En su novela 2034, Ackerman y Stavridis extrapolan las tendencias actualmente prevalecientes en materia cibernética una década adelante para describir un mundo de extraordinaria complejidad donde las computadoras dejan de ser un instrumento para el procesamiento de información y facilitar la vida cotidiana de empresas y personas, para convertirse en factores dominantes de la vida cotidiana en todos los ámbitos. Aunque la novela se aboca a lo militar, el mensaje es nítido: los otrora instrumentos se transforman en factores ubicuos de la vida cotidiana, en todos sus aspectos y nadie se puede abstraer de ello. En ese mundo, solo quien cuenta con la capacidad para emplear las computadoras, programarlas y usarlas de manera diestra puede vivir y ser exitoso.

No es necesario leer novelas de ficción para observar la manera en que avanza el mundo y lo que eso va a implicar para los habitantes del planeta. Dos cosas ocurren en la medida en que cada vez más aspectos y actividades de la vida se incorporan en el mundo de la cibernética: por un lado, se acentúa el hecho que lo que agrega valor en las cadenas productivas es la creatividad humana y la capacidad de las personas para participar en esa parte de la vida. Por otro lado, quien no tiene capacidad o posibilidad de acceder a esa parte de las cadenas queda impedido de avanzar económicamente. En una palabra, si la desigualdad que hoy se vive en México y, en general, en el mundo, es ya de por sí extrema, lo que viene va a ser mil veces peor.

Cualquier gobierno y país con el mínimo de sentido común y claridad de visión debería estar preguntándose cómo enfrentar el desafío y qué debe hacerse para sesgar su probabilidad de éxito. El factor clave que caracteriza al mundo del conocimiento, del cual la cibernética es un componente medular, es que el éxito de las personas radica en su capacidad para agregar valor y éste ya no tiene nada que ver con las líneas tradicionales de producción en una fábrica, sino con la capacidad creativa de las personas. Esta no es una afirmación ideológica como pretende la nueva política educativa del gobierno.

Ese mundo requiere habilidades que solo se desarrollan a través de una educación que privilegia las matemáticas, la ciencia y el lenguaje y que premia al mérito como medio para lograr una población con todas las capacidades que demanda la nueva realidad a la que la humanidad se acerca minuto a minuto. No es casualidad que las naciones -esencialmente asiáticas, pero también algunas europeas- que priorizan la educación son quienes van a la vanguardia del mundo de la cibernética. La gran pregunta es dónde está México en esa carrera y si será posible ser parte exitosa del mundo que comienza a conformarse.

La educación se ha convertido en palanca transformadora en todo el ámbito asiático porque, al conferir habilidades en los educandos, contribuye decisivamente a romper con las fuentes de desigualdad de origen que hoy plagan a nuestro país. En México, dado el sistema educativo existente -el anterior y el nuevo- y su misión central de preservar el statu quo, es decir, evitar que de ahí surjan personas con capacidades para ser exitosas en la vida, queda garantizada la desigualdad a la vez que se impide el desarrollo cabal del país.

La desigualdad no es privativa de México; lo que es impactante de México es la desidia con que se ignora la importancia de la educación, y más en la era de la información y del conocimiento. En contraste con esas naciones asiáticas, nuestro sistema educativo está diseñado para impedir el progreso de las personas tanto por la forma en que se educa como por la ausencia de comprensión de la forma en que la economía del mundo ha venido evolucionando. En los países exitosos, un niño que no viene de casas que de entrada le otorgan ventajas por el sólo hecho de contar con ambientes e implementos de la modernidad, encuentra en la educación un medio para alcanzar logros iguales a esos niños privilegiados. Un sistema educativo orientado hacia la transformación rompe la desigualdad, promueve la movilidad social y eleva la productividad con sus consecuentes beneficios en términos de consumo, bienestar y crecimiento económico. Nadie puede decir que eso ocurre en México.

En los últimos veinte años hubo al menos dos intentos serios por transformar a la educación del país (2007 y 2017), ambos fallidos por el poderío del sindicato magisterial y la preferencia de gobiernos tanto del PAN como del PRI por las ventajas electorales que ese sindicato les aportaba. El resultado es una economía improductiva que se remite a tiempo antes de que viniera el gobierno actual. Destructivo, el gobierno no sólo conscientemente ignora la evolución del mundo, sino que considera que convertir a la educación en fuente de adoctrinamiento le permitirá regresar a un pasado idílico y reducir la desigualdad.

Hace casi 250 años, en otra era del mundo, Benjamín Franklin afirmó que “una inversión en conocimiento paga los mayores dividendos”. Su clarividencia es asombrosa, pero el mensaje es trascendente. Solo un proyecto político que privilegia el control y la subordinación de la población podría ignorarlo ahora que la evidencia de su importancia es inexorable.