Hace años estaba impartiendo una clase de Estrategia del MBA Global Online en IE Business School cuando un alumno, un directivo británico blanco de treinta y tantos años, SEÑALó que todos los directores generales de las empresas que utilizaba para mis estudios de casos eran «hombres Y DE occidentE». Huelga decir que inmediatamente decidí poner al día el programa.

Una búsqueda rápida de estudios de casos de Dirección General y Estrategia que incorporaran directoras generales reveló un resultado tan interesante como desconcertante. En aquel momento, una encuesta de los principales estudios de casos en las escuelas de negocios puso de relieve que apenas el 11 % estaba protagonizado por una directora general o una consejera y, además la mayoría de ellos trataba sobre el síndrome del techo de cristal. Solo encontré un ejemplo actual que pudiera adaptarse al MBA Global referido a Ginni Rometty, antigua consejera delegada de IBM.

Desde entonces se han logrado algunos avances, si bien aún hay muy pocos estudios de casos, material didáctico e investigaciones académicas que recojan la diversidad en las empresas; algo que obedece, en gran medida, a la propia falta de diversidad en las empresas.

Sin embargo, la observación de ese alumno me llevó a una reflexión más profunda sobre la importancia de que los docentes guíen a los alumnos hacia un nuevo modelo de sociedad y un tipo ideal de empresa que tal vez aún no existan, pero pueden construirse. La falta de estudios de casos o la lamentable realidad de la escasa presencia de mujeres al frente de multinacionales no sirven de excusa para renunciar a la enseñanza de los valores y principios que anhelamos para los empresarios del futuro; de hecho, lo hace más necesario.

A mi juicio, las escuelas de negocios, en lugar de limitarse a la mera descripción del funcionamiento de las empresas, deben asumir un papel crítico y prescriptivo a la hora de crear modelos que inspiren a los emprendedores y sirvan de referencia para que las organizaciones no solo sean más eficaces, sino también más equitativas.

Además, el hecho de que las directoras generales aún sean minoría debería motivar a las escuelas de negocios a diseñar planes de estudio con contenidos que motiven a las próximas generaciones de mujeres y contribuyan a equilibrar la composición de los cuadros directivos: un enfoque que sin duda servirá para beneficiar a las empresas y a la sociedad.

Para que la investigación pase de descriptiva a prescriptiva hacen falta más humanidades en los estudios de dirección de empresas

Este planteamiento más prescriptivo exige que los profesores de las escuelas de negocios no se limiten a analizar el funcionamiento de las empresas, sino que estudien cómo pueden estas mejorar la sociedad convirtiéndose en organizaciones que generen valor sostenible y fomenten la consecución de resultados más justos y equitativos en el seno de sus comunidades.

Muchos académicos apoyan este criterio, como Sumantra Ghoshal, que en 2005 advertía: «Nuestras teorías e ideas han contribuido en gran medida a consolidar las practicas directivas que ahora condenamos con tanta dureza». Ghoshal sostiene que gran parte de los modelos de investigación y aprendizaje se basa en valores equivocados.

Buena parte del problema radica en que la dirección de empresas se identifica hace tiempo con las ciencias sociales, conque ha adoptado métodos que los críticos denominan «envidia de la física». Si bien las ciencias físicas se rigen sobre todo por paradigmas causales, en las ciencias sociales el comportamiento de los individuos se explica por la funcionalidad. Pero, tal y como señala Ghoshal, ninguna teoría científica «explica el fenómeno de la complejidad organizada» de las empresas ni mucho menos cómo nos gustaría que estas fueran.

Según Ghoshal, al encorsetar la dirección de empresas en las ciencias sociales, hemos concebido una «imagen pesimista» del ser humano acorde al homo economicus, reduciendo la conducta humana a la satisfacción de nuestros instintos más primarios. Esto, por su parte, se traduce en una teoría amoral de los negocios justificada en una visión dudosa de las personas y de su actitud en la empresa. Ghoshal recuerda: «A diferencia de lo que ocurre en las ciencias físicas, las teorías en las ciencias sociales tienden a autocumplirse», creando, a su vez, un círculo vicioso en el que la teoría y la práctica se retroalimentan.

Fruto de ese contexto emanan las ideas que «han configurado el orden intelectual y normativo en virtud del cual se toman decisiones a diario». Según Ghoshal, cualquier solución pasa por reconocer que detrás de las teorías de la dirección de empresas subyacen una ideología y unos valores, por lo que los científicos sociales tienen una responsabilidad social y moral muy superior a la de los científicos físicos «porque si camuflan la ideología bajo la apariencia de ciencia pueden provocar un daño mucho mayor».

Por su parte, Peter Lorange argumenta que las escuelas de negocios deben adoptar lo que él denomina «un enfoque interactivo bidireccional que aúne el conocimiento propositivo con el conocimiento prescriptivo». Este es el tipo de ciclo virtuoso que pueden crear los programas de MBA y de formación a directivos, donde los experimentados profesionales pueden intercambiar impresiones con los profesores.

El cambio que propugnan Ghoshal y Lorange podría propiciarse uniendo la investigación en dirección de empresas y las humanidades. El informe de la Fundación Carnegie de 2011, Rethinking Undergraduate Management Education: Liberal Learning for the Profession (‘Repensar la formación universitaria en dirección de empresas: el aprendizaje de las artes liberales para el ejercicio de la profesión’), recomienda que el Grado en Dirección de Empresas, uno de los más demandados en EE. UU. y Europa, se sirva de un enfoque abierto similar al de los títulos de artes liberales. Esto reforzaría la presencia de las humanidades en el plan de estudios de las escuelas de negocios y en sus trabajos de investigación.

De hecho, cada vez son más las escuelas de negocios que han introducido materias de este tipo en sus currículos. Es de esperar que un módulo sobre, por ejemplo, el pensamiento crítico ayude a los alumnos a hacer frente a las decisiones poco éticas de sus jefes. En resumen, ha llegado la hora de que las escuelas de negocios incorporen una formación clásica y se beneficien de ello.

Muchos valores sociales se sustentan en conceptos esencialmente controvertidos

No obstante, antes de ponerse a la tarea de hacer avanzar los estudios de dirección de empresas con las humanidades, conviene aclarar el carácter discutible de muchos valores e ideas que impregnan el mundo de los negocios.

Numerosas teorías empleadas en las ciencias sociales son susceptibles de interpretación en función de la trayectoria y la visión del mundo del individuo que las explique. La igualdad, la libertad y la justicia pueden interpretarse y aplicarse de diversas formas. Se trata de lo que Walter Bryce Gallie llamó en la década de los cincuenta «conceptos esencialmente controvertidos», señalando que todos podemos estar a favor de la libertad, pero las opiniones sobre cómo hacerla realidad difieren, especialmente en una sociedad donde coexisten diferentes valores o derechos; por ejemplo, cuando el derecho a la libertad de expresión de una persona choca con la creencia de otra en su derecho a no ser ofendida.

En la mayoría de los conceptos esencialmente controvertidos, existe consenso sobre su significado general, si bien algunos se convierten en motivo de desacuerdo potencial. Por ejemplo, todos podemos aceptar el principio básico del feminismo, según el cual los hombres y las mujeres deben tener los mismos derechos, pero, sorprendentemente, hay personas que, considerándose liberales, reniegan de él. Esto no implica necesariamente que no estén de acuerdo con la igualdad de género, la discrepancia se debe más bien a cómo aplicar el ideal feminista. Hay gente que defiende la discriminación positiva por considerarla el modo más rápido y eficaz de transformar la sociedad, aunque a corto plazo genere tensiones, mientras que otra objeta que cualquier forma de discriminación es inadmisible por más argumentos que la justifiquen.

Los dilemas que a menudo se presentan a los directivos les obligan a enfrentarse a las diferentes formas de entender un principio o un valor como la libertad, la justicia, la igualdad, o el mérito. Lo mejor es resolver estos conflictos de forma constructiva, mediante un debate razonado, como sucede con otros asuntos empresariales de gran complejidad.

Ante la diversidad de creencias es vital establecer convenciones

Actualmente el MBA es más diverso que hace 25 años. Esta realidad exige más conciencia y respeto por los demás, con independencia de las afinidades personales. Para imponer ese respeto, la comunidad de la escuela de negocios debe establecer por escrito sus principios y prácticas respecto a los derechos y deberes fundamentales de sus miembros. Esta tarea puede concretarse en un código ético que comprenda normas relativas al comportamiento de la comunidad académica y los principios básicos que deben regir las relaciones interpersonales.

Los fundamentos sobre los que se asientan los códigos éticos de la mayoría de las escuelas de negocios no reflejan una ideología, una religión o una moral concretas, sino que constituyen lo que podríamos denominar una ética cosmopolita. De hecho, dada la multiculturalidad actual de las aulas, compuestas por personas con diferentes visiones del mundo o de su moral personal, un código ético solo debería incluir normas básicas con vistas a garantizar una convivencia constructiva de los implicados, una especie de mínimo común denominador que equilibre la diversidad y el respeto a los demás con la adhesión a normas de comportamiento comunes.

Además de las convicciones, las convenciones —entendidas como las costumbres compartidas por una sociedad— también desempeñan un papel importante a la hora de favorecer las relaciones entre los miembros de una escuela de negocios y en la sociedad en general. En efecto, cuanto más dispares son las creencias personales en una comunidad académica, más relevante es respetar las convenciones pactadas.

Las convenciones, pese a ser fruto de elecciones arbitrarias de los integrantes de una sociedad determinada, como el hecho de conducir por un lado de la carretera, son fundamentales para la convivencia. Los códigos de vestimenta, los saludos o la etiqueta en la mesa no se basan en valores ni en principios morales como las creencias, conque «una persona con buenos modales» no es lo mismo que «una buena persona». No es difícil imaginarse a alguien que sea exquisitamente educado y a la vez absolutamente inmoral, pero alguien con malos modales, por buenas intenciones que tenga, seguramente se tope con el rechazo del grupo.

En las últimas décadas, muchos docentes han defendido la necesidad de fomentar la espontaneidad entre los alumnos como forma de alentar su creatividad. Algo que, llevado al extremo, podría suponer una relajación de las convenciones dado que estas impiden que los estudiantes desarrollen libremente su personalidad. Frente a esta interpretación, creo que observar las convenciones es, precisamente, un requisito para fortalecer las personalidades en la medida que facilita la integración de los individuos en una comunidad.

Los directivos concienciados cultivan de forma proactiva las convenciones para que las relaciones con personas de diferentes culturas en el mundo de los negocios no solo sean posibles, sino fructíferas. La regla de oro es tratar a los demás como deseen ser tratados, una lección que los docentes de las escuelas de negocios no pueden pasar por alto. De hecho, supone un reto apasionante para quienes pretenden formar ciudadanos cosmopolitas.