Una economía pequeña y abierta, como la uruguaya, presenta una posición de mayor vulnerabilidad ante eventuales achaques de los mercados internacionales.

Los temores a repetir otra recesión mundial tras la tímida recuperación experimentada en los últimos dos años se acrecentaron en las últimas semanas al agravarse la situación financiera de algunos países centrales.

Tras fuertes desplomes de las principales plaza bursátiles y vertigonosas apreciaciones de los activos refugio, la incertidumbre continúa. Tanto entre inversores, analistas y gobernantes, como en la ciudadanía en general, aún persiste las dudas sobre lo que vendrá, y nadie se anima a asegurar que la salida esté cerca.

Un agraviamento del escenario internacional tendrá, irremediablemente, efectos sobre la economía local, aunque dependerá de su magnitud y de las zonas del planeta donde afecte más. En tal caso, las principales vías de contagio a Uruguay estarán marcadas por un encarecimiento de la deuda pública –por una suba del riego país–, por una retracción en las inversiones y por una reducción del comercio exterior.

Esto último es señalado por los economistas como lo más sensible, tanto por una caída en los precios de las materias primas como por un debilitamiento de la demanda real de los principales socios. Para adelantarse a las consecuencias de un eventual empeoramiento de la economía mundial, El Observador presenta el Mapa del riesgo comercial del país, en el cual se resume la situación que atraviesan los mercados de referencia para las exportaciones locales y sus perspectivas.

En la última década, las exportaciones uruguayas ampliaron el número de destinos y vía diversificación, como es sabido, redujo su riesgo comercial. Por otra parte, las ventas externas cobraron un fuerte dinamismo últimamente impulsadas, en especial, por las economías emergentes como Brasil, China y Rusia.

El vecino norteño representa más de la quinta parte de las exportaciones uruguayas. El sostenido crecimiento de sus manufacturas y del ingreso al mercado de consumo de una clase media en ascenso dinamizó la demanda por insumos y bienes locales.

A su vez, el notable fortalecimiento del real frente a las principales monedas y ante el peso uruguayo permitió a los productores locales ganar competitividad en el mayor mercado del continente.

Las dudas que surgen respecto al gigante sudamericano se basan en una visión crítica acerca de suficiencia o no de las reformas estructurales emprendidas en la época de bonanza y si estas podrán soportar una caída de sus principales compradores, por ejemplo de China.

Un traspié de Brasil tendría consecuencias directas sobre la producción uruguaya y para ello basta recordar la devaluación del real de 1999 –desde el gobierno se asegura que no sucederá un evento similar–, aunque el golpe sería menos severo, según argumentan los analistas.

Por su parte, China, se convirtió en poco tiempo en el segundo cliente de Uruguay, tanto por sus compras directas como por aquellas concretadas a través de zonas francas, y que no figuran en los registros oficiales de comercio exterior. El país asiático es el gran demandante mundial de muchas materias primas, como en el caso de la soja, la lana y la celulosa, y ejerce una influencia gravitante en la formación de los precios.

Los riesgos de desaceleración que se ciernen sobre el emergente asiático dejan la interrogante de si su demanda podrá mantenerse en el futuro, y con ello, el dinámico flujo comercial y los altos valores de los commidities.

Por su parte, Rusia, se convirtió en un atractivo mercado para la carne uruguaya y desplazó a Estados Unidos como pagador de altos precios por ese producto. No obstante, la bonanza de Rusia está también fuertemente ligada a sus exportaciones de materias primas y energía –gas y petróleo–, elementos fuertemente dependientes de que se mantenga la fortaleza de la demanda de Asia y Europa.

Por otro lado, otros destinos de la región como Argentina, Venezuela y Paraguay constituyen mercados de relevancia para los bienes locales, más que por su volumen, por tratarse de plazas para la colocación de bienes con alto valor agregado.
La vecina orilla significó desde siempre, y por razones geográficas, un destino natural de la producción local.

Sin embargo, el ruido generado por la política proteccionista que aplican sus autoridades afectó el clima comercial entre ambos países, lo que deja en el terreno político los eventuales problemas así como también sus soluciones.

Pero las mayores dudas están puestas en el primer mundo, sobre todo en Europa.

Allí, el fuerte desequilibrio de las finanzas públicas y las desavenencias políticas representan una señal preocupante para una economía continental que no logra despegar. Los mayores compradores europeos de productos uruguayos, Alemania y España, exhiben diferencias de vulnerabilidad, pero las mismas dificultades para recuperarse definitivamente.

En tanto, Estados Unidos todavía no logra revitalizar su nivel de empleo, y en consecuencia, su consumo, que es el motor de la economía.

Si bien Estados Unidos ha caído de forma considerable en el peso de las ventas locales en los últimos años, su incidencia en el resto del mundo y por ende, en mercados relevantes para Uruguay es mayúscula.

Por ese motivo una nueva recesión en la gran potencia económica no hará más que deprimir la demanda de bienes locales a escala global.