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Las momias más antiguas del mundo están en América Latina
Miércoles, Septiembre 13, 2017 - 09:47

Algo que llama la atención de la cultura Chinchorro tiene que ver con su práctica funeraria, pues nunca hubo distinción de edad y sexo.

En un paisaje altiplánico habitó la milenaria cultura Chinchorro, entre el 7.020 a.C. y el 1.500 a.C. Allí, en el extremo norte de Chile, se encuentran las momias más viejas del mundo.

Los chinchorros habitaron el litoral del desierto de Atacama, desde Ilo, Perú, hasta Antofagasta, Chile, y subsistieron gracias a la pesca y recolección de mariscos, la que como actividad se ha mantenido incluso hoy presente en la zona.

Este pueblo prehistórico se destaca por sus momias, que de acuerdo a estudios de carbono 14 son las más antiguas del mundo, con 7.000 años de antigüedad. Los chinchorros se adelantaron a las momias egipcias, cuyos orígenes se remontan al 3.400 a.C.

Las primeras momias fueron descubiertas a principios del siglo XX, durante excavaciones arqueológicas en la ciudad chilena de Arica, en la playa Chinchorro, de ahí también el origen del nombre con el que se bautizó a esta primitiva cultura.

Uhle, el primero

El descubrimiento de estos vestigios causó sorpresa, especialmente entre los científicos de la época. Uno de ellos fue Max Uhle, arqueólogo oriundo de Dresde, Alemania, que trabajó de manera prolífica en Bolivia, Chile, Ecuador y Perú.

Uhle es considerado un pionero de la arqueología sudamericana. Destacó con el descubrimiento de la cultura Moche, en el Antiguo Perú, pero también por ser el primero en estudiar y catalogar a las momias de Chinchorro.  

En 1919, clasificó a las momias en tres categorías; las más comunes, las momias naturales, que no han sido intervenidas por humanos; luego, las de preparación compleja, que develan un trabajo taxidérmico profundo y, por último, las que fueron revestidas con una pátina de barro.

"Los primeros estudios de las momias de Chinchorro son de Max Uhle. Definitivamente fue un pionero en el desarrollo de este campo”, dice a DW el antropólogo físico Bernardo Arriaza, de la Universidad de Tarapacá, en Chile.

Arriaza también elaboró, en los años '80, una nueva clasificación, más desglosada, para estudiar a las momias, las que ordenó por colores: negras, las más antiguas, con revestimientos de pintura de manganeso; rojas, mucho más artísticas, rellenas con materiales, como huesos, lanas y plumas y, finalmente, las más simples, a las que solo se adicionaba una cubierta de barro.

Aguas peligrosas

Sean negras, rojas o simples, las momias de Chinchorro, todas juntas por sí, generan una gran interrogante: ¿Qué llevó a este pueblo a momificar a sus niños, hombres y mujeres?

Arriaza cree que la causa está en las aguas que bañaron a los chinchorros, porque "se ha detectado una gran cantidad de arsénico. Se encontraron 1.000 microgramos de arsénico por litro de agua, o sea 100 veces más de la norma que establece la OMS”, explica a DW el científico.

A causa del arsénico, los abortos espontáneos y partos prematuros aumentaron y la expectativa de vida no superaba los 25 años de edad. Ante la muerte descontrolada −que atacaba silenciosa bajo las aguas− los chinchorros pensaron en la momificación como una forma de superar la pérdida tan temprana de sus seres queridos.

"Con los abortos aparece el dolor maternal. Por eso, se cuida a esos bebés que, en cierta forma, son el futuro y se les momifica, pinta y ornamenta”, cuenta Arriaza.

Las momias más antiguas, de hecho, corresponden a recién nacidos y niños, encontrados en el Valle de Camarones, en el extremo sur de la Región de Arica y Parinacota, al norte de Chile, y donde también se registraron, en el agua, los índices más altos de arsénico.

Taxidermistas

Algo que llama la atención de los chinchorros tiene que ver con su práctica funeraria. Nunca hubo distinción de edad y sexo. "Todos eran momificados, incluso los fetos. Los cuerpos eran mantenidos en la comunidad por un tiempo, luego sepultados en tumbas poco profundas”, señala a DW el arqueólogo Calogero Santoro, de la Universidad de Tarapacá.

"Los chinchorros, cuando armaban y desarmaban un cuerpo, siempre lo hacían en la posición anatómica correcta. Casi nunca se equivocaron, porque eran excelentes taxidermistas”, explica Santoro.

Eso también hace pensar a los científicos que el trabajo de momificación no fue hecho por aficionados, sino más bien por especialistas. "La singularidad que le dan al cuerpo humano convierte a estas momias en verdaderas obras de arte prehispánicas. Uno se muere, lo entierran y no hay mayor tratamiento. Aquí hay toda una intención por preservar; un cariño por la gente y eso los vuelve únicos”, concluye Arriaza.

Para conservar este legado, se decidió postular a las momias para que sean declaradas Patrimonio de la Humanidad. También −y mientras se espera la respuesta de la Unesco− se construirá  en Arica el Museo Antropológico San Miguel de Azapa, que espera exhibir en detalle esta milenaria cultura.

"Hay que resguardar esta sociedad que se adaptó al desierto más árido del mundo, el de Atacama, y que por miles de generaciones practicó la momificación a una escala compleja”, dice a DW Sergio Medina, antropólogo y Director de Extensión de la Universidad de Tarapacá.

Las momias siguen causando asombro. Además, los hallazgos de este tipo de cuerpos ocurren con frecuencia en el extremo norte chileno. En 2004, en una vieja casona de Arica, bajo suelo de madera, a no más de un metro de profundidad, se encontraron 50 momias, las que hoy son parte del Museo de Sitio Colón 10, ubicado en el mismo lugar del descubrimiento.

Autores

Natalia Messer/ Deutsche Welle