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Juliane Koepcke: de sobreviviente aérea a defensora del Amazonas
Miércoles, Abril 25, 2018 - 10:10

Tras sufrir un accidente en 1971, la bióloga peruana hija de alemanes consagró su vida a la lucha contra la deforestación.

Hace más de 46 años, Juliane Koepcke fue noticia. Vivió una de las tragedias aéreas más recordadas del mundo: el avión en que viajaba, junto a su madre, explotó a más de 3.000 metros de altura en la selva peruana, en medio de una fuerte tormenta.

La joven de 17 años, limeña de nacimiento e hija de científicos alemanes, se salvó. Sobrevivió herida y sin comer durante 11 días en la Amazonía. Ahora dedica su vida a resguardar el ecosistema que la protegió de una muerte segura.

Toma una pausa en su trabajo, en la Colección Zoológica del estado de Bavaria, en Múnich, donde se desempeña como investigadora, para hablar con El Peruano. Los detalles de esa experiencia los tiene a flor de piel. El avión de la compañía Líneas Aéreas Nacionales SA (LANSA), donde viajaban 92 personas, cayó en medio de la selva y Koepcke fue la única sobreviviente de esa tragedia aérea en la que también falleció su madre.

“Si hubiera ocurrido en los nevados, sierra, desierto o en el mar, no habría sido posible sobrevivir”, dice con seguridad. Porque la selva le resultaba un ambiente familiar: había acompañado durante año y medio a sus padres, unos biólogos alemanes que vinieron al Perú para instalar la Estación Biológica Panguana, en la región Huánuco.

“Cuando desperté, tras la caída del avión, escuché a las ranas, los pájaros, los insectos. Todo era familiar para mí. No era un infierno verde. Eso me ayudó mucho, fue fundamental para sobrevivir. En esas noches que estuve completamente sola, juré que si salía de esto con vida, haría algo que sea útil para la naturaleza y los seres humanos”.

Juliane Koepcke recuerda que cuando el avión cayó, aquel 24 de diciembre de 1971, vísperas de la Navidad, se golpeó la cabeza fuertemente, y tenía herido el brazo. Estuvo desmayada por varias horas y cuando despertó, miró las copas de los árboles. Estaba lloviendo. “Lo que vi ahí era una imagen que conocía de Panguana, y como estaba lloviendo pude lamer las gotas de la lluvia que caían de entre las hojas de los árboles. Necesitaba tomar agua. Felizmente era época de lluvia”, cuenta.

Ubicó una de las partes del avión en las que había una bolsa con caramelos, que le sirvieron de alimento por cuatro días. Jamás pudo hallar a su madre.

Para Juliane, seguir los consejos de su padre fueron claves. Ella recomienda: “Lo primero que se debe hacer es mantener la calma y si se encuentra agua, se debe seguir su cauce para ubicar una quebrada que desemboca el río y, ahí cerca, se puede encontrar humanos que te pueden salvar”.

Los sonidos de los animales del monte también fueron su guía para identificar si cerca podría ubicar un riachuelo o una quebrada. De sus últimos días de sobrevivencia, recuerda que estaba desesperada porque de día hacía mucho calor y, de noche, mucho frío. Se sentía débil. Ya no podía caminar. Y de pronto, encontró un bote donde se desmayó, y al despertar visualizó unas personas: eran unos madereros de la zona que escucharon su historia y le limpiaron sus heridas y le dieron de comer.

Todos los medios de comunicación de la época la buscaron para hacerle entrevistas. También recibió cartas de personas de todo el mundo que la felicitaban y la animaban para que supere la pérdida de su mamá. Toda esa experiencia dolorosa y aleccionadora a la vez aumentó su pasión por la selva y las ciencias biológicas. Con esa fuerza, Juliane se encargó de mantener viva la estación biológica Panguana, un área de la Amazonía dedicada a la conservación de especies y el estudio de los seres vivos.

El trabajo de Panguana La biodiversidad del Perú la motivó para realizar sus tesis sobre mariposas y murciélagos. Panguana es un ecosistema muy particular, con más de 56 especies de murciélagos, cuando en toda Europa sola hay 27. Es una zona de refugio para muchos animales, que son muy perseguidos por el hombre y que están en peligro de extinción.

“Este año, con las cámaras automáticas hemos tomado fotos de jaguares, que casi ya no existen por ahí. Es un éxito muy grande descubrir a otros animales más como el perro de orejas cortas, que pensamos que ya había desaparecido”, agrega. La estación biológica Panguana es la más antigua del Perú. En ella se han realizado estudios sobre biodiversidad, ecosistemas y para tomar medidas frente al cambio climático.

Advierte que la deforestación está afectando los ecosistemas. “El bosque se está secando; el cambio climático es hecho por los hombres: la temperatura del ambiente ha subido unos 4°C, eso es bastante en promedio y las quebradas se están secando porque ya no hay la posibilidad de que el bosque acumule la humedad”. Koepcke recuerda que en los años ochenta, las quebradas tenían agua todo el año, y ahora se secan en el verano.

Sostiene que los ecosistemas hoy son amenazados por la minería y tala ilegal que generan mucha deforestación. “¡Está desapareciendo el monte virgen!”, enfatiza. La selva salvavidas, esa es la consigna de esta peruano-alemana, y por ello pide tomar más conciencia de ese tema y contribuir al milagro de preservar el gran paraíso verde.

El Paraíso de Panguana tiene hoy 800 hectáreas, gracias al trabajo y perseverancia de Koepcke, el apoyo de su esposo, Erich Diller, y de Carlos Vásquez Módena, el “Moro”, su fiel colaborador.

Los alemanes Margaretha y Siegfried Stocker, propietarios de una panificadora ecológica en Alemania, ayudan económicamente a la preservación de la mencionada estación biológica.

Autores

Sonia Millones/ Agencia Andina