economic Foundation, las economías deben iniciar una transición lenta hacia una semana laboral de 30 horas. “Esto nos ayudará a resolver muchos problemas relacionados: exceso de trabajo, desempleo, sobreconsumo, altas emisiones de carbono, menor bienestar, desigualdades asentadas y falta de tiempo para vivir de manera sustentable”, publicó en una columna de opinión en el New York Times.

Coote es autora de los libros Time in Our Side y 21 hours y sostiene su punto de vista desde el ecologismo. “Si estás amarrado a una jornada de 40 horas no te queda tiempo para el resto de tu vida, de modo que debes acelerar las cosas. Viajas en avión o en auto, pero no en tren, a pie o en bicicleta. El consumo empujado por esto implica una carga muy pesada para el medio ambiente”.

No cabe duda que el tiempo es un asunto paradojal desde el punto de vista económico y de cada individuo. “La mayoría de nosotros pasa la mayor parte de su vida adulta intentando convertir el tiempo en dinero, y la última parte intentando convertir su dinero en tiempo”, escribió también desde las páginas de opinión del New York times Dharmesh Sha. Este gerente de tecnología radicado en Cambridge, Massachusetts, cuestiona también la jornada laboral estándar, pero no desde el ambientalismo. “La idea de que todas las personas que desempeñan distintos roles en la empresa deban trabajar el mismo número de horas al mismo tiempo me parece ineficiente e innecesaria”. Sha es de los que creen que el mundo ha cambiado y lo importante no es el número de horas que permanece una persona en una oficina, sino cuánto y cómo contribuye al negocio.

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Bernadez precisa que en México “por ley, no se puede trabajar más de 48 horas semanales. Y, pasadas ésas, se puede trabajar un máximo de nueve horas más, extras, a la semana, pagando el doble por esas horas extra”.

Se ha intentado

Desde que Keynes hizo sus predicciones ha habido varios experimentos de jornada laboral reducida. El gobierno británico, encabezado por el conservador Edward Heath, decretó una semana laboral de tres días para enfrentar la tormenta perfecta de 1974: crisis energética, crisis inflacionaria y la temporada de huelgas de los sindicatos mineros. El experimento duró tres meses y los resultados fueron desconcertantes: la producción cayó un 6%, menos de lo anticipado. Una mayor productividad y menor ausentismo laboral compensaron las pérdidas de un menor número de horas trabajadas. El lado negativo: 1,5 millón de personas se registraron como desempleados ante la seguridad social.

Algo parecido y más reciente ocurrió en Utah durante la última recesión. La iniciativa “Working4Utah” cambió la jornada laboral del sector público desde la clásica ocho horas diarias por cinco días, a una de 10 horas, pero en cuatro días. El propósito declarado era ahorrar energía y reducir emisiones de carbón, manteniendo las horas trabajadas por cada empleado público.

Los resultados de las 35 horas de Francia fueron mixtos. Las leyes complementarias permitían a los empleadores imponer jornadas más largas en cualquier semana, sin tener que pagar horas extraordinarias, con tal de que la suma total de horas no excediera las 1.600 horas al año. “Por el lado negativo, la opción de anualizar las horas se tradujo en jornadas más variables y menos predecibles, especialmente para los trabajadores de menor calificación”, señala en su libro la británica Anna Coote, del New Economic Foundation. Se dijo que la ley permitió crear 350.000 nuevos puestos de trabajo, aunque hay dudas acerca de esta cifra. En 2008 el gobierno de Sarkozy eliminó la restricción anual de horas.

Para Bernadez, lo que más pesa en este tipo de decisiones es la cultura: “Nadie está dispuesto a ganar menos por menos horas”, dice. “En Alemania hubo una negociación con sindicatos de reducir los salarios y horas por un 20%: se aceptó. En México el sindicato dijo ‘de ninguna manera: preferimos que se sacrifique a los trabajadores de ingreso más reciente’”.

De hecho, la semana de 48 horas se ha transformado mucho mediante acuerdos entre empleadores y trabajadores. “En la industrias maquiladoras, que tienen alta concentración de mano de obra y el lugar de trabajo suele estar alejado (de la residencia), se decidió acortar la jornada a cinco días a la semana, lo que da casi 10 horas de trabajo”.

Por ello el académico considera que la propuesta de Slim no es consistente con la realidad mexicana: “No está preparada ni la economía, ni los patrones y el tema no tiene que ver casi nada con incrementar la productividad de las empresas o la economía”, afirma.

Yo, humano

Si hay dudas sobre las ganancias de productividad de una jornada más corta, ¿qué ganan las personas con más tiempo libre? En Estados Unidos, país donde las élites empresariales y políticas de América Latina suelen buscar inspiración, el tiempo libre ocupa un lugar problemático. Brigit Schulte, periodista del Washington Post, publicó este año el libro Sobrecargados: Amor y Juego cuando nadie Tiene Tiempo, donde explora la ambigua frontera que establecen los estadounidenses entre la horas de trabajo y el ocio. “En el trabajo estamos preocupados de las cosas del hogar, en el hogar nos atormentan cosas del trabajo”, escribe la autora.

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Todo lleva a pensar que con una jornada laboral de menos días, con menos horas al mes, las personas no necesariamente aprovechen este tiempo libre para sí mismas y el ocio. La evidencia europea y estadounidense va en este sentido. En el libro Revisitando a Keynes, una compilación de artículos editada por los economistas italianos Lorenzo Pecchi y Gustavo Piga, se atribuye el error de Keynes a una lectura errónea de la naturaleza humana. Keynes asumió que las personas trabajan para comprar los bienes y servicios que necesitan. Así, si los niveles de ingreso aumentaban, estas necesidades podrían ser satisfechas con menos horas de trabajo.

Pero no ha sido así, los estadounidenses han terminado trabajando más y no menos, básicamente porque deben hacer frente a la presión del consumo, el incremento de los precios de los bienes raíces y de los costos de educación de los hijos, entre otras cosas. “Después de un período de entusiasmo inicial, el consumidor promedio se aburre con lo que ha comprado y rápidamente aspira al producto mejorado”, escribieron Gary Becker y Luis Rayo en uno de los artículos de Revisando a Keynes. Claramente se requieren más investigación, más evidencia empírica y estudios de campo para saber más acerca de la relación entre horas de trabajo, empleabilidad, productividad y bienestar. Por lo pronto Bermúdez es escéptico ante la propuesta de Slim: “La cifra que se maneja es totalmente irreal”.