Cientos de simpatizantes esperan en el área de llegadas del aeropuerto. La mayoría, hombres jóvenes y de mediana edad. Su bandera nunca será roja y Brasil jamás se convertirá en una segunda Cuba o Venezuela, gritan. "Mito, mito", aclaman a su héroe mítico. Lo cargan en hombros por el aeropuerto, con sus gafas de sol plásticas, negras, y una banda presidencial verde-amarilla con una inscripción: "Bolsonaro 2018". Sonríe maliciosamente. Golpea con gusto muñecos que representan al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT). O extiende sus dedos como un revólver: pum, pum, derriba al archienemigo de izquierda.

Estas escenas se repiten en la campaña presidencial de Jair Messias Bolsonaro. Durante mucho tiempo, el establishment político brasileño despreció al exparacaidista de 63 años, tildándolo de payaso. Sentado en el Parlamento desde inicios de la década de 1990, es el típico diputado de segunda fila. Nunca ha llamado la atención por aportar discursos constructivos o iniciativas legislativas. Sí por desagradables ataques verbales. Sobre una legisladora del PT, opinó en una entrevista que era "tan fea", que ni siquiera "merecía" ser violada. Ha tenido que responder ante la Justicia más de una vez, pero no se frena por eso. Ataca también con gusto a homosexuales: preferiría tener un hijo muerto que homosexual, ha dicho. No es buen orador, pero sí muy ofensivo.

Su voto por la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff (PT), brutalmente torturada durante la dictadura (1964-85), lo dedicó, en abril de 2016, al torturador Carlos Alberto Brilhante Ustra. El hombre que torturó hasta la muerte a unos 40 opositores durante la dictadura militar es un gran modelo para el militar reservista Bolsonaro. También sus simpatizantes celebran la dictadura: ¿qué significan un par de cientos de opositores muertos frente al caos de la época actual, con más de 60.000 asesinados anualmente, argumentan.

Todo es culpa del PT. La culpa de la actual miseria y de la rampante corrupción es, por supuesto, del PT, opinan. Durante mucho tiempo, el llamado al arresto de Lula fue el más fuerte argumento de Bolsonaro. Desde abril, Lula está tras las rejas por corrupción y lavado de dinero. Así que, aunque lidera en las encuestas, es muy probable que no pueda someterse a las urnas por motivos legales. Mientras tanto, Bolsonaro encabeza la pugna efectiva por la presidencia, con alrededor del 20 por ciento de intención de voto. Sin competencia de derecha, por el momento. Pues también la derecha brasileña está sumida en el pantano de la corrupción, del que Bolsonaro ha escapado como insignificante diputado de segunda fila.

No aporta soluciones concretas para resolver los gigantescos problemas brasileños. De economía no tiene ni idea, dice, y sugiere que le pregunten al economista liberal Paulo Guede. Este seguidor de la "Escuela de Chicago" debe convertirse en su ministro de Economía.

No aporta soluciones concretas para resolver los gigantescos problemas brasileños. De economía no tiene ni idea, dice, y sugiere que le pregunten al economista liberal Paulo Guede. Este seguidor de la "Escuela de Chicago" debe convertirse en su ministro de Economía. Bolsonaro quiere subordinar las escuelas públicas a los militares. Enfrentar la violencia, armando a los "buenos ciudadanos". Y premiar a los policías por cada delincuente ultimado. Está casado en terceras nupcias, pero defiende los valores tradicionales de la familia. Sus tres hijos son, como él, políticos de carrera. Juntos, han acumulado millones de dólares gracias a sus salarios como diputados. Pero Bolsonaro promete acabar con el establishment político corrupto.

Sus seguidores ni siquiera se inmutan con semejantes contradicciones. Algo que recuerda rápidamente a su modelo, el presidente estadounidense Donald Trump. Pero  Bolsonaro no es un político alfa como el multimillonario Trump, el ruso Vladimir Putin, o el filipino Rodrigo Duterte. Cuando se le pregunta por sus declaraciones racistas, homofóbicas o misóginas, se retracta. Todo no ha sido más que una "broma", un malentendido, matiza entonces, como un colegial atrapado.

Con B de "buey", "bala" y "biblia". Muchos de sus críticos lo toman por tonto, un tonto que ha adquirido sus conocimientos leyendo historietas. El comercio de esclavos no fue manejado por los portugueses, sino por los propios africanos, aseguró recientemente. Con su vice, el general reservista Antonio Hamilton Martins Mourão, de 64 años, comparte ese estilo. Mourão amenazó abiertamente con un golpe militar en 2017. Y, según él, los brasileños heredaron "la indolencia de la cultura indígena" y "el engaño de los africanos". Mientras los activistas de derechos humanos protestan, los seguidores de Bolsonaro celebran en las redes sociales. La batalla contra la "corrección política" tiene éxito. La crítica al establishment es el último grito de la moda.

A los brasileños no les gustan los radicales, Bolsonaro no podrá ganar, intentan tranquilizarse los expertos. Sin financiamiento ni tiempo para su campaña en TV, tendrá que plegarse a los grandes partidos, profetizan. Pero la industria ya simpatiza con los planes de privatización y reducción del Estado de Paulo Guedes.

No hay que subestimar a Bolsonaro, ni suponer que, en el peor de los casos, el Congreso podría frenar su radicalismo. Pues también allí han prendido sus ideas. Los representantes de la industria agrícola, el lobby de las armas y las fuerzas ultrarreligiosas también lo apoyan. La poderosa fracción BBB, con B de "buey", "bala" y "biblia", fue ya decisiva en la destitución de Dilma Rousseff. En Brasil, es casi imposible gobernar contra ella. Con ella, sin embargo, hasta un diputado de segunda fila como Bolsonaro puede hacer realidad sus sueños.